lunes, 20 de octubre de 2014

22. Actividades Espaciales

Base de Lanzamiento Puerto Belgrano, Provincia de Buenos Aires, Argentina



Aunque el enorme cohete Tronador II se llevara la atención de todos, dentro del Centro de Control, Gustavo no podía quitar la mirada de la Comandante de la Misión, la Ingeniera Agustina Huergo, con su lacio pelo negro azabache, prolijamente corto y recogido, los discretos anteojos de lectura, el tailleur gris impecable, todavía abotonado. Parecía estar monitoreando todas las pantallas al mismo tiempo, espiando con ojos de águila por sobre el hombro de la veintena de controladores del equipo de tierra. Debía hacer tres horas que no se sentaba ni paraba de pedir reportes desde el pequeño micrófono de sus auriculares. Era una máquina. Precisa, ordenada, persistente, eficiente. Había que ser ingeniero para encontrarle su atractivo, pero tenía lo suyo.
Pudo notar varias veces que ella lo miraba fugazmente, ahí sentado en un rincón, buscando no incomodar o intrometerse. Luego de un par de saludos a la distancia, alevosamente no correspondidos por ella, había dejado de insistir. Después de todo, nadie lo había invitado al lanzamiento y claramente nadie le dio la bienvenida. Pero se trataba de un evento que atraía mucha atención de la gente y los medios, de manera que no pensaba perdérselo. Aunque más no fuera, haciendo valer por su cargo de Enlace Civil del Grupo Fénix, el ticket de entrada para el peor asiento de la mejor platea para ver el espectáculo.
En el Centro habían estallado ya cuatro veces los aplausos, al despegar y con la separación de cada módulo de propulsión. Llegado el quinto hito de la misión, la euforia triunfal se había diluido en plácida satisfacción. Cuando se quitaran la carga de encima, ya no sería más su problema. Funcionaran o no esos satélites de estructura segmentada, ellos habían demostrado que podían ponerlos en órbita.


El espectáculo era menos cinematográfico ahora que al lanzamiento, pero igual Alonso lo disfrutaba relajado. Los cuatro objetos se mostraban en la pantalla principal como puntos que se alejaban de la curva de ascenso del propulsor. Tres eran los microsatélites ¿qué sería el cuarto? A medida que la Estación Terrena Benavídez iba conectándolos, la línea que unía cada uno con una lista de datos ininteligible cambiaba su color de blanco a verde claro. “-1- online”, dos online, ok… y tres, perfecto. ¿Cuatro? ¿Cómo cuatro? Eran tres. Se había estudiado todo el maldito paper del proyecto. Estaba seguro que eran tres. Pero miraba a su alrededor y nadie parecía sorprendido. Evidentemente, le seguían tirando basura técnica desactualizada para mantenerlo ocupado, aburrido y al margen. Estaba enojado y eso lo hacía sentirse incómodo, pero en este caso podía serle útil. No tenía ni el estilo ni la práctica de imponerse ante los otros. Mucho menos en público… aunque tampoco en privado… como sea.
Se levantó tomando aire y comenzó a pasearse por entre las terminales. Ya no había mucho que ver. Lo mejor del show había pasado. Como realmente no hubiera podido siquiera disimular una conversación sobre lo que veía en las pantallas, iba estrechando alguna que otra mano, presentándose y felicitando sobriamente a quien le dirigiera la mirada. Si, no me vean así; yo tampoco sé a qué vengo.
-          Comandante – llegó finalmente hasta ella – si me permite unos minutos – la invitaba a salir de allí.
-          Si, claro – le respondió con marcada apatía – "Ado", tengo que ir al baño – se excusó con su adjunto, el Capitán Sifredi.
Ella caminaba por delante, decidida e imperturbable. Alonso le iba a la zaga, pretendiendo aún aparecer como quien marca los tantos. Al llegar a los sanitarios de damas, ella abrió la puerta y le indicó sin rodeos: “Entre”. Un tanto desconcertado, Gustavo obedeció. Esta mujer sabía encontrar un campo favorable para presentar batalla. La ingeniera empujó las puertas de las seis cabinas de retretes para asegurarse que no hubiera nadie allí. Luego volvió a la puerta de entrada, la trabó y se volvió hacia él expectante.
-          ¡La documentación que me envían es pura basura! – arrancó Gustavo sin rodeos, buscando recuperar el valor y la iniciativa.
-          Entienda esto Alonso – lucía ella más conciliadora de lo que esperaba – la documentación es la correcta; 100% correcta.


Él no daba el brazo a torcer, repitiendo la obviedad del número de satélites y aprovechando la oportunidad para incluir infinidad de nimiedades de maltrato que hubieran sonado caprichosas si no fuera porque habían sido mayormente hechas adrede.
-          Alonso ¡escúcheme! – lo interrumpía – No me está escuchando. La documentación es la correcta. Se lanzaron tres satélites; y le digo más, uno de ellos no va a funcionar, de manera que le quedan dos, sin enlace, así que en 45 días estamos lanzando de nuevo. Una misión improvisada, si se quiere. Que tampoco va a tener cuatro satélites, sino dos, que es todo lo que hay supuestamente. ¿Toda una exclusiva, no es cierto? No se vaya a olvidar de lucir sorprendido en el momento.
-          Pará, pará… si conectaron todos ¿de qué carajo estás hablando? – la sorpresa le había hecho olvidar el protocolo.
Agustina se apoyó sobre la mesada de los lavatorios y suspiró, frotándose los ojos y la marca escarlata de sus lentes junto a ellos. El armazón era un modelo francés superliviano que se había traído específicamente para estos momentos, pero también le pesaban como grilletes. Estaba cansada, muy cansada. No te van a decir nada. La misma historia que con ella. ¿Cuántos años la habían boludeado? Milicos de mierda. Estás en el equipo o no estás en el equipo. Estaba tan cansada…
-          Agustina – se atrevió a tomarla del brazo – ¿estás bien? Estás muy pálida ¿te sentís bien? Uylap… – llegó a tomarla antes que se desvaneciera, pero apenas podía mantenerse en pie. Hipoglucemia, lipotimia, vaya uno a saber, estaba recontra pasada de vueltas – ¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Ayuda! – gritó, y pronto ese alguien forcejeaba en el picaporte de la puerta. Recién entonces comenzó a preocuparle cómo iba a hacer para explicar esto…