miércoles, 18 de junio de 2014

5. Arauca

San Juan de Lurigancho, Departamento de Lima, Perú




Lautaro “Arauca” Quitral había pasado quince años en el penal de San Pedro, en el distrito de San Juan de Lurigancho, al noreste de Lima. Había entrado con 22 años por un error de juventud, condenado por apoyar a Sendero Luminoso. La oportunidad y las dudas le habían llegado demasiado tarde, luego de la Operación Victoria, por la que habían dado con Abimael Guzmán en el '92. Para mediados del '95, habían caído casi todos sus camaradas en manos del GEIN (Grupo Especial de Inteligencia de la Policía) o los escuadrones de la muerte del Grupo Colina. No le quedaba en quién confiar. Fue capturado cuando intentaba volver a Chile de polizón en un pesquero artesanal y sentenciado sumariamente. Nunca supo el nombre de su abogado.
 
El penal de Lurigancho no es el único en la zona, pero es el emblemático, por ser una de las cárceles más pobladas de Perú y una de las más peligrosas del mundo. Con una mísera dotación de un centenar de guardias, se mantiene en vilo una población carcelaria de más de once mil presos peligrosos, en unas instalaciones construidas para albergar a sólo mil quinientos. Los guardias sólo manejan la periferia del complejo. El interior es dominado por los “taitas”, presidiarios poderosos que controlan uno de los pabellones y aseguran “la paz” entre ellos. De todos modos, son constantes las batallas entre los pabellones por la comida, la venta de drogas, el espacio físico o simplemente la reputación. El hacinamiento, las carencias y la impunidad se combinan en un cóctel explosivo que cualquier cosa puede hacer estallar.

En ese entonces, la expectativa de vida de un condenado de Sendero Luminoso era en todos los casos inferior a su condena; muy inferior si además era chileno como él. Lautaro deambulaba entre los exiliados sin pabellón, sobreviviendo de la basura, cuando Feliciano, el sucesor de Abimael, logró negociar un espacio para los suyos. En Lurigancho, Lautaro aprendió todo lo que hay que olvidar y se convirtió en “el Araucano” o “Arauca”, un seudónimo de clara connotación despectiva, pero que le había ayudado a crearse una imagen pública. Era el indio salvaje, terrorista, asesino. Luego de ocho años, y convertirse en una mole de 105 kilos de puro músculo, se tatuó en el pecho la hoz y el martillo, y la bandera de Chile. Ya casi nadie más tuvo el desatino de meterse con él desde ese entonces. Hacer eso en ese lugar... claramente estaba loco.


“Ulises”, el residente de la ANI en Lima dio con él a poco de ser liberado y le ofreció dinero para mantenerse en el mundo exterior. Arauca deseaba vengarse de la policía peruana, de la justicia peruana, de los peruanos. Su alma se había quedado enterrada en el basural de Lurigancho. Era el agente perfecto.
 
En los últimos años, por indicación de Ulises, Arauca había asesinado a numerosa mano de obra desocupada del SIN. Al no haber ninguna conexión con las víctimas o su entorno, había resultado imposible vincularlo a los crímenes. Ahora Ulises necesitaba que estalle una crisis en las fuerzas de seguridad, y Arauca sabía mejor que nadie cómo lograrlo. El expresidiario se puso en contacto con los proveedores de la droga de los reclusos y comenzó a trabajar de mula para ellos. Cada dos días ingresaba doce kilos de pasta base de cocaína para su pabellón. No era una ruta que los narcos fueran a poner en manos de cualquiera. Pero él era una cara conocida, estaba bien familiarizado con el lugar, y lo rodeaba una reputación que le ahorraría problemas para moverse dentro del complejo.

Arauca no tenía certeza de cuánto ingresarían en los demás pabellones, pero sin duda Lurigancho era uno de los negocios más importantes entre el narcotráfico y la policía. Ningún guardia se cruzaría en su camino.
 
 
- Esto es más de medio kilo, Arauca – lo cuestionó intrigado Bello, sopesando un paquete, al recibir la segunda entrega de Arauca. El taita sabía que los narcos pesaban cada gramo de producto y la costumbre de manipular esos paquetes lo habían hecho muy conciente de su peso exacto.
 
- Vienen con un reaseguro del patrón, que está preocupado por unas noticias que le llegaron – dijo el matón chileno con gravedad. En los paquetes que ingresaba en el penal venían también partes de armas de fuego y municiones. Arauca le hizo llegar el rumor que la policía estaba montando una gran redada para asesinar a algunos de los cabecillas de los reclusos. Convenció a su taita de mantener las armas en total secreto hasta que fuera el momento. Si cualquiera llegara a descubrirlas, el statu quo con los demás cabecillas y los guardias saltaría por los aires.

En un par de meses, el agente chileno había ingresado como mula del narco casi 400 kilos de droga, 20 pistolas Glock-17 y un centenar de cargadores de 9mm Parabellum proveídos por Ulises.