sábado, 28 de junio de 2014

8. Corrosión

Añelo, Provincia del Neuquén, Argentina
 
Nahuel se incorporó molesto de la cama sin siquiera manotear su ropa interior y se dirigió a la kitchinette del departamento para volver a hidratarse con un vaso de agua del grifo. Menuda forma de cortar el idilio de amanecer juntos: sacar temas laborales espinosos luego de una larga noche de pasión. Valeria siempre había sido directa, así que lo tenía un poco acostumbrado a ese tipo de planteos, pero a su orgullo le molestaba que le pusieran en evidencia algo que todavía no tenía resuelto internamente. Se suponía que una amante no debía hacer esas cosas, en especial si era su secretaria.
-          Tu jefe quiere que lo apruebes, el Gerente de Planta quiere que lo apruebes, la Central quiere que lo apruebes, los políticos quieren que lo apruebes. Dejate de joder, Nahuel, con esto te vas para arriba. El tipo de Petro-Ingeniería ya te lo cantó clarito, el departamento y la camioneta son sólo el principio.
Nahuel golpeó el vaso en la mesada y se quedó tenso, con los ojos cerrados, atormentado por los pensamientos. De alguna manera, todo era inútil: ya estaba acorralado. Este minúsculo departamento en el medio de la nada que se pagaba al metro cuadrado de Tokio, la ostentosa 4x4 afuera, los viajes VIP, la amante suntuosa, la impunidad... la asombrosa y terrible impunidad con la que desplegaban igualmente asombrosas y terribles obras de ingeniería. Todo estaba mal. Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Desde niño, en su comunidad. Si se equivocaba, le arruinaría la vida a miles de niños como él. Ya no guardaba fotos de los suyos. Sabía por sus ojos que lo juzgaban. Todo el peso de la decisión estaba sobre sus hombros y de nadie más. Era sofocante.
  
 

Él era el Especialista en Corrosión, una de esas posiciones que sólo existen en una industria en particular y son fundamentales para su funcionamiento. Su misión en el proyecto de Vaca Muerta de YPF era cuidar que los tubos y herramientas que se utilizaran pudieran resistir las extremas condiciones operativas del fracking. La técnica requería que un complejísimo cóctel de medio centenar de potentes químicos fuera inyectado en los pozos a enormes presiones, para desintegrar la capa del subsuelo donde el gas y el petróleo se encontraban diseminados. Las grandes petroleras se escudaban en las leyes de patentes para no revelar qué era lo que contenía ese cóctel. De manera que YPF estaba experimentando su receta propia, en parte en base a lo que se podía extraer de los informes de los organismos reguladores norteamericanos, en parte en lo que los organismos locales registraban que compraban a sus proveedores los demás operadores de Vaca Muerta y finalmente, en base a sus propias experiencias en perforaciones de exploración en el lugar. El ininteligible procedimiento era una mezcla de espionaje industrial, abuso de información privilegiada, talento, audacia, imprudencia, necesidad y urgencia, suerte, alquimia, día a día y la subyacente creencia popular de que “Dios es argentino”.
 
 
Petro-Ingeniería estaba ofreciendo tubos de 110mm, a un precio más que razonable. Desde hace seis años, todas las empresas en Vaca Muerta venían usando los tubos de 120mm que producía una empresa local de jerarquía internacional. En su momento, todos esperaron que los franceses obtuvieran la autorización de su casa matriz para bajar de 125. Luego de seis meses, los franceses lo autorizaron creyendo más en la palabra del fabricante que en cualquier otra razón técnica. Tal era la confianza que inspiraba.
Pero para la política local, ser una “gran empresa” puede tener una connotación muy negativa, en especial si sus inversiones en el extranjero le permiten cierta independencia de los caprichos del ámbito local. El fracking, además, requiere muchas perforaciones y muchos tubos. Si los tubos de 110mm obtenían su aprobación, el presupuesto del proyecto podría alivianarse en unos 83 millones de dólares al año. En teoría al menos, porque ya conocía cómo terminaban estas cosas. El concepto de “ahorrar” dinero disponible era extraño a la mayoría de los presupuestos de las empresas y organismos públicos. Si algo no se gastaba, era por inutilidad, no por eficiencia. Petro-Ingeniería había crecido exponencialmente en la última década, desde la electromecánica a la obra pública y ahora al petróleo. Sus relaciones con el gobierno federal eran más que fluidas. Ese dinero terminaría pagando departamentos, viajes y camionetas como los que le habían tocado a él en muchos otros lados más.
No podría imaginar que nadie en la historia hubiera sufrido tanto por un salto de 10 milímetros.
 
 
Ni bien se aprobara, muestras de los tubos de 110mm de Petro-Ingeniería serían despachados con urgencia a todas las casas matrices del primer mundo. Con su tradicional criterio proteccionista, la Secretaría de Comercio argentina se encargaría que la “urgencia” se convirtiera en una “dulce espera” en la frontera con alguna jugarreta administrativa. De esta forma, se estaría resguardando la ventaja competitiva, y ningún gringo vendría a pinchar el globo del genio nacional.
Ya lo había sentenciado públicamente el presidente de la empresa, cuando el Senado Nacional ratificaba su continuidad para una cuarta gestión: “Con compromiso y convicción, Vaca Muerta se convertirá en la locomotora de la economía nacional”.
Compromiso y convicción… a Nahuel no le quedaba ninguna de ambas. ¿Seguridad, responsabilidad, transparencia? Bien, gracias.