lunes, 9 de junio de 2014

2. La Tirana

La Tirana, Región de Tarapacá, Chile.
 
 
El último sol de la tarde se clavaba en el parabrisas delantero de la camioneta del “subcomandante” Estévez, quien aprovechaba para dormitar, saboreando su cigarro y escuchando algo de bachata, con el viento fresco golpeando sus amplias gafas oscuras. Habían atravesado la frontera hacia Chile a campo traviesa, para evitar cruzarse con las patrullas de Carabineros. Luego de una noche gélida en un pueblo minero abandonado en el desierto, ansiaba llegar de una vez… dejarse abrazar por las aguas del mar, por más que se le helara el alma y lo revuelquen las olas, en esa pedregosa costa que los descarados chilotes osaban llamar playa… comerse un buen plato de cazón, salteado con cebollitas, tomate, pimientos y ajo… o tal vez con leche de coco y plátanos fritos, aunque fuera pedir demasiado... bajar todo con un trago largo de Pisco Sour, lo único rescatable que había descubierto de estas regiones. No había lugar en el mundo como su país. Extrañaba el Caribe como quien ha perdido a su madre. En un tiempo más, ya podría volver a Caracas con la frente en alto y los bolsillos llenos. Cobrarle a ese General engreído el haberlo metido en este infierno estéril y aburrido. En un tiempo más, la venganza y el mar.
 
 
El convoy de la Brigada Bolivariana arribó al pequeño pueblo de La Tirana, en las vísperas de la tradicional fiesta a la Virgen del Carmen, entremezclándose en el influjo de turistas y peregrinos que le daban los únicos cinco días de vida que el lugar tenía en el año. Se mantuvieron unidos y alertas hasta entregarle el producto al “chueco” Salgado, quien manejaba la distribución en Arica e Iquique. Luego podrían descansar y darse un poco de buena vida para sacudirse el polvo y la sal de la montaña.
Muchos de los hombres seguirían al “cuervo” Almaraz, ese apátrida senderista con pretensiones de chamán, para unirse a la danza de la Diablada. El subcomandante se la tenía jurada, pero el “cuervo” sabía cocinar el producto de todas las formas posibles. No sólo eso, con un cerdo y una pasada por el almacén de ramos generales, el tipo podía fabricar veinte tubos de nitroglicerina. Tenía sus mañas; se había tatuado un lagarto y dos serpientes en el rostro, que lo obligaban a mantenerlo guardado para no llamar la atención. A veces se perdía en la montaña durante días y volvía consumido y hediondo, bañado en la sangre de algún desdichado animal. Sin duda el bastardo sabía que era irreemplazable, pero por ahora parecía demasiado comprometido y demasiado desquiciado como para ser una amenaza a su liderazgo.
 
 
 
 
-          ¿Qué tienes para mi, primo? – le preguntaba el subcomandante al líder del cártel de Iquique. Hubiese sido una escena imposible si se tratase de un negocio de narcotráfico. Aquí ambos trabajaban para el mismo patrón. Estévez entregaba las drogas que producía en el altiplano, junto con las armas y municiones que llegaban desde Caracas, y Salgado lo retribuía en dinero y especias, con lo que hubiera podido conseguir de sus desmanes en los alrededores. A medida que “el chueco” ganaba experiencia en el submundo criminal, esas retribuciones se habían vuelto cada vez más variadas.
-          Te he conseguido tres camionetas potentes, manito – le contaba con orgullo – un toro japonés con un bruto motor alemán, especial para ti – le palpaba el hombro con confianza – además de una pareja de francesas para “el templo” y un niño.
-          ¿De qué va el niño? ¿Viene con ellas? – lo cuestionaba contrariado Estévez. Los niños eran una carga molesta.
-          Pues si ¡el jodido mocoso tiene dos madres! le explicaba riendo Salgado – y bastante buenas por cierto. Si quieres, todavía necesitan más ablande. ¡No están acostumbradas a los machos! – largó una carcajada aferrándose la entrepierna.
-          Vale, vale, chueco – trató de calmarlo el subcomandante todavía incómodo – va en serio ¿qué voy a hacer con el crío?
-          No te preocupes, manito – lo tranquilizaba – nuestro amigo, “el doctor”, tiene planes para él, o al menos para sus tripas – hablar de eso ya le había amargado el trago, jodido Estévez – tu sólo ocúpate que le llegue sanito ¿vale?
“El chueco” alzaba su trago de tequila invitándolo a un nuevo brindis. Ninguno de los dos reía; sólo se miraban fijo, escudriñándose. El subcomandante chocó su vaso y se engulló el trago, que se negaba a pasar por su garganta y por su mente. Eso es lo que harían también ahora. Tendría que acostumbrarse a ir de acá para allá llevando pendejos al matadero... Mal trago, pensó al sentir el nudo en el estómago. Porquería mejicana, te quema las entrañas.
 


 
Unos días después, el convoy volvía al altiplano con más vehículos y menos cargados, pero esta vez la Providencia no libraría a los hombres de la sangre derramada. El subcomandante Estévez no había recuperado el semblante, ni siquiera después de hacer volar su nueva camioneta por las dunas hasta destartalarla, ni siquiera después de moler a patadas a las prisioneras, las muy estúpidas, por estar allí. Demasiada coca, demasiados tragos, demasiada nostalgia del mar que dejaba atrás…

Cuando la camioneta de Carabineros asomó detrás de la lomada, el subcomandante sonrió con cinismo. Aparentemente, las ofrendas del “cuervo” loco al Tío estaban dado resultados. Los vehículos rápidos del convoy enfilaron directamente hacia la patrulla, mientras tomaban velocidad y los rifles automáticos comenzaban a asomarse por las ventanillas. Se propuso dejarles una impresión que les revolviera también las tripas a ellos. El “cuervo” era un especialista en ese tipo de mensajes. La guerra es brutal y despiadada, y no quería sentirse como el único que lo tenía presente.