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martes, 9 de diciembre de 2014

28. Lealtad

Country Club Nordelta, Provincia de Buenos Aires, Argentina


La fresca brisa mecía los pinos del jardín, vistiendo con su susurro el silencio de la plácida noche de verano. Después de compartir el asado, los tres comensales satisfechos se reclinaban bajo el cielo despejado, salpicado de estrellas, a disfrutar del Syrah sanjuanino que la ingeniera había aportado como atención, al íntimo festejo de cumpleaños del padre de Alonso. Presentarle a Agustina era una manera de volver a tender un puente entre ambos, y en última instancia, agradecerle sin tener que agradecerle, por convencerlo de meterse en el Grupo Fénix. De alguna manera, había resultado bien. El proyecto tenía más roscas y aristas de las que esperaba, pero lo había mantenido activo y despejado. Gracias a ello, él reconocía que hoy tenía una rutina y un aspecto mucho más normal. Fumaba menos, bebía menos, se afeitaba y salía de su cama todos los días. Se había hecho una nueva amiga…
De todos modos, no quería descuidarse demasiado. Estaba claro que la charla de la sobremesa prometía ser menos intrascendente que la de la cena. Los rituales de la casa, la familia, la parrilla, la torta y el vino invitaban a sentirse en confianza, y ni su amiga ni su padre tenían pelos en la lengua.
-          Así que… me alegro que se lleven bien… – se decidía a entrar en tema el anfitrión, usando como aviso un brindis de alevosía – ¿genera rumores eso, o ya la cosa es menos retrógrada que en mi época? – Gustavo intentaba minimizar el atrevimiento.
-          No creo que haya cambiado tanto – sonreía Agustina con complicidad – de hecho el rumor es que nos acostamos.
Padre e hijo quedaron enmudecidos. “Wow, no lo sabía ¿porqué le sonreís así a mi viejo?” se atragantaba Gustavo. “Jeje, me cae bien esta piba… linda piba.” la miraba su padre de forma libidinosa.
-          Le confieso José, que la idea en principio fue mía – continuaba su jugueteo insinuante – pero él también aportó lo suyo, cuando nos encontraron abrazados encerrados en un baño – lo hacía sonar mucho más idílico de lo que había sido.
A pesar de su incomodidad, Gustavo se encontró con que no se atrevía a aclarar que el rumor sería simplemente un rumor, y que él no había siquiera oído nada parecido. En especial tratándose de ella, que se mostraba tan reservada con los demás. Él se había contenido particularmente de ahondar en su vida privada. Había algo ahí, en su corazón, una herida, o algo que faltaba, una tristeza, un dolor. No se había atrevido a tentarla. Quizás por primera vez ahora se permitía sonreírle a la idea de tener un “algo” con Agustina.


