martes, 24 de junio de 2014

7. La Previa

San Juan de Lurigancho, Departamento de Lima, Perú
 
Ese miércoles el ambiente estaría todavía denso dentro de la prisión de Lurigancho. El taita Bello le había comentado a Arauca que las cosas estaban mal entre el Pabellón 4 de La Victoria y el Pabellón 8 de Chorrillos. Había más centinelas en los techos de los pabellones para repeler cualquier incursión de las bandas rivales. Pero eso dejaba menos custodios en el piso para controlar las peleas cotidianas y proteger los envíos de drogas de sus ávidos clientes y los convoyes de comida de los famélicos exiliados.
El taita Bello había organizado un partido de fútbol entre ambos pabellones para esa tarde, tratando de templar los ánimos antes que se salieran de cauce. Incluso había conseguido un árbitro profesional para que viniera a dirigirlo. Si bien confiaba que después del encuentro las cosas volverían a la normalidad (por decirlo de alguna manera), la tradicional efervescencia previa a un partido de fútbol había ocasionado algunas corridas y golpes en el piso que no fueron fáciles de controlar.
 
 
Arauca manejó su motocicleta enduro hasta las lomas de Mangomarca, que dominan el contrafrente del penal de Lurigancho. Era de esas mañanas calurosas y húmedas de Lima, en las que la neblina y la contaminación se entremezclan cubriendo la ciudad con una atmósfera deprimente. Se acurrucó entre los arbustos sobre una lomada cercana. Sabía bien cómo se veía ese lugar desde dentro y cómo moverse por allí para no ser visto, pues era una ladera muy particular. Unos metros debajo de él, algún sádico infeliz había construido sobre el suelo una gran leyenda blanca que rezaba “Ríndete a Cristo” de manera que pudiera ser leída a la distancia por los internos. Rendirse... eso sí que no era una opción en Lurigancho. Si te rendías, pronto verías a Cristo frente a frente.
Se puso los guantes de látex como le había indicado Ulises y quitó de su funda el rifle M40 que le había provisto. De más de un metro, y siete kilos y medio de peso, este clásico de Remington irradiaba potencia y confianza. En las manos de un experto podía colocar un plomo de 7,62mm NATO en el pecho de un pobre desdichado a 900 metros de distancia. Pero no era su caso. Ulises le había calibrado la mira telescópica en 275 metros; el rango esperable de acuerdo a los cálculos que hicieron utilizando fotos satelitales en Internet. Desplegó el bípode del arma, se acostó con ella en el suelo y comenzó a escrutar los techos de los pabellones. Podía identificar a cualquiera de los cabecillas de los reclusos, pero después de tantos años, buscaba devolverle los favores a uno en particular. Ahora era sólo cuestión de esperar.
 
 
El taita Bello subió al techo de su pabellón una media hora antes que llegara el almuerzo. Quería dejar en claro con taita Preto, otro de los cabecillas, cuáles eran sus preocupaciones y cuáles no. En un mundo donde las sorpresas nunca son bienvenidas, estos líderes debían encontrarse bastante seguido cara a cara para que los rumores entre sus filas no promovieran escaladas y represalias.
A pesar que no habían sobrevivido y llegado a controlar un pabellón por hacer estupideces, ambos cabecillas eran concientes que lo habían logrado dejando en el camino un tendal de muertos. Las traiciones no eran gratuitas, pero tampoco eran inusuales entre ellos. Cada uno se presentó en el techo ese mediodía con su séquito armado y atento.
-          Quería que supieras por mí, que estaremos cuidando aquí el techo hasta que pase el partido… y se calmen un poco los ánimos con los chorrillanos y ya – le informaba taita Bello a su par.
El mulato recio frente a él asentía reconociendo el gesto, pero por su nerviosismo, percibía que no era todo lo que tenía para él. Cuando taita Bello miró a su alrededor rascándose la barba, taita Preto deslizó discretamente un punzón de su manga a su mano.
-          También tengo esto para ti – continuó Bello metiendo la mano en su saco. El mulato se abalanzó sobre él y tomándolo del cuello le apoyó el punzón en la garganta. Todos los hombres a su alrededor empuñaron sus armas de inmediato, pero quedaron tiesos al igual que los dos líderes trenzados.
Arauca sonreía detrás de su mira telescópica. Las cosas no habían cambiado nada por casa. El penal de San Pedro era una caldera que no necesitaba que nadie le echara más presión para explotar.
-          Es un gesto de buena voluntad – aclaró taita Bello cuando pudo recuperar el aliento y muy lentamente extendió su brazo mostrando algo envuelto en un paño. El contorno del bulto no dejaba lugar a dudas considerando las circunstancias. El mulato liberó el cuello de su par y dio un paso atrás. Todos alrededor volvieron a respirar.
-          Desde afuera están montando un ataque y vienen por nosotros. Es sólo para que puedas defenderte cuando llegue el momento – taita Preto no necesitó abrir el paño al tomarlo en sus manos, escondió la pistola entre sus ropas sin que apenas se notara – Deben tener apoyo adentro. No creo que sea el Chino, por eso estoy tratando que seamos buenos vecinos, pero debe haber alguien más. No eres tú, y ahora sabes que no soy yo.
El mulato permanecía serio y en silencio. En la cárcel, un arma también es un compromiso, un as en la manga y un problema. Finalmente le tendió la mano y se abrazaron en señal de acuerdo.
La misma bala de 7,62 los atravesaría a ambos antes que pudieran escuchar el estruendo del disparo.