jueves, 12 de junio de 2014

3. Vaca Muerta

Añelo, Provincia del Neuquén, Argentina
 


El yacimiento de Vaca Muerta era el proyecto energético más ambicioso y prometedor a nivel continental. Si funcionaba como se esperaba, Argentina saldría finalmente de un siglo de letargo económico y se convertiría en la Arabia Saudita latinoamericana, superando incluso a Venezuela, Brasil y Ecuador en la producción de gas. Incluso a los tres juntos.
Vaca Muerta era un polvorín de crecimiento que necesitaba una chispa. Esa chispa era la inversión. Los vaivenes de la política argentina habían repelido la inversión de las grandes corporaciones con un discurso nacionalista. La nacionalización de la gigante Repsol-YPF tenía la originalidad histórica de haberse producido básicamente sobre las reservas de una empresa, más que el usual latrocinio de unas instalaciones productivas. Ahora, la milagrosa máquina de riqueza de Vaca Muerta estaba en la práctica en manos del Estado Argentino, pero en esas manos no había los casi 10 millones de dólares diarios necesarios para hacerla arrancar. Durante años, en el yacimiento sólo se habían explorado y descubierto aún más reservas, pero el empuje finalmente había llegado de la mano de un primer crédito del Banco Nacional de Desarrollo de Brasil (BNDES). La movida había requerido un enorme esfuerzo diplomático binacional y la “reinterpretación creativa” del Estatuto del banco. Pero los líderes latinoamericanos juzgaron esencial semejante desarrollo energético, exclusivamente bajo su propio control, como sostén de la independencia económica, la soberanía política y la justicia social en la región.
 
 
La entrada en escena de Vaca Muerta se produce por la puesta en práctica de un proceso de extracción denominado “fractura hidráulica” o más comúnmente “fracking”. El proceso consiste en alcanzar capas rocosas a mucha profundidad donde el petróleo y el gas todavía no se han condensado en reservas convencionales. Perforando la capa longitudinalmente en muchas arterias, luego haciendo estallar explosivos en ella y finalmente inundándola con un mar de agua, arena y químicos a enormes presiones, se logra desintegrar la capa y condensar ese recurso atomizado, reduciendo a meses un proceso que naturalmente tardaría millones de años.
La mecánica básica de este proceso fue inicialmente concebida a mediados del siglo XX, y su utilización fue incrementándose progresivamente, al punto que en casi cualquier yacimiento convencional hoy se utiliza parte del mismo principio, bombeando líquido dentro del reservorio para empujar el recurso fuera de él. El desafío era la técnica y la escala. A fines de los 80s, la perforación horizontal ya era una realidad y diez años después, la fractura masiva de recurso de esquisto convertía un innovador concepto en económicamente viable. Tan viable, que ha revitalizado una industria en constante declive con el invento más revolucionario desde la construcción de las plataformas marítimas hace más de medio siglo. Igual que entonces, los gigantes corporativos debían retorcer sus métodos y procedimientos, para ser versátiles y adaptarse al salto tecnológico. A diferencia de entonces, el fracking es muchísimo más accesible. Este tipo de reservas estaban por todos lados, y la extracción podía ser llevada a cabo con una inversión inicial y conocimiento tecnológico muchísimo menor. Si bien dependían de las grandes corporaciones para el transporte, refinamiento y comercialización final, miles de emprendedores en los Estados Unidos comenzaron a extraer y llenarse de dinero. La oligarquía del oro negro estaba sufriendo una revolución desde abajo. Era el boom del negocio energético 2.0. La llave para un siglo más de consumo descontrolado.
 
 
Pero había nubes negras en el horizonte. Los estudios privados de impacto ambiental de la técnica de fractura masiva no eran públicamente conocidos. La inyección líquida en los pozos incluye enormes cantidades de agua dulce y utiliza químicos muy peligrosos. Esa agua dulce es escasa y de usos alternativos, y se han registrado casos de químicos contaminando las napas acuíferas e incluso resurgiendo a la superficie. Los materiales que resurgen de la capa son tóxicos y pueden contener partículas radioactivas, y el reacomodamiento por la destrucción masiva del subsuelo había generado casos de hundimientos y temblores en la superficie.
Muchos protocolos de seguridad establecidos y comprobados de la extracción convencional no son aplicables a esta técnica. En términos generales, se requiere pasar de perforar un pozo por año, a diez kilómetros del anterior, a perforar un pozo por día, a diez metros uno de otro. El fracking es una pesadilla para una industria con tradiciones operativas de un siglo de antigüedad. Por sobre eso, la regulación gubernamental es escasa, cuando no inexistente; y la voluntad y capacidad de control es también mucho más onerosa, con un sistema que se modifica permanentemente y una logística necesariamente descentralizada.
Por estas circunstancias, en medio de un acalorado debate ciudadano, muchos países europeos han decidido decretar una moratoria en sus prospecciones no convencionales. En Francia en particular, la aprobación parlamentaria había sacudido todas las perspectivas del balance de poder económico dentro de la Unión, hasta que el veto presidencial había devuelto la cordura a los analistas. Además de evitar un desplome del precio del gas, todo el planeta está observando cómo se dan los resultados en la práctica. Con independencia de la inimputabilidad de China y los Estados Unidos por abastecer su maquinaria de consumo, si el fracking es un milagro sustentable o una catástrofe de proporciones bíblicas es algo que está por verse, y Argentina en gran medida, sería el caso testigo.