-          Muy bien – terminaba de reírse el viejo – tengo que preguntarte algo, en confianza – le anunciaba a su hijo – pero se trata de una propuesta que le puede interesar a ambos – a un tipo tan conectado, la postura inocente le sentaba un tanto inverosímil.
-          ¡Basta! ¡Pará! – lo censuraba su hijo – No quiero quilombos ¿Puede ser que no la dejes pasar ni el día de tu cumpleaños?
-          Hace un par de semanas me encaró el cordobés de los motores – hacía caso omiso a su caprichito – ¿Te acordás, con el que fuimos a ver la carrera en Río Hondo? Me comentó que estaría necesitando una “asesoría técnica” para presentarse en los concursos públicos del Ministerio… al parecer tuvo algunos inconvenientes con sus ofertas previas…
-          No es necesario ponerse en misteriosos, sé de quién están hablando – los desdeñaba la ingeniera – fabricó los motores para nuestros drones clase I – los más pequeños – se quedó afuera de los clase II – los medianos – y evidentemente ahora quiere hacerse con el negocio de los más grandes – parecía bastante informada para alguien que se dedicaba a los cohetes.
-          Como sea. Ninguno de nosotros tiene la “pericia técnica” para “asesorarlo” – insistía Gustavo con sarcasmo – ni está en el “comité evaluador” de los “concursos públicos”. Así que podés guardarte tu chanchullo.
-          ¿Me estás jodiendo? – lo encaraba Agustina – vos como Enlace Civil tenés que dar tu no-objeción a las contrataciones… sin tu no-objeción no hay contrato – él la miraba descolocado. ¡Sonreía la guacha! ¿Estás en pedo o sos tarada?
-          Sólo necesita tener una idea más clara de los parámetros técnicos del proyecto – le suavizaba José la propuesta, eligiendo cada palabra de manera cuidadosa – para poder adecuar mejor su propuesta a la funcionalidad general del prototipo.
-          Es un tipo peligroso tu viejo – era irreconocible con dos vasos de vino encima – ¿seguro que me vas a dejar durmiendo acá con él?
Sintió la presión de ambos observándolo. “Si, seguro podés quedarte en la casa; sobran cuartos” o en el departamento… yo… duermo en el sillón… no hay historia… Lo había postergado demasiado. Esto se estaba poniendo demasiado bizarro.
-          ¡Dejate de boludeces vos! – la reprendía – ¿Qué querés? ¿Llegar más lejos “acostándote" también con él?
-          ¿Por qué no te callás la boca, pedazo de forro? – le retrucaba ella sin reír – ¿O vos llegaste donde estás por tu talento?
Touché. El ambiente plácido y jovial se había amargado. Agustina y Gustavo no se conocían mucho, pero al parecer sí lo suficiente para darse puñaladas arteras donde sabían que dolía. Estas chiquilinadas estaban desviando el eje de la conversación.
-          Paren un poco… paren… tranquilicémonos… nadie se va a acostar con nadie… – mucho me temo, procuremos retomar el asunto dejando de lado los enredos de pareja – la cuestión acá es otra: acá hay información… hay un interesado en esa información… ustedes tienen acceso a esa información… y hay buena guita de por medio…
-          La información es secreta – lo cortaba en seco su hijo – es espionaje.
-          No, no, no – buscaba él minimizar la cuestión – ¡Si el tipo es recontra argentino! Un tipo de confianza, conocido…
-          No seas pendejo, Gustavo – lo denostaba sin siquiera mirarlo – todo se consigue en algún mostrador.
-          ¡Me cago en el mostrador! – estalló el responsable del Grupo Fénix – ¡Me cago en vos, y tus putas matufias! – le espetaba a su padre, que lucía inconmovido – ¡y en vos también! – se dirigía a ella, dolido de desilusión – no tenés un puta idea de con quién estás hablando… ¡Nunca! ¡En tu puta vida! Vuelvas a mencionarme algo así… zorra de mierda – se le escapó.
La ingeniera Huergo se levantó en silencio, y se dirigió a la salida, manotenado de pasada su cartera y su abrigo. El anfitrión miraba a su hijo con resignación.  Cuándo vas a aprender… los negocios son los negocios, y las personas, personas.
-          Andá a buscarla, pelotudo… – le aconsejó como padre – no se va a ir del country caminando…

Al salir de la casa tras sus pasos, Gustavo descubrió que entraba por la puerta trasera de un imponente sedán con vidrios polarizados. Se dirigió dubitativo hacia el vehículo. Por la ventanilla delantera abierta, asomaba en el asiento del acompañante un hombre corpulento. Junto a él, había otro hombre de traje conduciendo. Al acercase, pudo notar el cable del auricular en su oído.
-          ¿Quiénes son ustedes? – les preguntaba desconcertado.
-          Preste atención, Alonso… el Comodoro Piñeiro lo recibirá en la base de Merlo – lo notificaba con tono marcial – y en cuanto a su padre… es un hombre de edad… ya es tiempo que se retire – los ojos del hombre estaban vacíos, no movía las manos ni gesticulaba – en Montevideo, o Punta del Este… asegúrese que sea esta semana.
-          ¡Ey! No se quienes se creen que son – se envalentonó indignado, pero el agente descendió del vehículo y dos segundos después tenía una pistola a cinco centímetros de su frente. José Alonso presenciaba petrificado la escena desde la puerta.
-          Esta semana.
  

miércoles, 3 de diciembre de 2014

27. Cuentagotas

Fiscalía General de Investigaciones Administrativas, Buenos Aires, Argentina.



