sábado, 12 de julio de 2014

11. Machitún

Neuquén, Provincia del Neuquén, Argentina.
 
 
A medida que las cosas mejoraban para Nahuel en YPF, la ansiedad de perderlo todo crecía a la par. Cuanto más lo ponderaba el Directorio de la empresa y más dádivas le llegaban de Petro-Ingeniería, menos disfrutaba la parafernalia que lo vestía a donde fuera. Se estaba volviendo inmune a la obscena obsecuencia de los políticos locales en las reuniones sociales y a la más obscena pasión de Valeria en sus encuentros privados. Tener su secretaria le daba más tiempo y lo hacía más accesible, y las relaciones públicas creaban muchas ocasiones para escaparse juntos. Sabía que no lo merecía. Sentía el vértigo de estar parado demasiado alto, demasiado cerca del precipicio. Nada de esto debía estar pasando. No debía estar allí.
Cuando logró juntar la cuota necesaria de coraje y desesperación, había prácticamente huido de forma intempestiva de sus tareas en Añelo para volver a su último refugio en este mundo. El único equipaje que llevaba era el temor a encontrarla distante, apática, infiel… y la culpa de haber sido él mismo con ella así.
 
 
Cristina no se mostró sorprendida cuando Nahuel llegó a media tarde al departamento, aún a pesar de su aspecto triste y demacrado. Por el contrario, la luz tenue de la estancia, filtrándose por las finas cortinas ocres, enmarcaba el rostro natural y relajado que tanto le había atraído desde que la conoció. Llevaban un año juntos, pero aún la veía con la misma admiración romántica. Seguía siendo esa mujer dulce, comprometida, intrigante, compañera, mapuche, paciente, intensa, cariñosa, perseverante, sencilla, franca… tantas cosas pasaban por su cabeza al verla, cada una cada vez más dolorosa…
-          Sabía que vendrías – le susurró al oído, mientras lo abrazaba para calmarlo – el viento me lo ha dicho…
Al sentir su beso en los húmedos ojos, Nahuel ya no pudo tenerse en sus piernas, y lentamente fue cayendo de rodillas en la alfombra, al tiempo que se rendía en sus brazos y comenzaba a llorar. Durante un tiempo interminable, yació acurrucado acostado sobre su falda, acompañado sólo por sus caricias y su silencio. Balbuceó incoherentemente sobre los sinsentidos de su vida – casi todos – y en algún momento se durmió.
-          Ya estás en casa Millalobo – lo apaciguaba – Huenchula está contigo…
 
 
Al despertar, estaba cubierto con una mullida manta de lana y podía escuchar de fondo a Cristina canturreando en la ducha. En la habitación, flotaba el vapor del baño y el perfume de las lavandas desperdigadas. Sobre el colchón que cubría casi todo el piso, su machi había preparado una bandeja con hojas, semillas, polvos, pastas y líquidos en tacitas y platitos. El corazón comenzó a latirle más fuerte. No sabía cómo, pero iba a ser curado. Se desvistió. No se permitiría entrar en ese altar sagrado vestido con su uniforme de engendro de Wekufe.
Se sorprendió. Cristina surgió de sus espaldas sin un ruido. La ducha todavía manaba el cálido vapor hacia la habitación. Ella estaba completamente desnuda, salvo por un grueso pañuelo celeste que le anudaba el pelo mojado. Avanzó suavemente hacia él con la mirada en el piso, murmurando un conjuro ininteligible. Se recostaron en el lecho, y le cubrió el rostro con paños. Sobre ellos, hacía gotear un líquido que lentamente los empapaba. El agua de Caicai-Vilu. La machi apretaba el paño y Nahuel se retorcía tratando de respirar, ya sintiendo que se mareaba, pero su fe le impedía resistirse. Keymi. Temblores, volcanes, sus uñas dibujaban trazos de lava sobre su pecho. La tenaz resistencia de Trentren. Sus resistidos alaridos de dolor. “TRAUCO!!!” gritaba ella a la par. Tué-tué, tué-tué, lo sentenciaba, con la punta del puñal sobre su corazón. “Nooo… noo…” repetía su afligido clamor.
Los destellos en la oscuridad, sus gemidos ahogados, el canturreo, el remolino de esencias, el dolor de la cera cayendo sobre su piel. Pelom. Luego, el paño húmedo finalmente liberando su boca. Txemon. El interminable beso asfixiante, que le quitaba la vida y se la devolvía al mismo tiempo. Lawen. El polvo de los muertos soplado en el viento. Machitún. Las reconfortantes caricias recorriendo su cuerpo, untando nuevamente de vida y sanando, poco a poco, la tierra arrasada. Antú. La energía de la vida irguiéndose en él. Newen. El hálito fresco llamándolo a renacer. Millalobo. Su súplica, su entrega, su éxtasis. Huenchula está aquí…
  

Nahuel dormiría durante casi todo un día antes de recobrar la conciencia. Lavado y acobijado, abrió los ojos para encontrar a Cristina sentada a su lado dibujando plácidamente con carbonillas y sus dedos.
-          Éste es Caicai vilú – le mostraba, inocentemente orgullosa de su arte – inundando la tierra – le iba señalando – este es Trentren vilú, estremeciéndose – Nahuel hubiera jurado que las formas se asemejaban a sus rigs de fracking – esta soy yo – señalaba una doncella entre ángel y sirena. Y él estaba allí, junto a ella, mirándola detrás de un reflejo en el agua. Y de golpe, todo el mundo a su alrededor ya no importaba. Y estaban presentes, y eran eternos.
Aunque extrañamente no lo llamaron para ver dónde andaba, dos días después volvió a Añelo a trabajar. Estaba completamente renovado.
-          Valeria… va para allá... – pronunció Cristina al teléfono – no importa, voy a cambiarle la medicación... si, te enviaré las recetas necesarias – dijo antes de cortar.