viernes, 12 de septiembre de 2014

17. Cabo Suelto

Edificio Libertador. Buenos Aires, Argentina.


El Ministro de Defensa argentino caminaba satisfecho por el lúgubre túnel que conecta la Casa Rosada con el Edificio Libertador, sede de su cartera ministerial. El presidente le había dado el visto bueno a la designación del enlace civil del Grupo Fénix, como un tema secundario en la larga lista de tareas pendientes que le había encomendado para la “reestructuración funcional” de las fuerzas armadas. El término reestructuración en realidad, era demasiado generoso teniendo en cuenta el calamitoso estado de las fuerzas. Más adecuadamente, lo que debía hacer con el anticuado material calificaba mejor de “restauración”, y respecto de su vapuleado potencial humano, de “rehabilitación”.
Gracias a una articulación con los más variados programas de distintos ministerios, se habían ido consiguiendo fondos para reactivar el sector de fabricaciones militares locales. Aún sin grandes adquisiciones que mostrar a la prensa, de a poco se habían ido subsidiado fábricas y talleres nacionales para realizar la puesta a punto y alistamiento de lo que todavía resultaba rescatable. Estas maniobras de bajo perfil, aunque imperceptibles desde afuera, habían resultado tremendamente transformadoras de puertas adentro. Un par de talleres textiles en Salta estaban haciendo uniformes, otros de la zona de Villa Constitución moldeaban piezas nuevas de todo tipo, de fábricas en el conurbano bonaerense salían las cubiertas y correas para los vehículos, y las baterías y filtros para los motores de los alrededores de Córdoba. Comidas, pintura, bombillas, pilas, calefacción, traslados... pequeñas cosas que hacen la diferencia.
Jorge sentía cierto orgullo por todo lo que estaba logrando. Ningún medio le iba a hacer una nota por ello, pero estaba seguro que los soldados estarían ocupados y contentos de ver el cambio en el día a día. De a poco iba a torcer la resistencia inicial del cuerpo de oficiales superiores a su nombramiento. Había tenido que desarmar varios negociados en las tres armas antes de conseguir cualquier incremento de las disponibilidades de combustible para maniobras. Pero había funcionado. Sin escándalos, con discretos pases a retiro prematuros de varios coroneles, había funcionado. El próximo paso eran las “Pruebas de Tiro”, un aumento de la disponibilidad de munición enmascarada en necesidades de las fuerzas policiales que financiaría el Ministerio del Interior. Con la fábrica de Villa María trabajando a doble turno, en menos de un año rellenarían el parque completo con pólvora nueva, incluso la munición pesada. Todo sin aumentar ni un décimo de punto el controversial presupuesto de Defensa. Un milagro. Solo unos años atrás, hubiese sido impensable.


Al final del túnel, dos infantes de guardia se cuadraron exageradamente para saludarlo de acuerdo al protocolo. Estaba convencido que el único propósito práctico de esos dos “centinelas de pasillo” era recordarle a los funcionarios que estaban adentrándose en un mundo aparte, con sus propias reglas y código de valores. Los ecos de los zapatos de suela resonando en los interminables pasillos de doble altura, el monótono centenar de alargadas puertas de madera identificadas con impecables chapas de bronce, las columnas y techos de estilo Beaux-Arts, todo enmarcaba un mundo serio, sólido, simétrico, noble, formal, conservador y estructurado. En especial la decoración del despacho del Ministro de Defensa, en contraste con cualquier otra oficina administrativa, poseía un halo de sobriedad marcial que lo ubicaba claramente fuera de la órbita civil.
El Jefe del Estado Mayor Conjunto se presentó en su despacho exactamente a la hora indicada, portando el mismo gesto hosco que vestía cada mañana. Atravesó la recepción en silencio y con paso decidido, haciendo caso omiso a las secretarias que se ponían de pie para darle los buenos días. Como correspondía, esperaba ser atendido exactamente a la hora que había sido convocado.
-          Buenos días, Señor Ministro – comenzaba la reunión, con la usual falta de afabilidad que las caracterizaba. Un “buen día, Jorge ¿qué tal el fin de semana?” de estilo en todas las demás reparticiones que recorría, hubiese representado un cambio notable en la relación entre ambos.
-          Buenos días, Comandante – le correspondió su fórmula, acompañándola con una sonrisa y un ademán de camaradería, mientras le entregaba algunas carpetas – El presidente ha autorizado las órdenes de las PdT.
El Ministro se desenvolvía casualmente, pero en el fondo, ya había repasado la escena varias veces en su mente. Aún no se sentía para nada seguro encabezando ese despacho y sentía que nadie estaba haciendo ni un mínimo esfuerzo para amenizar su adaptación, en especial este parco veterano con el que debía lidiar regularmente. Se le había ocurrido comenzar a llamarlo “Comandante” en vez de simplemente “General”. Había interpretado cierta mística en la palabra “Comandante” que sólo los militares debían comprender e iba por sobre cualquier denominación de rango. Algo como que generales, coroneles, mayores o capitanes puede haber muchos, pero en cada momento en cada lugar, “comandante” hay uno solo. En ese entonces, parecía una idea razonable…