A media mañana ya estaba agotada. Durante la madrugada, no había podido pasar ni medio café con leche, rumiando su ansiedad sola, en la penumbra de su cocina, mucho antes que se levantaran Germán y los chicos. Había huido con su bolso lleno de papeles ni bien el ruido lejano del despertador la amenazara con que su momento de sopor autoindulgente se interrumpiría de manera inminente. Llegó al aeropuerto de Neuquén dos horas antes del horario de embarque, con una anticipación más que generosa para una terminal que atendía tan solo dos vuelos de cabotaje por día. Odiaba Buenos Aires. Tendría que haber viajado en ómnibus, de manera de apaciguarse mirando las pampas por la ventana. Qué lugar hacinado, hediondo, nauseabundo…
La Capital contagiaba su vorágine, incluso a los menos habituados. Al bajar del taxi en pleno barrio de Once, pisó mal y se torció el tobillo. Las carpetas de copias del expediente resbalaron hacia la vereda, mojada por esa llovizna intermitente que persistía sobre la ciudad desde hacía diez días. El niño que mendigaba el cambio sosteniéndole caballerosamente la puerta, inventariaba ávidamente con la mirada los contenidos desparramados de su cartera. Un ejecutivo ensimismado en su conversación telefónica pasó por encima de ella como si fuera una pila de escombros para zambullirse en el taxi. Odiaba Buenos Aires. ¿Cómo es posible que Dios atienda en este infierno de gente egoísta, brutal e indiferente?


-          Estuve leyendo sus informes Dra. Alberti, su progreso ha sido asombroso – la recibía en su despacho el veterano Fiscal General, con un tono de profesor decimonónico tan neutro que no dejaba en claro si realmente se encontraba satisfecho por ello.
-          Yo estoy tan asombrada como usted, Doctor, de ahí mi preocupación – tomó coraje para decir lo que había viajado 1200 kilómetros para decir – creo que alguien nos está alimentando la información; llevando la causa de las narices.
Se detuvo esperando su reacción, pero su jefe se mantuvo en silencio, apretando el labio, como obligándose a pensar mil veces cada palabra antes de pronunciarla. Era de piedra o no estaba sorprendido. ¡Dale, decilo de una vez! Sabía que la respuesta iba a estar acá. ¡Hablá, carajo, de una vez! ¡Ah! La gran… me hizo saltar. Te salvó la campana. Sí, por favor doctor, atienda nomás. ¿Hablá en código? No se preocupe, no lo escucho. Me hago la distraída y todo. Eso fue breve. ¿Y?
-          ¿Usted no toma café, no? – dio por sentado el Fiscal, ya de espaldas y en lento camino a la puerta – Voy a decirle a Irene que me prepare uno y ya estoy con usted – manoteó su impermeable, su sombrero, su bastón y abandonó el despacho.
Me estás jodiendo… Se quedó sola, sentada. Todos sabían menos ella. Viejode… La estaban usando. Esto no estaba bien. No lo quería. No se lo había buscado. Vaca Muerta era el quilombo más grande de la historia de la Provincia y tal vez uno de los más grandes de la historia de Argentina, un país que de por sí tenía su largo prontuario de quilombos. Por esas putas jodas del destino había caído en sus faldas. Tenía que fumárselo… o dar un portazo. Qué mala leche carajo…
-          ¡Doctora Montejano! – se incorporó de un respingo al ver entrar a la Procuradora General de la Nación, la jefa de todos los fiscales del Estado – el Doctor Núñez tuvo que salir un instante – se excusaba nerviosa ante su presencia, la Procuradora tenía notoria fama de ser una leona con los propios y una hiena con los ajenos – si quiere puedo pedirle a Irene que lo localice, a su secretaria que lo localice, si quiere, a la secretaria de él – estúpida, estúpida ¡estúpida!
-          No me salude Dra. Alberti, todavía no decido si estoy aquí – se acomodaba en el escritorio como si fuera el propio – siéntese y tranquilícese, no vengo a verlo a él – por supuesto, la aclaración lograba el efecto totalmente contrario – la escucho.


