martes, 10 de febrero de 2015

31. Viernes Negro

Lima, Perú



Las bolsas del Mercado Integrado Latinoamericano abrieron con presiones sobre el tipo de cambio. Se iba a mover mucho dinero de acá para allá y eso generaba tensiones. Los gobiernos debían salir a responder o las tensiones comenzarían a afectar los precios y encarecer los flujos. Malditos mensajitos. Tengo que desactivar esta cosa antes que me vuelva loco.
-          Ni locos Eusebio, no van a salir a vender dólares el mismo día que salen a pedirlos – le justificaba al operador su amigo en el Banco Central al teléfono – un poco de presión inflacionaria reactivará el consumo; recuerda que no están emitiendo Letras para atesorar, sino para transferirle al gobierno y dilapidarlo en su campaña de la dignidad patriótica y todo eso…
Necios. ¿Creen que sus jugarretas no tendrán consecuencias? Si no fuera por ellos, lo que saliera por la mañana hacia Santiago y Bogotá, volvería por la tarde a Lima. Pero estaban utilizando el tipo de cambio como una tasa al movimiento de capital que terminaría perjudicándolos. Le pasó el celular a Elizabeth para que le desactive las notificaciones. El cachivache no paraba de recibir mensajes.
-          No te veo registrando operaciones – lo indagaba su jefe – todos quieren vender, así que dales algo que comprar.
Vender era caro, moverse era caro, comprar era caro y todo estaba a la baja. ¿Por qué demonios estaban todos tan exaltados? Nadie se había tomado el tiempo de leer el informe de S&P. Esto rebota mañana, cuando Moody’s se encargue de invalidarlo. Su computadora estaba tan loca como las demás, pero no le importaba, justamente para poner paños fríos estaban las personas.
Le costaba pensar con claridad con sus colegas gritando al teléfono, su computadora disparándole constantemente notificaciones de cotización y sus clientes llamándolo para pedirle una respuesta que no querían escuchar. No se muevan, no es real. El informe no dice nada. Va a rebotar. Tiene que rebotar. No pasa nada, no es real. Sin embargo, de momentos parecía volverse real. En ese mismo instante, volúmenes operados en títulos estaban creciendo demasiado. Esto ya no eran computadoras explorando precios. Alguien estaba jugando siguiendo las reglas de las máquinas. Tengo que hacer una llamada. ¡Elizabeth!
-          ¡No estamos vendiendo, carajo! ¡Estamos liquidando! – le espetaba su colega, agente de un fondo de inversión institucional – es una estúpida restricción estatutaria del fondo, no podemos tener esos condenados “bonos basura” en nuestra cartera.
“Bonos basura”… la mala palabra. Hasta ayer eran anclas de largo plazo, y ahora eran un activo de riesgo que ensuciaba el rating de sus carteras. No era que hubieran perdido ni un centavo de los intereses que pensaban ganar, que ni siquiera eran muchos. Los bonos ya no cumplían su función. No daban ganancias, ni tampoco seguridad. Con las ventas de los fondos institucionales, las cotizaciones de los operadores de alta frecuencia se convertían de manera artificial en oficialmente reales.
-          Puede sonar desconsiderado – se disculpaba el operador ante su atribulado interlocutor – pero la caída de todos ustedes va a servir para equilibrar las cosas con Santiago y tal vez ayude a morigerar las bajas por acá – las inversiones tenían una gran participación chilena, de manera que deberían ponerle el hombro a esto juntos si no querían que Lima los arrastrara.
-          No seas imbécil ¡Qué poco conoces a estos tipos! – le reventaba la burbuja – Son participaciones colateralizadas. Ellos son los que crean los fondos y sus reglas, son los que lo fondean primero, son los primeros en cobrar si hay, y los últimos en no cobrar si no hay. Créeme, al final del día, esto no va a repercutir en los bancos de Santiago. De hecho, vamos a terminar poniendo nuestra puta cuota de bonos en los malditos fondos de ellos que tienen nuestros mismos papeles de mierda, pero como super seniors. – Estaban complicados. Validando transacciones infladas por la coyuntura para blanquear sus libros. Como estaban estructurados, no tenían elección. Les iba a salir muy cara la movida.
-          Lo loco sería que ellos compren tu parte por nada, con lo que tú le compras a ellos con la venta de lo tuyo…– intentó ser gracioso, pero resultó inquietante – ¿hola? ¿Isaac, estás ahí? – su colega se había alejado corriendo del teléfono.
Cae Luz del Sur y el sector de las eléctricas. Los servicios y las perspectivas de inflación no se llevan bien con las tarifas reguladas, en especial sin fondeo y con costos en dólares en alza. Carajo. Otra marca roja en el Índice General. Más notificaciones. Más clientes nerviosos. A estos no iba a poder convencerlos de no moverse a Bogotá o Santiago. ¿Por qué rayos no salieron a defender la moneda?
-          Vale, Eusebio, si llegas a 400, anótame con 35 – sólo 275 por ahora y empeorando. Paciencia. Todavía es temprano.
-          ¡Eusebio! ¡Deja de rascarte el culo! – lo increpaba nuevamente su jefe – ¿Dónde diablos están tus operaciones?
-          ¡Estoy confirmando 400 millones en Letras! – se defendía el operador – ¡A ver si tus pendejos logran algo semejante!
-          ¡Maldita sea, Eusebio! ¡Esas Letras son pura mierda! – golpeaba con furia sobre el escritorio – La tasa es muy baja, el plazo muy largo. Todavía no han sido adjudicadas y ya proyectan 9 puntos abajo. ¡Mira tu maldita pantalla!
-          La tasa y el plazo estaban perfectamente bien el día de ayer – se oponía el operador – estos precios no son reales ¡No tienen sentido! – cientos de cotizaciones de reserva poblaban la pizarra. Si bien no se ejecutaban, trastocaban todos los cálculos. Todos quieren vender, pero no hay compradores, no hay dinero ¡y estas malditas alertas no dejan de llegar todo el tiempo!


