viernes, 4 de julio de 2014

9. El Club

Ocean Club, Panamá
 
 
Muy perturbado, el canciller peruano Rafael Méndez Olazábal retornaba raudamente a su habitación, en el piso superior del centro de convenciones de uno de los rascacielos más emblemáticos de la ciudad. Detrás de él, un reducido séquito de diplomáticos y asistentes caminaba a la zaga, organizando nerviosamente sus notas, esperando un brutal interrogatorio para el que nadie se había preparado.
-          ¿Qué demonios pasó ahí dentro? – levantaba el tono hacia su jefe de asesores, quien trataba de calmarlo para poder analizar fríamente la situación – ¡Venimos a celebrar y terminamos siendo la piñata de la fiesta!
El Ministro estaba furioso. Lo que debía haber sido una cumbre protocolar de buena voluntad por la incorporación de Panamá a la Alianza del Pacífico, había resultado ser una emboscada artera en la que lo habían lapidado públicamente sin que apenas pudiera coordinar un atisbo de respuesta a los planteos que le espetaban desde todas las direcciones. No le quedaba duda que había sido una celada para perjudicarlo. Haría rodar cabezas en su Ministerio directamente por teléfono, antes siquiera de regresar a Lima. ¿Cuántos de sus funcionarios estarían confabulados con el Vicecanciller para desbancarlo de su cartera?
-          Rafael… Rafael… ¡Rafael! – se interponía su consejero en su colérico deambular de un lado al otro de la estancia – tenemos que repasar las demandas que hemos recibido… – lo invitaba con un gesto a sentarse – el Presidente seguramente llamará de un momento a otro…
El rostro trastornado de Méndez Olazábal se cubrió súbitamente con un velo afásico. Su consejero había logrado que se conectara con esa personalidad psicopática que tanto le había ayudado a triunfar en la política. Había perdido el primer round, pero todavía no lo habían noqueado.  Tomó asiento mientras el jefe de asesores le indicaba a un pasante que trajera café.
 
 
-          Veamos los planteos uno por uno – sugirió el jefe de asesores – Betty… – le dio pie a la muchacha para que comenzara.
-          El primer golpe vino por el lado del narcotráfico, con que seguimos siendo el primer productor mundial de coca y que no hay control del movimiento de dinero – exponía la joven con cierta timidez – es un clásico reclamo colombiano…
-          Ahí dije lo de separar las remesas de los campesinos del verdadero dinero del narco, que se mueve por Panamá – acotó el Ministro, recopilando.
-          Eso pudo caldear un poco los ánimos – comentó el consejero – después de todo, son los anfitriones y les estábamos dando la bienvenida – no quería profundizar para no desautorizar a su jefe – el embajador mejicano se sintió tocado también…
-          Pero el contraataque fue demasiado inmediato – se defendía el Ministro –  esa perorata de diez minutos sobre “erradicar la corrupción” en vez de las plantaciones, y la conjura entre los políticos y el narco… eso no se improvisa así como así. El mejicano se montó más sobre ese discurso que sobre lo que dije yo… – rememoraba los hechos para tratar de encontrarles una ilación – ¡Yo no dije nada! – se excusaba con impotencia – se montaban uno sobre el discurso del otro, criticándonos y criticándonos… ¡eran voraces! Jamás hubiera imaginado tanto resentimiento contenido resurgiendo de golpe de forma tan abierta… ¡fue completamente injusto! – sentenció el veterano político – cualquiera de nosotros podría ponerse a hablar pestes sobre el país del otro ¿en qué mundo se creen que vivimos? ¿Quién los convirtió en los guardianes de la civilidad?
-          Es verdad, es verdad – trataba de contenerlo su consejero – pero como todos nos pegaban a nosotros, realmente daba la impresión de que todos ellos tenían razón, y éramos nosotros los que estábamos en falta…
-          Luego salió lo de Nicaragua – añadió Betty, buscando infructuosamente llenar el silencio sobrevenido.
 
 
Y con lo de Nicaragua, toda la locura de los juicios en La Haya. El Ministro sabía que cada vez que asomara la cara en una cumbre, se lo espetarían sin miramientos. Era el padre de la criatura; quien concibió la idea por primera vez. Había disparado su carrera, pero a esa altura, de tanto ganar batallas se estaba perdiendo la paz. La Haya estaba enturbiando todo lo que el tiempo había asentado entre los países del continente. Colombia estaba enfrentada con Nicaragua, Nicaragua con Costa Rica, Paraguay con Argentina, Argentina con Uruguay, Bolivia con Chile, Chile con Perú…
-          Señor Ministro  – interrumpía sus meditaciones ese pasante jovencito, que con diligencia hacía indistintamente de camarero, mensajero, aplaudidor, perchero, telefonista y demás… él ya no tenía esas energías ¿en qué cargo habría dejado su juventud y su espíritu? – un Coronel del Ejército desea verlo – lo anunciaba sorprendido – está aquí en la puerta…
-          Que pase – le indicó el político, mirando con desconfianza a su consejero, que también parecía extrañado.
Al ingresar el hombre de traje gris, lucía esas sonrisas voluntariosas que resultan más siniestras que inspiradoras de confianza. Se trataba de un personaje tan corriente que no habría forma de reconocerlo en otra oportunidad, salvo por la mano de cuatro dedos que estiró para saludar al Ministro.
-          Coronel Aranda – se presentó el militar – inteligencia.
-          Señor Ministro – sentía interrumpir nuevamente el pasante – el Presidente al teléfono…