miércoles, 8 de abril de 2015

33. Veneno Blanco

Iquique, Región de Tarapacá, Chile.


Por tercera vez en la semana, los comandos del Grupo de Operaciones Policiales Especiales (GOPE) se disponían a allanar otra sucia y derruida guarida de narcotraficantes. Imprudentemente confiados por la cotidianeidad que estaban teniendo estas operaciones, y al mismo tiempo, angustiosamente concientes de que día por medio estaban apostando sus vidas, o al menos su integridad física, y que a uno de sus compañeros ya se le había acabado la suerte.
-          ¿Así que esto son los criminales internacionales más buscados por INTERPOL? – comentaba con sarcasmo el joven Cabo a su superior – los campalla estos no tienen pinta de haber viajado mucho…  El jefe del operativo optó por hacer caso omiso del comentario. Se estaba repitiendo cada vez más entre sus hombres. Los tenían cazando ratones. Alguien les había dado armas largas, pero eran sólo ratones.
Tenían órdenes de trabajar solos, al margen de la policía local. Les soltaban la rienda para caer por sorpresa donde sea... en algún momento se encontrarían esposando a uniformados corruptos. Para entonces, más vale que sus amigos de arriba fueran más poderosos que los amigos del arrestado, o él mismo se convertiría en la víctima del “caiga quien caiga”. De cualquier modo, tenía fe en que el General Director debía considerar necesaria toda esta limpieza y que no se trataba de sólo una mezquina pelea interna de la política. Esa confianza era una singular ventaja de un Carabinero respecto de cualquier policía latinoamericano. Tal vez un asunto de los que estarían discutiendo en las reuniones secretas del Consejo de Seguridad Nacional. Hacía tres meses les había tocado a ellos mismos la custodia de una de ellas. Se había enterado por sus camaradas oficiales de otras reuniones más. Algo se estaba cocinando.
-          Tengo movimiento en la puerta sur – informaba el observador del Equipo 2 – un masculino, encapuchado; trae una mochila y un paquete… – nuevamente el responsable de la operación sumía su atención en la transmisión – no… cruza la calle hacia el umbral del edificio de enfrente… tal vez no sea nada – finalizaba el reporte. Maldita tensión, maldita espera. El trabajo alejado del día a día en la calle le había hecho perder el hábito de la paciencia. Bebió de su cantimplora para despejarse.


Ameritaba una circunstancia ineludible para justificar el costo político, el despropósito táctico y el riesgo personal de usarlos para barrer con el Cártel de Iquique. Terminaban siendo un equipo harto grande y harto potente para la tarea. Veinticuatro comandos para levantar siete piojosos de la calle. Podía recuperar un 747 secuestrado en Pudahuel con semejante tropa. Un verdadero desperdicio. Cualquiera de estos cogoteros podía llevarse puesto a uno de sus hombres. Los AK-47 les daban esa mínima chance… Marcos tenía sólo 23 años… era su tercera misión. Cuando se acercó al umbral de la casa de su madre para anoticiarla de su deceso, hubiera deseado que una devastadora metralla atravesara la puerta hacia él como la había atravesado hacia Marcos, y lo dispensara del doloroso encuentro... Ya se había picado, carajo. Tenía sus órdenes. Iba a cumplirlas. Pásame la radio.
-          Dos ¿cuántos tenemos? – llamaba el Capitán del GOPE, hurgando por las ventanas mal tapiadas del añoso edificio abandonado, cruzando un baldío en la esquina opuesta al gran depósito que vigilaban.
-          Sin novedades, Capitán – respondía presto el observador del Equipo 2 – siete en total, dos en el vehículo de la puerta, tres en la oficina arriba, y dos más en algún lado.
Estos dos centinelas ambulantes podrían llegar a ser un problema. No podía calcular su posición. Le restaban precisión a su plan, y en su oficio, la imprecisión era un pecado mortal.
-          Equipo 4 – retomaba el transmisor – sobre el techo. Necesito ubicar esos dos vagabundos. 2, cúbranlos. 3, sobre los guardias de la puerta. Si algo se mueve quiero saberlo – su atención se apartó de la confirmación al entrar el Inspector de la Sección de Investigaciones Policiales acompañado de un extraño – ¿quién es este? – hizo patente su disgusto.
Iba de civil pero olía a servicios. Asuntos Internos tal vez. Había habido mucha sangre en las últimas semanas. Estaban extraditando a Colombia todo tipo de escoria bajo cargos de terrorismo y narcotráfico. Demasiados allanamientos, demasiados arrestos de fulanos que vivieron demasiado tranquilos por demasiado tiempo. Él no dudaría en cumplir con las Cédulas Rojas que llovían desde INTERPOL, pero sin duda alguien las estaba fabricando, y eso agitaría el nido de los escorpiones.