Comenzó dándole las buenas noticias, y procurando hablar de “órdenes” y referirse al proyecto de las Pruebas de Tiro por sus siglas. Sabía que a los militares les encantaban las siglas, les permitía hablar de ideas y conceptos como si fueran cosas tangibles y objetivas, y el hecho de recibir “órdenes” – por más que estrictamente fueran papeles administrativos – disparaba todos los mecanismos adecuados en su particular psicología. En ese momento el General se sentiría reconocido, importante, útil, obligado, responsable… el Ministro tenía claro que le estaba endulzando la píldora para lo que seguía.
-          Además, tengo la designación del enlace civil para el Grupo Fénix – le comentó al pasar, extendiéndole el escuálido dossier sin mirarlo a los ojos, mientras continuaba revisando otros papeles. El veterano militar se arrimó para tomar el documento con manifiesta lentitud. Observaba al ministro atentamente como tratando de vislumbrar lo que ocurría. Con un vistazo fugaz había abierto la portada, verificado que el designado no era nadie de su confianza, y vuelto a cerrarla.
-          El Grupo Fénix maneja información estrictamente confidencial – objetó el General con seriedad, mientras se ponía de pie y sacaba a relucir su peor cara de verdugo implacable, que unida a su porte y su rango, le resultaría a cualquiera bastante intimidante – ¿Usted se hace responsable por este tipo? – el aire se había congelado súbitamente ante semejante desacato.
-          No sé a qué se refiere, General – le respondía el Ministro, dando por finalizada la forzada escena de cortejo. Pero sí sabía. Él sería ministro por un par de años y el presidente por un par de años más, pero el General llevaba ya cuatro décadas en la fuerza, y había sido encomendado por sus pares como el custodio de proyectos, personas y hechos que ellos consideraban fuera de la esfera de control de la política.
-          Eso es todo, General – lo dispensó secamente el Ministro. El militar se cuadró solemnemente, con cara de piedra y la vista clavada en el ventanal a espaldas del político. Luego giró sobre sus talones para dirigirse a la puerta sin pronunciar palabra.


Atravesó otra vez raudamente la recepción, hasta encontrarse en el pasillo con su Ayudante de Campo, justamente un Mayor que había rescatado del Batallón 601 de Inteligencia. Cuando entraron al elevador, le espetó el dossier de la designación sobre el pecho.
-          Quiero todo sobre éste tipo, su pasado, su familia, sus contactos, propiedades y viajes – le murmuraba conteniendo su enojo – Quiero un seguimiento 24/7, con teléfonos y micrófonos. Quiero que tenga una mujer y un amigo en quién confiar cuando llegue a su puesto… dos si es necesario. Consiga alguien de confianza y que arme un grupo de tareas con reporte directo. Es una operación de seguridad, no de inteligencia, no estamos buscando la mugre de este tipo, acá hay material sensible real en juego, así que todos tienen que revestir autorización A1.
Cuando el elevador llegó a su piso, el General oprimió el botón del piso donde trabajaba la Jefatura de Inteligencia del Ejército.
-          ¡Está lleno! – tronó la voz del General, haciendo saltar a los que esperaban el ascensor del que él descendía, luego se volvió hacia su Ayudante – Esto tiene máxima prioridad. Repórtese en 24 horas.
El ascensor cerró sus puertas y el Mayor recién pudo ojear un instante la carpeta que le había entregado. La referencia del expediente: “Designación Enlace Civil Grupo Fénix” lo puso en circunstancias inmediatamente. Esto podía ser complicado…