lunes, 22 de septiembre de 2014

18. El Niño

Buque científico AGS-61 “Cabo de Hornos”, al sur del Mar de Grau


El agitado vaivén del mar y la apretada rutina de abordo mantenían su mente ocupada durante el día, pero a mitad de la noche, Alicia otra vez daba vueltas en su camastro con cierto recelo, procurando no perturbar el tan merecido sueño de los otros tres científicos en el diminuto camarote. No había podido volver a dormirse desde que nuevamente despertara sollozando de ese sueño recurrente en el que el bebé desaparecía de sus brazos mientras lo amamantaba.
La Dra. Alicia Correa había pagado un costo personal muy alto para responder al llamado de la  Armada de Chile a participar de esta misión de investigación científica oceánica. Siendo mujer, civil y conocida por su pensamiento ecologista teñido de progresismo, la convocatoria había tenido mayor repercusión mediática de la que ella hubiera querido en esa etapa de su vida. Había superado su miedo a un nuevo tratamiento de fertilidad y remontado la frustración que aletargaba su vida de pareja, únicamente para postergarlo todo y embarcarse en este importante escalón para su carrera.
Siempre es mayor la presión de la oportunidad, cuando es la última. Temía que hubiese sido la última para su carrera, su matrimonio y su bebé. Todavía no se sentía tan desesperada como para volver a rezar, pero cada noche se acostaba con la cadenita de la Medalla Milagrosa en sus manos, con su corazón debatiéndose internamente si por una vez en la vida se permitiría sentirse frágil y necesitada.


El día siguiente le resultó aún más largo que de costumbre. Luego de treinta días en el mar, la travesía estaba llegando a su fin. Como todas las tardes, debía ausentarse de la cabina principal junto a la sala de operación de sensores acústicos para que los sonaristas militares informaran al comandante del buque sus hallazgos del día. Cada vez que Daniel, el amable joven grumete, se acercaba a ella por la tarde con un tazón de sopa en la mano, sabía que debía salir a tomar fresco a cubierta.
Aunque todos le disimularan sus actividades, no hubiese sido necesario un genio como el de ella para figurarse que la misión no era enteramente de carácter científico. El misterioso oficial que coordinaba el grupo de sonaristas tenía una estrella y tres bandas al igual que el comandante del “Cabo de Hornos”, pero la boina de submarinista lo delataba. Seguro no se suponía que debiera estar allí, al menos oficialmente, pues no llevaba la placa con su apellido en el uniforme y todos se dirigían a él siempre como “Señor” sin mayor detalle. El susodicho “señor” había tenido que enclaustrarse todo el mes en su camarote para evitar cruzarse con ella, pero eso no le generaba ningún remordimiento. Después de todo, si era submarinista debía estar preparado para ello, y no era su culpa si sus superiores querían alimentar su neurótica paranoia. La data batimétrica y el mapeo del fondo en la zona de litigio marítima al parecer debían guardar una “vital importancia” para estos perpetuos buscapleitos. No vaya a ser que nuestros arteros enemigos nos acechen desde el fondo de la Fosa de Atacama. Payasos. Cuánto dinero se malgastaba en esas tonterías. ¿Cuándo aprenderían?
“Vencer o Morir” leía resignada el cartel tallado coronando el puente de mando. Extraño lema para un buque científico...
Las olas mecían el buque suavemente, y ella tomaba su reconfortante sopa de espárragos en la proa mirando el sol alejarse hacia el horizonte. Estaba enamorada del océano. Algo en el danzar de las aguas la hipnotizaba. La brisa marina era la añorada caricia en el rostro que la confortaba al final de cada duro día de trabajo. Mira que te mira... Había algo insondable, maravilloso, irresistible, y al mismo tiempo aterrador en el mar. Sentía que pertenecía a él. Mira que te está mirando... Que ella le pertenecía. Un escalofrío la quitó del trance justo a tiempo para que la taza no cayera de sus manos. El frío en los ojos le había hecho derramar una lágrima.


El Capitán de Fragata se dignó finalmente a acudir con porte solemne a pesar de su tardanza, a la cita que él mismo había convocado, cuando el acogedor calor que le había brindado la sopa ya se estaba extinguiendo y el frío húmedo del atardecer comenzaba a colarse en su lugar. En todo el mes, el estirado comandante del buque no se había rebajado a dirigirle la palabra. Estaba convencida que su mera presencia abordo le resultaba indigna y una afrenta profesional, pero alguien le habría hecho tragarse su orgullo. La Dra. Correa era la oceanógrafa y meteoróloga chilena más especializada en el efecto “El Niño” y sus conclusiones serían tomadas muy en serio cuando regresara a tierra, incluso a niveles que en ese momento ella jamás hubiera podido sospechar.
-          Doctora... – le dirigía sin escrúpulos su primera palabra el Capitán, perdiendo intencionalmente su mirada hacia proa.
-          Capitán... – respondía ella a su nivel de desprecio, volviendo a encontrar el sol que ya se ocultaba.
-          ¿Tiene sus conclusiones? – iba directamente al grano.
-          Terminaré de escribir el reporte antes que volvamos a puerto – trataba ella de lucir inconmovida por su desdén – pero la información es concluyente: la velocidad de los vientos alisios y las corrientes marinas es débil, las temperaturas del agua están sobre las medias estacionales, y la presión y humedad relativas se corresponden con el panorama... entiendo que las pruebas de química y del laboratorio húmedo son consistentes... – el marino no daba nada por sentado, y esperaba escucharla decirlo claramente – así que muy probablemente tengamos “El Niño” asolando nuestras costas nuevamente el año entrante.
-          Perfecto – concluyó el Capitán, con una expresión que le llamó poderosamente la atención.