-          Este es el Mayor Gonzaga, del Ejército – replicaba el Inspector de la SIP, procurando menguar el temple intempestivo del oficial dirigiendo la operación – está aquí para asesorar en lo que sea necesario.
-          Entonces su presencia no va a ser necesaria hoy, Mayor – lo desdeñaba el comandante – tenemos suficiente experiencia atrapando narcos, en especial en estas últimas semanas…
-          No son narcos, comandante – retrucó el militar – son terroristas; agentes extranjeros o traidores a la patria. Tal vez no sea una distinción para la justicia civil, pero lo es para la justicia militar.
-          Esto no es una operación militar, Mayor – le aclaraba frente a frente – y no lo necesito aquí, así que puede retirarse.
-          Tal vez le convenga que lo sea, Capitán – le advertía – así que me quedaré ¿tienen café?
-          Atención. Tres a Base, tenemos movimiento – interrumpía el líder del Equipo 3.
-          ¿Quién demonios es este tipo? – le reprochaba el Capitán del GOPE al Inspector de la SIP antes de responder a la llamada; mierda de política ¿quién carajos le manda al Ejército a meter las narices? – Adelante tres, lo escucho.
-          Uno de los guardias cruzó hacia el umbral de enfrente, donde estaba el encapuchado. El tipo se descubrió y tiene serpientes tatuadas en la cabeza – quería ser cauteloso para no cagarla – ¿tal vez sea ese “Cuervo” que estamos buscando? – los oficiales a cargo del operativo cruzaron las miradas dubitativos.
-          ¡Que dispare! – intervino el Mayor del Ejército – ¡Dígale a sus tiradores que disparen! ¡Ya! – hacía tronar su voz marcial.
-          ¡Ya cállese, carajo! – resistía el Capitán – ¡Somos policías, que mierda! ¡No le voy a volar la cabeza a un tipo así como así! – el militar se retiraba desairado del lugar – ¡Tres! Necesito una confirmación visual – y ante la duda de su subordinado – ¡Ponga su maldito celular en la mira telescópica y mándeme una foto del sospechoso a mi WhatsApp!
Treinta segundos después, la foto del sospechoso aparecía en la pantalla del celular del Capitán. Justo a dos pasos de que el “cuervo” Almaraz ingresara en el depósito asediado. El Inspector de la SIP concordaba, tenían al número dos de la Brigada Bolivariana en sus manos. Esto podía ser grande. Muy grande.
-          ¡Capitán! – los interrumpía el Cabo a su lado – ¡el milico ese se está mandando solo a encarar al guardia que queda!
-          ¡Hijo de mil putas! – gruñía el Capitán empuñando el transmisor – ¡Atención todos! ¡Listos para entrar a mi orden! Tres, cubran al masculino que se acerca a la puerta sur, es de los nuestros – la precisión se le había ido al carajo…


El Mayor Gonzaga desenfundó su Glock 18 y atinó tres disparos a quemarropa sobre el pecho del guardia. Cuando el estruendo llegó a las terrazas, los francotiradores del Equipo 2 tomaron sus marcas y los tres sospechosos en la oficina cayeron heridos casi simultáneamente. La mitad de los sospechosos había caído en los primeros 10 segundos del enfrentamiento.

Los dos oficiales entraron a la zaga del equipo táctico, el Capitán del GOPE hacia abajo, tras los pasos del “cuervo” Almaraz, y el Inspector de la SIP hacia la evidencia en la oficina del primer piso.
-          ¡No lo haga! – le gritó el Mayor Gonzaga al Inspector, que se proponía sentir el sabor en la boca de la blanca sustancia, usando esa misteriosa habilidad policial de catación de narcóticos que no llama tanto la atención como debiera – Es veneno.
El investigador inicialmente sonrió ante el sarcasmo con inocencia, pero las facciones pétreas del militar lo hicieron dudar.
-          Mortal, con dos o tres dosis – continuaba explicándose, ante la suspicacia del veterano policía – No son narcotraficantes Inspector , son terroristas…
Un comando informó al Inspector que abajo habían encontrado a su sospechoso más buscado. Cuestión de códigos. Un arresto con un gran potencial mediático le correspondía por ser el oficial de mayor rango.
-          Espere, Inspector , escúcheme – se interponía el militar en su salida – No puede bajar ahí. Va a matarlo. Si puede, va a matarlos a todos – le arrebataba la radio y la ponía frente a su rostro –  Dígale a sus hombres que disparen. Sólo acábelo.


El “cuervo” estaba rodeado, atrapado en una habitación del subsuelo. Un laboratorio. Los precursores y aditivos desparramados entre bidones, mesas y jarros agujereados por las balas. Estaba herido. Nuevamente el paréntesis del trágico final, donde se debe convencer al idiota de no inmolarse. Ahí estaba la sangre y estaba la droga, los infaltables condimentos de la desgracia. La escena se repetía en la mente del Capitán. Casi ya no concebía una sin la otra. Droga y sangre, sangre y droga… y Marcos… maldita droga.
La explosión sacudió los cimientos del depósito, que se derrumbó casi completamente.