-          Cerro Verde +1… las mineras… las mineras están bien… ¿qué mantiene a las mineras? Qué es, qué es… – escrutaba sus pantallas llenas de números y gráficos, mercado a mercado, hasta finalmente encontrarlo – por supuesto, futuros…
El dinero se refugiaba en las commodities. No en lo inmediato, por supuesto ¿Quién quiere para mañana 100,000 toneladas de hierro? Pero las opciones de compraventa a futuro constituían una eficaz reserva de valor. Se podía montar una enorme operación con relativamente “poco dinero” utilizando opciones a futuro, pero no eran instrumentos simples de cotizar. Algún operador especializado estaba poniendo muchas veces ese “poco dinero” para poder salvaguardar las perspectivas futuras de las mineras, y su cotización actual. ¿De dónde habían salido todos esos papeles?
-          A ver… qué más tenemos en futuros – repasaba su pantalla –  ¡Matías! ¿Qué son esas opciones “Cláusula 15”?
-          El seguro de cambio de los swaps de comercio exterior – le respondió el joven mecánicamente, segundos antes que los ojos se le abrieran como platos y casi se cayera de la silla – el Sol perdió nueve puntos y medio ¡los seguros se disparan en 10!
Iceberg a proa…
-          Puedes anotarme con 15, por los 15 años que nos conocemos – le concedía un cliente al que había tenido poco menos que rogarle – espero no arrepentirme de esto Eusebio, estamos yendo en contra de lo que opina todo el mundo…
¡Si! Ejem… Si, seguro, gracias, no te preocupes, te agradezco, bla… tengo 400. Vamos a confirmar montos – se hundía en su terminal – y a cerrar operaciones… ¿Dónde están los 60 de Montero? No están, no los tengo… Están operados… Hugo Aberna… Ladrón.
-          ¡Maldito perro traidor! – se abalanzaba sobre el cuello de su subordinado – ¡te llevaste el dinero de Montero!
Dos colegas se abalanzaron sobre él para sacárselo de las manos. El escándalo de gritos e insultos no llegaba a conmocionar una oficina, sumida en un espiral frenético de avaricia. Los demás lobos estaban cazando en su rebaño. Saboteando sus negocios a su espalda. Sentía que de reojo lo miraban con reprobación por portarse como un chiquillo. Contrólate vejestorio. Te robó un cliente ¿y qué? La fidelidad no es una virtud de las finanzas. Hugo Aberna... mocoso maldito… yo mismo te enseñé…
-          ¡Corrida! ¡Tenemos una corrida! – pasaba gritando con una felicidad maniática el jefe – ¡Salgan a salvar a sus clientes!
Está loco. Todos están locos. Hay corrida porque corremos. Van a salir a hacerlos correr. A cualquier lado, no importa. Ya no vendían botes salvavidas, vendían camarotes. Sólo les importa embolsarse las comisiones. Un operador que parecía a punto de llorar con su cliente al teléfono, cortaba y lanzaba una carcajada mientras registraba su operación. Era un psicópata; un demente. Eusebio retrocedía lentamente, desmoronándose del horror.
La pizarra mostraba rojos catastróficos; cotizaciones 20 y 30 puntos abajo. La comisión reguladora vetaba transacciones fuera de los márgenes y sacaba de pizarra uno tras otro los papeles que iban colapsando. Eran personas saltando al precipicio, luego que las computadoras los pusieran con los dedos de los pies en el aire, ofertando a menos de un centésimo de los breakers. El mercado de divisas derrumbaba todo desde los cimientos. Se habían arbitrado cientos de millones en seguros de cambio, chilenos, colombianos, chinos y la novedad eran también los brasileros y mejicanos… miles de millones… las reservas del Banco Central se desplomaban y el Nuevo Sol perdía 3% en cinco minutos. Paren todo. Paren. Su deseo surgía como una plegaria.
Abajo, en el piso, aún por sobre el anárquico griterío, se oyó el disparo de un arma de fuego. Alguien se había volado la tapa de los sesos. Tres minutos después, la Bolsa de Lima cerraba prematuramente sus operaciones. Había pasado hora y media desde la apertura.


