viernes, 6 de junio de 2014

Preludio

Siniestras camarillas y los lobistas de Bilderberg manipulan al público para instalar un gobierno mundial que no conoce fronteras y que no rinde cuentas ante nadie, salvo a sí mismo
Fidel Castro, Granma, 2010
 
 
 
 
El Palacio de Gstaad había sido una buena elección para la reunión de ese año. La majestuosa vista de los Alpes Suizos cubiertos de nieve y salpicados de pinos le resultaba mucho más reconfortante que las tímidas lomadas de la campiña inglesa o el insufrible viento caliente del Mediterráneo. Caminó hacia la terraza de la penthouse suite y la brisa helada de glaciares milenarios acarició su rostro. El solemne paisaje de laderas imponentes le ayudaban a recordar que era sólo un hombre después de todo, y cuando dejara este mundo, esas cimas incólumes que ahora lo observaban magnánimas a la distancia todavía seguirían allí.
 
No había muchas cosas que propiciaran la humildad de los hombres que participarían de la reunión anual del Grupo Bilderberg. Después de todo, se trataba de las cien personas más poderosas e influyentes del mundo capitalista. Las palabras que intercambiaran durante las conversaciones de esos días no serían registradas más que por sus interlocutores, y sólo sus efectos, no mucho después, por los libros de historia. Por casi siete décadas había sido así. Todo lo que había pasado en ese tiempo, había pasado primero por allí.
 
El hombre regresó al calor de la habitación y su mayordomo inmediatamente comprendió por su gesto que bajaría al vestíbulo donde se encontraban los demás. El hálito de los Alpes le había endurecido las facciones. Estaba listo para nadar entre los tiburones.
 

Al abrirse las puertas del elevador, su conserje personal le tendía la mano invitándolo a pasar. El bosque negro de smokings pululantes le confirmó que el nivel de avidez de los asistentes seguía siendo tan sólido como siempre. Se deleitaba cínicamente fantaseando que el Grupo perduraría al surgimiento y caída de cualquier forma de gobierno nacional, internacional o mundial. Una sutil tensión junto a la comisura de su boca fue lo más cercano a una sonrisa que se permitiría en esos días. Nosotros siempre existiremos…
 
El sobrio tintineo de las campanillas de los mayordomos invitaban a los asistentes a pasar al salón comedor. Esa noche cenaría con el grupo del petróleo, conversarían sobre aficiones y algunas excentricidades, pero nada estrictamente personal, y luego se retiraría con ellos a un salón privado para hablar de lo que venían a hablar. América del Sur era un colosal negocio que nadie estaba realmente aprovechando…