-          Si, claro… mhm – se aclaraba la garganta seca, volviendo a sentir el dolor en el tobillo torcido – Principalmente estamos trabajando sobre la línea de investigación oficial, que son las irregularidades en las compras y contrataciones de YPF en Vaca Muerta, limitado solamente a lo que tenga que ver con las perforaciones y los pozos – arrancaba su exposición por lo obvio, dando a entender además, que conocía los límites que la política imponía a su jurisdicción – ahí puede estar el meollo de la cuestión porque alguna deficiencia en los materiales o los procedimientos fue lo que originó el desastre… – su interlocutora la observaba con severidad, amedrentándola – por ese lado, todo apunta a unos tubos de la proveedora local Petro-Ingeniería, que ya sabemos quiénes son… – cediendo a la tensión, se llamó prudentemente al silencio.
-          ¿Qué desastre? – con un gesto inquisidor, la Procuradora se reclinó hacia delante sobre el escritorio. Uuuuy, no… Está metida…. La puta madre… Se viene la noche… – ¿te preocupa la contaminación? ¿los indios? ¿el agua te preocupa? ¿el desierto? – la increpaba inclemente – Olvidate de eso… se lo mando a la UFIMA – la Fiscalía para delitos contra el medio ambiente – ellos le ponen un número a los daños, lo arreglamos con el Gobernador y listo.
-          Si… bueno… – intentaba deslizar la Fiscal – “el número” tiene que tener algún responsable.
-          ¿Te preocupa el responsable? – volvía a la carga la Procuradora General con sobreactuada indiferencia – ¿Hasta dónde va a rebotar? ¡Olvidate! Están hasta las manos… todos. Tiramos esto; los prendemos fuego a todos. No hay vuelta que darle.
-          No... está bien, eso me queda claro – se defendía – pero alguien me está tirando con carpetazos para que los incendie…
-          ¡Ése es tu culpable! – la señalaba la funcionaria con avidez – Ese “alguien” es el que armó todo esto – volvía a recostarse, con aire de satisfacción, en la cómoda silla del Fiscal General – ¡y te digo más! – sonreía – ese “alguien” no tiene una puta idea de cómo funciona la Justicia en Argentina.
La Dra. Alberti meneaba la cabeza confundida, sobrepasada, resignada, frustrada. Por más que se resistiera, su cerebro seguía hilando varios cabos en simultáneo. El responsable. Olvidate. El desierto. Tu culpable. Ese alguien. Petro-Ingeniería. La morgue. El disparo.
-          También tengo un muerto – volvía en sí – era la pieza clave para desentrañar todo el armado – esta vez la Procuradora la dejaba explayarse – la compra de los tubos tiene su gancho… tenía acceso a todos los documentos… vivía muy por sobre sus medios… su secretaria también desapareció… fue al que le volaron la cabeza en el asunto ese del videito del pozo… fue el primero de todos… – algunos de los cuales ella conocía. Se llevó la mano al rostro y el pelo, apesadumbrada.


-          Milagros – la Fiscal se sorprendió de que conociera su nombre de pila y la llamara por él – esto no es acerca de vos, ni de mi, ni de nadie – se arrimó para contenerla – este asunto volteó los directorios de las dos empresas más importantes de acá y de Brasil… y eso a su vez sacudió a varios Ministros del Gabinete, de acá y de Brasil, y puso en jaque a dos presidentes.
Milagros la escuchaba con suma atención, a esa altura dispuesta a creer lo que sea que le dijera. Su voz tenía un efecto hipnótico.
-          Yo sé que varias veces escuchaste que cuando salta un escándalo de corrupción, es que hay una “conspiración internacional tratando de voltear al gobierno” – se atajaba la sagaz funcionaria con un dejo de ironía. A ambas se les escapó una sonrisa – Pero en serio, nos están alimentando la investigación porque esperan que hagamos lo que quieren que hagamos…
-          Tenemos que salirnos de esa – sentía resurgir sus fuerzas a medida que la indignación se apoderaba de todo.
Comprendía finalmente la línea, aunque no todas sus implicancias. No le importaba. Se había conectado con su bronca. Se reconocía a sí misma. No le sentaba bien ser parte del paisaje. Como fiscal, era una locomotora cuando encontraba su Norte. Lo necesitaba.
-          La justicia argentina nunca fue famosa por ser expeditiva – la reafirmaba la Procuradora – yo me encargo de la presión. Ahora nos sacamos una foto juntas y la hago circular. Mientras tanto, tené todo armado para cuando yo te diga, pero por ahora, esto se filtra a la prensa con cuentagotas.
Si bien su subordinada asentía visiblemente más tranquila, la Procuradora la notaba dispersa y no dejaba de buscarle la mirada para enfatizar aún más su instrucción.
-          Con cuentagotas, Milagros, con cuentagotas.


