lunes, 11 de agosto de 2014

13. Moción de Censura

Palacio Legislativo, Lima, Perú.
 

 
Los congresistas habían bajado al recinto, y la expectativa de una sesión de varias horas de palabrería estéril había sumido en una calma espectral los pasillos del Palacio Legislativo. El asesor principal del jefe del bloque oficialista caminaba meditabundo por ellos, dejando una estela de humo de su cigarrillo, que no había vuelto a su boca desde que lo encendiera. El hábito de sostenerlo humeando en la mano mientras pensaba, cual sahumerio del Hades, había sido su estrategia para conciliar sus ansiedades con las de su cardiólogo. Aún seguía superando los dos atados diarios, pero si se quiere, sólo como fumador pasivo.
 
Entró sin golpear en la oficina donde lo esperaba su colega y más temido adversario, el despacho del Presidente de la Cámara, supuestamente también “oficialista”. Tales eran las paradojas de los gobiernos de coalición…
-          Por favor, siéntate Carlos – lo invito el jefe de despacho, con la pautada caballerosidad que caracterizaba su trato recíproco.
Como embajadores de una Guerra Fría, habían desarrollado esos protocolos para mantener un canal abierto cuando sus jefes se cruzaban irreconciliables improperios mediáticos por algún tema caliente de la agenda política, algo que había sucedido mucho más de lo que esperaba para la “luna de miel” de los primeros 100 días de gestión. Sin embargo, ambos debían saber que a pesar de las “duras declaraciones”, una relación simbiótica de poder debía mantenerlos unidos, y como veteranos de la arena política limeña, ellos dos debían ser los artífices de esa fructífera relación.
-          El que avisa no traiciona – comenzaba excusándose el anfitrión, mientras volvía a servir su vaso – la verdad es excelente este whisky, gracias nuevamente Carlos – lo ponderaba. Pero su interlocutor podía interpretar de su postura y su tono de voz, el subliminal mensaje de prepotencia. No debía ser fácil para él comportarse magnánimo en la victoria, en especial después de haber tenido que agachar la cabeza varias veces durante la campaña, en especial después de haber sido el más poderoso durante tantos años. Completaba el trago, del presente que le había costado 450 dólares, con una común gaseosa de cola y retomaba – el Coronel no está contento con el desempeño del gabinete…
El centenar de muertos en Lurigancho había puesto a las fuerzas de seguridad en la tapa de los diarios, y los buitres ahora iban a por más, buscando las responsabilidades políticas por la miseria en los penales, los reclusos sin sentencia, los mezquinos sueldos y la flagrante corrupción. Ante la inoperancia del Estado, los organismos de derechos humanos acababan reivindicando al terrorismo, que avanzaba en el corazón del país de la mano del narcotráfico y repercutía brutalmente en los foros internacionales. Para colmos, la pretensión presidencial de revisar los sombríos mecanismos gobierno-a-gobierno para la compra de armamento terminaba salpicando de escándalos a sus propios aliados. El traspaso del poder había sido sólo una macabra treta para convertirlos en partícipes necesarios para asegurar la continuidad de los negociados y desfalcos. Cómplices en el poder o justicieros sin gobierno. Ni 100 días habían tardado en ponerlos entre la espada y la pared. El olor del filtro de su cigarrillo que se quemaba lo devolvió a la realidad.
-          Pues “el Coronel” se equivoca – le replicaba Carlos, dejando la colilla en el cenicero especialmente ubicado para él, y encendiendo otro inmediatamente. Notaba que se estaba enervando. Necesitaba una pitada para sacarse el sabor de haberlo llamado como lo llamaban sus seguidores más fanáticos. Para él mejor sería “insurrecto”, “desacatado” o “golpista”, pues no había llegado ni jamás llegaría a “Coronel” – si disolvemos la Cámara, no creas que volveremos a ganar las elecciones, mucho menos si cada cual va por su lado.
-          Tengo un memo con las pretensiones del Coronel para los nuevos Ministros – hacía caso omiso a su amenaza, sonriéndole mientras le alcanzaba varios dossiers caratulados “justicia”, “interior”, “exteriores” y “defensa”.
-          Ahórrame los detalles – le espetó inconmovido, tratando de recobrar la compostura – ¿qué es lo que tengo que saber?
-          Aranda a cargo de terrorismo, priorizar a la UNASUR y salirse de encima del CETO – sintetizó, sorbiendo un poco de su whiscola, mientras continuaba mirando la televisación de la sesión sin sonido. Allí aparecía un legislador del bloque de su coaligado, seguramente compensando con palabras altisonantes, un rostro que denotaba la vergüenza de tener que defender lo indefendible. Ambos podían verlo. No había forma de revertir el resultado de esta batalla.
 
 
-          Son 700 millones en radares… 1000 millones en blindados… un centenar de tanques… – enumeró sintiendo que la pelota volvía a estar a sus pies; el Comité Especial Técnico Operativo del ejército asomaba por detrás de la sandalia de Aquiles – no pensaron realmente que se concretarían así como así sin ser fiscalizados… – intentó sonar razonable.
-          El Coronel está convencido que vamos a necesitarlos – se volvió hacia él por primera vez – pronto – sentenció.
-          Entiendo – fingió cierta empatía – ¿Cenas en el club? – le preguntó relajadamente, mientras partía con las carpetas.
-          Mhm – asintió con un sonido, mientras seguía bebiendo y mirando la televisión.