sábado, 15 de noviembre de 2014

25. Montecristo

Cuartel UMOPAR, Departamento de Oruro, Bolivia.


-          ¡Habla, rotu, cabrún! ¡Habla! – volvía a darle un par de cintazos en las piernas, que se le aflojaban y sentía el tirón de los brazos colgados del techo con sogas estirarle la espalda dificultándole la respiración.
El Sargento Ernesto Morales estaba empapado en su pegajoso sudor, pero no dejaría de golpearlo hasta sacarle algo. Dos muchachos de su escuadrón habían muerto persiguiendo a estos espías chilenos, otros dos habían sido evacuados al hospital y quién sabe qué sería de ellos. Eladio y su amigo el flaquito, y el “pulga”, ese mocoso escurridizo, y Osmar… Hiju’eputa… si muere Usmar vuy a arrancarte lus ujus.
-          ¿Pur qué, malditu perru, pur qué? ¡Habla! – le gritaba en la cara, retorciéndole las orejas con sus manos morrudas. Los gritos del cartógrafo ahogaron el ruido de la puerta de hierro abriéndose.
-          ¡Morales! ¡Atención! – lo hizo saltar el grito del Capitán Antonio Mamani.
El obeso sargento se cuadró solemne, pero su aspecto era funesto. Empapado en sudor, sin camisa que disimulara su rollizo vientre y sus pechos caídos, y regados los pantalones y las manos de sangre; con el cinturón ajustado a la muñeca con la que saludaba y sin un borceguí, que había usado para golpear al prisionero.
-          ¿Qué se sabe? – lo increpó serio el superior, para darle en qué ocuparse mientras miraba con detenimiento al cautivo. Respira con dificultad… apoya sólo en una pierna, bola en el tobillo, posiblemente fracturado… ambos ojos completamente hinchados… algunas heridas cortantes… superficiales, ningún apuñalamiento… ayayay mierda, le sale sangre del oído izquierdo… este en unas horas más acá se nos muere.
-          ¡Cállese! Ya cállese Morales… – le ordenó con hastío para que el desarticulado sargento cortara su irritante perorata.
En una mesa de lata a un costado estaban desplegadas todas las pertenencias secuestradas al chileno. Cartografía anotada a mano con mediciones topográficas, notas de temperaturas y vientos, hitos geográficos, puntos de observación y campos visuales, coberturas de radio, manantiales, cultivos, ranchos, cuevas, vados, senderos… Un trabajo impresionante sobre toda el área donde operaba la Brigada Bolivariana. Iban a hacerlo. Únicamente faltaba la información viva sobre identidades y rutinas. Los malditos iban a hacerlo. El sargento observaba al comandante parado frente a la mesa hurgando las cosas en silencio. Su rostro transmutándose en distintas emociones que él no hubiera podido describir. Qué estaría tramandu el wachueste…
-          ¿Se da cuenta qué acaba de hacer sargento? – lo increpó en tono de furia con gran esfuerzo reprimida – ¡Es un soldado pedazo de imbécil! – golpeó la mesa con tal fuerza que la mitad de las cosas en ellas volaron al piso – Como usted, o como yo – lo fulminaba con su vozarrón grave y mirada inquisidora, aún con el puño incrustado en un bollo en la lata.
El sargento hubiera querido intervenir, pero titubeo tratando de hilar una frase. No se lo esperaba. El perro chileno había matado a sus hombres ¡Pus había que matarlu! Estaba por largarlo cuando el capitán comenzó a acercársele lentamente desenfundando su cuchillo de monte ¡Ay caray!
-          Tiene rango de soldado, uniforme de soldado, armas de soldado ¿Sabe qué significa si muere aquí cautivo este soldado, sargento? – el oficial se arrimaba a hablarle a centímetros de su cara – ¿Sabe en qué lo convierte a este enemigo si muere torturado aquí? ¿Sabe en qué lo convierte a usted, sargento? ¿Sabe en qué me convierte a mí? – Morales podía sentir la punción de la hoja en su entrepierna – me va a traer aquí mismito dos bolsas grandes de lona, una pala y una carretilla – le indicaba con insensibilidad macabra – luego me estaciona una patrullera con caja tapada, acá en la salida de atrás ¿m’entendió? De este asunto me encargo yo, y acá nadie ha visto nada ¿m’entendió? Su escuadrón y el de Tejada se toparon con narcos ¿’ta clarito? Ni prisioneros ni nada… Ahora vaya ¡Muévase!


El Teniente Mauricio Márquez volvía abatido al cuartel, luego de visitar el hospital y la morgue. No era la primera vez que veía sangre, pero había sido mucha sangre, y toda de su lado. Maldita sea. Mamani iba a endilgarle la mitad del paquete. Habría muchas visitas que hacer, mucho papeleo que llenar, muchas cartas que escribir. Carajo... Que fuera su pelotón era circunstancial. Vivían en guerra. No había lugar para estas mariconadas. Un militar no tendría que tener familia. Nacer de huevo y entrenar lejos del nido. Ir donde lo necesitan, morir de un tiro limpio y llevarse varios consigo. Volver como fantasma a formar con los demás. Escuchar las marchas que hablan de él sin mencionarlo. Montar guardia en silencio. Susurrar en la conciencia de los novatos. Siempre atento, siempre en servicio. Para una vocación como ésta, no hay posibilidad de retiro.
-          Con permiso, mi Capitán – abría la puerta del despacho, luego de dos golpecitos en el vidrio corrugado.
No había nadie allí… los muebles y las carpetas estaban revueltos… faltaba la escopeta y el chaleco del capitán, los mapas tácticos habían sido arrancados de la pared, faltaba también el botiquín. Mamani no podía con su genio; si algo estaba mal, tenía que saltar a arreglarlo. Capaz que este exaltado había salido a buscarlos.
-          ¡Guardia! – se había dirigido a los calabozos para echarle un vistazo al causante de todo este descalabro, esperando que fuera el ideólogo de la emboscada – vengo a ver al sospechoso capturado esta tarde.
Era extraño que, salvo por el sargento de guardia cuchicheando con los dos centinelas, todo estaba demasiado tranquilo. Con agudeza, ojeó que en el patio de cocheras, estaban todas las camionetas, menos la Ranger grande. El corpulento suboficial se le acercaba arrastrando los pies, desalineado y con magullones frescos en los nudillos.
-          Pus nu hay suspechusu, jefe… – afirmaba con brazos caídos y esquivándole la mirada. Hasta él podía darse cuenta de lo insostenible del secreto. El rostro de Márquez se transfiguró como cuando entraba en combate – ¡Nu hay suspechusu, jefe! ¡Nu, nu hay suspechusu, jefe! ¡Pusque nu hay! ¡Nu hay! – repetía apichonado cuando el teniente lo sacudía de las solapas.
-          ¿Dónde está el Capitán? – empezaba a atar cabos en su mente. Morales tartamudeaba, sin poder decidirse si la clave para develar un secreto, sin ser el secreto, era parte del secreto…
Segundos después, el teniente emergía del portón trasero del cuartel en dirección oeste, acelerando en una moto enduro con un rifle de asalto arrebatado al centinela.