viernes, 19 de diciembre de 2014

29. Ariete Naval

Comandancia de Operaciones del Pacífico, Base Naval El Callao, Perú.


El joven asistente del Vicealmirante Pizarro, Jefe del Estado Mayor General de la Marina, respondió al ademán de su oficial apagando la pantalla en la que una parte selecta del Cuerpo de Almirantes de la Marina de Guerra del Perú había conferenciado con el Ministro de Defensa. El funcionario acababa de asegurarles que la maniobra naval suponía únicamente una demostración de fuerza con fines diplomáticos” a pesar de la caldeada retórica nacionalista con la que la había anunciado un día antes el Presidente, en conferencia de prensa ante los grandes medios nacionales y una docena de corresponsales extranjeros. La impugnación de Chile al laudo de La Haya y su abandono de la Convención del Mar había empujado las relaciones bilaterales a un nuevo piso histórico y las declaraciones airadas de políticos y periodistas estaban a la orden del día.
-          Creo que queda suficientemente claro – concluía Pizarro – que estamos planificando sólo un desfile televisado en altamar.
-          Con todo respeto, Vicealmirante – intervenía el Comandante General de Operaciones del Pacífico, deslizando el hecho que a pesar de su cargo, tenían el mismo rango – en un tiempo de crisis como éste, estaremos “desfilando” el grueso de nuestra Marina de Guerra, directamente hacia un territorio en disputa, simulando una maniobra ofensiva de primer ataque… si el propósito de esta maniobra no es claro para nosotros… muy probablemente genere serias dudas del lado del enemigo.
Los comandantes en el terreno siempre tienen dificultades para dar crédito o tener en cuenta las sutilezas de la política de Lima.
-          No son enemigos, Comandante – replicaba secamente el Jefe del Estado Mayor, aunque su obstinado interlocutor lucía un gesto adusto de desaprobación ante semejante aclaración – y nuevamente: no se trata de una maniobra de combate.
Pero en la mente de varios de los oficiales almirantes presentes, el planteo del Comandante General resonaba de manera válida. La maniobra del “Ariete Naval” era un plan emblemático de la Marina de Guerra del Perú. Consistía en proyectar una potente fuerza de superficie, en curso directo y a toda velocidad hacia el puerto de Iquique, cabecera de la IV Zona Naval de la Armada de Chile. La fuerza estaría liderada por un escudo de pequeñas corbetas misilísticas, que irían liberando el paso de la fuerza principal, compuesta por el buque insignia y una considerable escolta de fragatas clase Lupo/Carvajal que controlarían el perímetro de la formación con sus helicópteros. Alcanzado el objetivo, los inmensos cañones del BAP Almirante Grau bombardearían el puerto enemigo inutilizándolo.


