domingo, 3 de agosto de 2014

12. Zona Franca

Iquique, Región de Tarapacá, Chile.


Philippe ansiaba acumular pronto un número razonable de marcas para acabar de una buena vez y volver al Centro en Cercottes. Hacía demasiado tiempo que la División de Acción de la DGSE abusaba de su extraordinario talento para eliminar indeseables en lugares remotos. Haberlo convertido en instructor de los jóvenes paracaidistas no había significado un retiro definitivo como le habían prometido, sino sólo un pasatiempo rentado entre crisis y crisis que requiriera de su particular métier. Supuestamente estaba de vacaciones.
El otoño en los bosques de Orleáns, con sus robles añosos y sus pinos silvestres, era lo único que le hubiese permitido acallar los llantos y gritos que atormentaban la memoria de sus años de servicio clandestino en Haití, los Balcanes, Afganistán y Costa de Marfil. En contraste, el caluroso viento seco del desierto alrededor de Iquique lo sofocaba, mientras asechaba a los sospechosos por los rincones más oscuros de la ciudad, donde tras una insufrible cortina constante de música tropical, surgían de improviso ruidos estridentes y violentos de detrás de las paredes, poniéndolo tenso e irritable. En esos barrios bajos, un misericorde destino había querido que nadie tuviera el desatino de hablarle mientras caminaba luciendo ensimismado de aquí para allá. Podía ser muy desagradable cuando lo molestaban estando crispado.
 
 
En el autobús que lo llevaba hacia la Zona Franca, su único pensamiento rondaba en Evangelina. Había visitado su vivero demasiados días seguidos, sumergiéndose en el cuidado microclima de humedad, plantas exuberantes y flores para restaurar sus ánimos. La mujer se había fijado inmediatamente en él. Un rostro de la Martinica no pasaba tan desapercibido en esas latitudes, tendrían que haber enviado a un argelino. Al fin y a cabo, no había tenido más remedio que conversar con ella, luego que su mirada curiosa lo siguiera por los pasillos del invernadero de una forma que le resultaba tan inmiscuida como sugerente. Le había resultado sorpresivamente agradable. Su real afición por la botánica había desviado de forma natural la charla de manera de no comprometer su identidad. Pero en esos días que sus asesinatos poblaban la sección de policiales de los noticieros locales, una mujer tan despierta finalmente relacionaría los indicios. Por momentos, los comentarios de ella le hacían sospechar que había dilucidado qué estaba haciendo allí y lo admiraba, cual vulnerable transeúnte que admira al superhéroe justiciero. Él no se sentía ni héroe ni justiciero. Su profesión era lo más alejado de ello. De hecho, su tortura mental pasaba por decidir si debía o no matarla.
Caminaba por el estacionamiento del Mall Zofri en Zona Franca con aires aparentemente distraídos, portando su pistola SIG SP 2022 silenciada, una bomba de humo, un puñal, un cordón de ahorcamiento, un “puño americano” y cargando un ligero paquete envuelto en papel de regalo que escondía una subametralladora micro-UZI. En las penumbras del anochecer, era muy difícil distinguir los guantes de látex transparente en sus manos oscuras. Su honorable correspondant le había dado los datos de su marca: Raúl Salgado, alias “el chueco”. También le había dado el lugar y la hora de la cita con Liu Wang, uno de los capos del nuevo cártel chino que estaba instalándose en la Zona Franca de Iquique, en base al contrabando y el tráfico de personas. Debía ejecutar a uno de los criminales y absolver al otro por cometer los mismos crímenes. Evidentemente, la pena por tráfico dependía de la nacionalidad de las personas y los productos. El “chueco” pagaría por traficar con la nacionalidad equivocada.
 
 
Dejó la bomba de humo oculta en el guardabarro delantero de un auto aparcado bajo el solitario poste de luz con la cámara de vigilancia más cercana y cruzó la playa de estacionamiento dándole la espalda a su mirada electrónica. Los guardaespaldas del “chueco” lo vieron pasar a distancia prudencial, pero estaban más alerta a cualquier transeúnte de rasgos orientales o en su defecto, andinos. Al llegar a su posición, el humo del automóvil aparcado comenzaba a llamar la atención de los guardias del Mall y los traficantes reunidos, a la vez que subía lo suficiente como para nublar la toma de la cámara de vigilancia.
Cuatro disparos certeros abatieron parte de la custodia de su marca, con la discreción suficiente como para que los demás comenzaran a tirotearse indiscriminadamente sin saber quién había disparado primero. La camioneta del “chueco” rechinó sus llantas y emprendió la huida por la ruta que él había previsto, dejando una estela de ráfagas automáticas que barrían con todo tras de sí.  Delante del vehículo en fuga, los consumidores corrían en pánico en todas direcciones. El conductor, ocupado en esquivarlos, ni siquiera atinó a ver a Philippe surgir de detrás de un capó antes que el destello liberara en su dirección cincuenta municiones de 9mm perforante en cinco segundos. El instante que tardó en desviarse y chocar fue suficiente para alistar una segunda ráfaga devastadora. El vehículo destrozado comenzaría a incendiarse inmediatamente.
 
 

El agente se embarcaría esa misma noche en un buque mercante de bandera francesa con dirección a Papeeté, donde se haría acreedor a unas impuestas vacaciones. Aún sin tener la mínima noción de navegación, el atavío de marinero le sentaba a la perfección. Sólo una indiscreción al presentarse, resabio de las costumbres del Ejército, podría haber delatado su tapadera.
-          Bon soir mon capitaine – lo saludó sonriente, tratando de aparentar familiaridad con el marino que veía por primera vez. A su lado, el Oficial de Migraciones sellaba los pasaportes mientras el Práctico que los ayudaría a zarpar observaba desinteresado.
-          Dans la Marine il y a Mon Dieu et mon cul, pas "mon" capitaine – le respondió el comandante ásperamente. El rostro de Philippe palideció, temeroso que los chilenos pudieran haber entendido, pero nada pasó – Continuez – le ordenó.
-          Oui, capitaine - odiaba las vacaciones del DGSE.