La consternación inundaba la oficina, sacudiendo todavía internamente a los operadores y agentes que intentaban recuperarse de la orgiástica carnicería de la que habían participado. Aranzazu lagrimeaba frente a la pantalla, mirando la noticia del suicida. Jairo reía con sus pares, con los pantalones orinados por no haberse perdido cerrar un trato. Andrés se acurrucaba bajo su escritorio temblando, Emilio y Fernanda se besaban apasionadamente en un rincón. Raquel con un papelito, aspiraba discretamente para festejar, Norberto engullía dos pastillas para coronar el orgasmo de su codicia realizada. No podía reconocerlo. Ni reconocerse. Era obsceno. Su celular lo convocó a la realidad. Mágicamente, se había curado de la epilepsia de notificaciones que había sufrido toda la mañana.
-          ¡Tú y el resto de los buitres parásitos de mierda son responsables de esta corrida! – lo acusaba furioso su amigo desde el Banco Central sin mediar introducción – ¿dónde estuvieron los 800 que me habías prometido, eh? ¿solo 60? ¿y encima de un narco? ¿qué es lo que me quieren plantar, eh? ¿crees que soy estúpido? ¿vienen por mi cabeza, parásitos? ¿los estás ayudando, traidor? – Eusebio intentaba en vano detener su locura, le estaba gritando desencajado – ¡No vas a obtener nada de mi! ¡Lacras! ¡Ninguno de ustedes! ¡Voy a investigarlos y voy a hacerlos pedazos! Maldito hijo de – la llamada se cortó abruptamente cuando el celular oficial de su amigo se estrelló contra la pared.
El operador tuvo que reclinarse sobre su escritorio para recuperar el aire. ¿Cómo podía dudar de él?
-          ¡Eusebio! ¡Inútil de mierda! ¡No tengo una maldita operación tuya registrada! – se le abalanzaba su jefe como una tromba – ¡No van a adjudicar las putas Letras del Central, así que no te queda nada! ¡Te dije que esas Letras eran pura mierda! ¡Viejo inservible! ¡La corrida más grande del último siglo y no levantas ni una sola comisión! ¡Estás despedido! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! – manoteaba violentamente su portalápices, que volaba hacia su persona.
Agazapado con las manos en el rostro, no encontraba el valor para erguirse y que lo vieran. No podía emitir palabra. El horror lo avergonzaba de lo que era; el fracaso de lo que no era. La vergüenza le dolía en el pecho. Le costaba respirar. El tardío pensamiento de su familia llegó fugaz recién cuando ya no pudo hacerlo.
Su jefe había partido raudamente. De espaldas, no llegó a ver cuando Eusebio se desplomaba fulminado por un infarto.