martes, 8 de julio de 2014

10. Jet Lag

Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina.

 

Caminar por la rambla de Puerto Madero el sábado antes del mediodía fue su reencuentro con el aire y el sol, luego de mucho tiempo en las sombras de su departamento. Hinchaba sus pulmones con el soplido fresco que traía el río, recordándose una vez más que en algún momento debería dejar de fumar como un escuerzo. Los pies le pesaban mientras se dirigía al almuerzo con su padre. No sólo porque sus horarios hacía meses estaban trastocados como si hubiera volado desde Tokio, sino porque nuevamente conversarían sobre cómo se encontraba y “qué pensaba hacer de su vida”.
Se detuvo a unos metros del lugar de su encuentro, viendo al viejo sentado en una mesa hojeando el periódico. Estaba bronceado y enérgico como de costumbre, y sonreía con aires de seductor a la joven mesera que le servía un Negroni. No podía explicarse cómo un anciano recientemente viudo podría arreglárselas mejor que un adulto recientemente divorciado. Suspiró; mientras le extendía un saludo a la distancia forzando una mueca que pretendía hacer las veces de sonrisa.
 
El sermón esta vez no se había hecho esperar hasta el postre.
-          Tenés que hacer algo con tu vida, Gustavo – insistió su padre, mientras él calculaba mentalmente cuánto dinero tendría si le hubieran dado una moneda por cada vez que le repetía lo mismo – Dame bola con esto; es una oportunidad en lo tuyo… Jorge está de acuerdo… No podés seguir…
El golpe en la mesa y la mirada fulminante de Gustavo lo previno de añadir un insulto a la herida. Prendió un cigarrillo para justificar el glacial silencio que sobrevino. Los comensales del salón volvían a sus platos luego de confirmar que nada interesante había pasado. Expiró el humo por la nariz, entregándose con resignación. Su mirada perdida a lo lejos, más allá de los docks. Indisimulablemente, su empresa desarrolladora de seguridad informática era una tapadera del sinsentido en el que había caído después de perder a su familia.
Sabía qué era el Grupo Fénix de la Fuerza Aérea porque acompañaba a su padre a todas las convenciones de la industria de defensa local. De tanto repartir tarjetas personales entre los expositores, a la sombra de uno de los rostros más reconocibles en el medio, algo de todo el contexto le había quedado. Como buen ingeniero, tenía una natural curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. Le había llamado la atención el extraño software de simulación de operaciones aéreas que la Fuerza Aérea había lucido con orgullo en todas las maniobras conjuntas con los países de la región. Pero todo eso eran simples distracciones para el viejo. Él era un “facilitador”. Más allá de las quimeras que ofrecieran, lo importante era siempre generar contactos para su consultora.
 
 
Lo que no sabía era qué demonios significaba ser el “enlace civil” del proyecto. Era una posición inventada recientemente. Desde siempre, las fuerzas armadas controlaban sus propios proyectos, a base de la propia fuerza disruptiva de las internas del poder castrense. Esto ya no fue posible desde que en una medida sin precedentes, habían designado al Jefe de Inteligencia del Ejército como Jefe del Estado Mayor. Al parecer, ahora habría un tercero neutral para mediar en los conflictos de prioridades y presupuestos.
Tal vez fuera a convertirse en una posición valiosa en algún momento, ahora que luego de muchos años “la repotenciación” militar estaba dentro de las pautas gubernamentales. Era gracioso como cada actividad tenía su jerga para encubrir sus negociados. Con el asunto del shale gas, el país tenía nuevos recursos para dilapidar, y los militares debían ser el último resabio del Estado donde todavía no se habían dilapidado. Sin duda los enlaces civiles debían ser un eslabón útil en esa nueva “cadena de felicidad”. Debía estar atento, seguro no por nada el viejo zorro le ofrecía meterse ahí.
De cualquier modo, debería ser un puesto suficientemente inofensivo como para que el ex-cuñado de su padre no pusiera en riesgo su reciente nombramiento como Ministro de Defensa. Qué lejos llegaste Jorgito – sonreía para sus adentros –  pensar que en su momento todos te vimos arrastrarle el ala a la tía Inés... ahora te fuiste para arriba, la cambiaste por dos de 30 y el viejo se lleva mejor con vos que con su hermana… Basta, Gustavo – meneó la cabeza y apagó el cigarrillo en los restos del puré – Las cosas son lo que son. La familia no está ni más ni menos trastocada que el mundo que la rodea.
-          Okey – accedió, sin ánimos de agregarle más pompa a su derrota.
Su padre pedía la cuenta con desdén, para evitarse seguir tolerando el bochorno.
Aún pasados sus 40, sentía que volvía a tener 21.