Se trataba de una maniobra de primer ataque, que buscaba impedir el flujo de suministros enemigos a la frontera norte. Si bien podía resultar devastadoramente eficaz, dependía de cierto “factor sorpresa”, o al menos, un pobre grado de alistamiento de las defensas enemigas. Considerando la enorme movilización de recursos que implicaba conformar tamaña flota, la posibilidad de sorpresa era un tanto inverosímil. De hecho, el Presidente había anunciado esta maniobra con un prudente plazo de tres semanas de antelación. Pero como plan, nunca había sido totalmente descartado, en atención a las serias vulnerabilidades que la Armada de Chile había mostrado luego del terremoto y tsunami del año 2010. El Ariete era la forma que la marina peruana tenía de recordarle a su par del sur, que si algún día la sorprendía con la guardia baja, la estocada naval sería fatal.
-          Las intenciones se definen en los preparativos – intentaba descontracturar un poco la tensión que ocasionaba su superior el componedor Jefe del Estado Mayor de la Comandancia de Operaciones del Pacífico, Contralmirante Izcué – qué vamos a llevar y cuánto, determina hasta dónde vamos a llegar y para qué. Si salimos así como estamos, sin duda no vamos a llegar demasiado lejos. ¿Manuel? – invitaba a aportar al Jefe de la Fuerza de Superficie. Como siempre, cuanto más alejado de las altas esferas de poder estuviera el oficial, más alejadas de las altas consideraciones estratégicas estarían sus preocupaciones, y esta discusión estaba necesitando concentrarse más en detalles concretos que en abstracciones diplomáticas.
-          Por supuesto… Señores… – se disponía el veterano hombre de mar, irguiéndose y observando uno a uno a sus interlocutores; tomándose su tiempo para asegurarse la atención de todos los presentes. Manuel Morey tenía su propio peso por ser toda una eminencia dentro de la fuerza naval. Había vivido el esplendor de la Marina de Guerra en los años 80s; la había visto decaer y renacer. En cada escalón de su larga carrera, sus superiores habían encontrado en él el temple incólume de quien tiene en claro su tarea y está dispuesto a enfrentarla con lo que le toque tener a mano. Una mezcla de sangre gallega e irlandesa cimentaban su carácter tenaz e imperturbable. Estaba genéticamente preparado para soportar y perdurar, pero no era tan cumplido como para guardarse de tener voz al respecto – La maniobra del Ariete se realiza a máxima velocidad, de manera que los buques auxiliares no pueden acompañar el paso de la formación principal. Cualquier falla mecánica o de motores, dejará atrás y a la deriva a algún elemento de la flota. Sea esto o no un desfile, las tareas de mantenimiento y el flujo de repuestos y reposiciones deberá centrarse en las máquinas. En segundo lugar se podrá trabajar en verificar y alistar puntualmente los sistemas de armas que se prevea disparar, y finalmente, con una flota tan numerosa y en formación cerrada, podemos confiar en que el componente electrónico cumpla con su cometido con mínimos preparativos, simplemente por una cuestión de redundancia – las tripulaciones, por supuesto, rendirían lo que debían si sabían lo que les convenía.
-          Gracias Contralmirante – retomaba la palabra Izcué con una expresión pacífica, como si todo estuviera resuelto. Los dos Vicealmirantes esperaban escuchar todo de sus subordinados antes de volver a hablar. Este era el momento de “que hable ahora o calle para siempre”. Una vez que lo hicieran los superiores, toda cuestión quedaría saldada.


-          La escolta necesita de los Seasprite para cumplir con su cometido, las piernas en altamar dejan a la flota muy alejada de nuestros medios antisubmarinos en tierra – lanzó el Comandante de la Fuerza de Aviación Naval en tono provocador – Hace un año que los estamos esperando. La papelería burocrática de permisos y aduanas lo demora todo. Salvo el 3605, tengo toda la escuadrilla, ya modernizada, varada en Canadá y mis mejores pilotos entrenando en una base canadiense, de prestado, como pueden, que no es mucho. Alguien tiene que traerlos de vuelta – lanzaba su desafío a los superiores.
-          De acuerdo a los informes de Inteligencia – recogía el guante con aspereza el Jefe del Estado Mayor General de la Marina – no se prevé una amenaza submarina en la zona. De hecho, el “Merino” está amarrado en Punta Arenas y sus cuatro críos tienen programadas prácticas en el Cabo de Hornos para esa fecha.
-          Hablaré con Sáenz para arreglar el alistamiento de acuerdo a sus prioridades – se dirigía al Jefe Morey el Comandante General. Eso bastaría. El Director de Alistamiento era un oficial confiable, realmente un mago consiguiendo suministros si la ocasión lo ameritaba, y una orden directa del Vicealmirante Freire constituía una de esas ocasiones – Si el problema son las máquinas, va a tener suficientes técnicos de la SIMA en sus buques como para tenerlas a punto a tiempo. Caballeros… – se levantó, dando por finalizada la reunión, no iba a permitir que su comando se convirtiera en una asamblea gremial.
El joven asistente del Jefe del Estado Mayor General de la Marina se quedó desmontando el equipo de videoconferencia luego que los miembros del almirantazgo se retiraran. No lo habían notado, pero la cámara dispuesta apuntándolos había continuado grabando.