lunes, 20 de octubre de 2014

22. Actividades Espaciales

Base de Lanzamiento Puerto Belgrano, Provincia de Buenos Aires, Argentina



Aunque el enorme cohete Tronador II se llevara la atención de todos, dentro del Centro de Control, Gustavo no podía quitar la mirada de la Comandante de la Misión, la Ingeniera Agustina Huergo, con su lacio pelo negro azabache, prolijamente corto y recogido, los discretos anteojos de lectura, el tailleur gris impecable, todavía abotonado. Parecía estar monitoreando todas las pantallas al mismo tiempo, espiando con ojos de águila por sobre el hombro de la veintena de controladores del equipo de tierra. Debía hacer tres horas que no se sentaba ni paraba de pedir reportes desde el pequeño micrófono de sus auriculares. Era una máquina. Precisa, ordenada, persistente, eficiente. Había que ser ingeniero para encontrarle su atractivo, pero tenía lo suyo.
Pudo notar varias veces que ella lo miraba fugazmente, ahí sentado en un rincón, buscando no incomodar o intrometerse. Luego de un par de saludos a la distancia, alevosamente no correspondidos por ella, había dejado de insistir. Después de todo, nadie lo había invitado al lanzamiento y claramente nadie le dio la bienvenida. Pero se trataba de un evento que atraía mucha atención de la gente y los medios, de manera que no pensaba perdérselo. Aunque más no fuera, haciendo valer por su cargo de Enlace Civil del Grupo Fénix, el ticket de entrada para el peor asiento de la mejor platea para ver el espectáculo.
En el Centro habían estallado ya cuatro veces los aplausos, al despegar y con la separación de cada módulo de propulsión. Llegado el quinto hito de la misión, la euforia triunfal se había diluido en plácida satisfacción. Cuando se quitaran la carga de encima, ya no sería más su problema. Funcionaran o no esos satélites de estructura segmentada, ellos habían demostrado que podían ponerlos en órbita.


El espectáculo era menos cinematográfico ahora que al lanzamiento, pero igual Alonso lo disfrutaba relajado. Los cuatro objetos se mostraban en la pantalla principal como puntos que se alejaban de la curva de ascenso del propulsor. Tres eran los microsatélites ¿qué sería el cuarto? A medida que la Estación Terrena Benavídez iba conectándolos, la línea que unía cada uno con una lista de datos ininteligible cambiaba su color de blanco a verde claro. “-1- online”, dos online, ok… y tres, perfecto. ¿Cuatro? ¿Cómo cuatro? Eran tres. Se había estudiado todo el maldito paper del proyecto. Estaba seguro que eran tres. Pero miraba a su alrededor y nadie parecía sorprendido. Evidentemente, le seguían tirando basura técnica desactualizada para mantenerlo ocupado, aburrido y al margen. Estaba enojado y eso lo hacía sentirse incómodo, pero en este caso podía serle útil. No tenía ni el estilo ni la práctica de imponerse ante los otros. Mucho menos en público… aunque tampoco en privado… como sea.
Se levantó tomando aire y comenzó a pasearse por entre las terminales. Ya no había mucho que ver. Lo mejor del show había pasado. Como realmente no hubiera podido siquiera disimular una conversación sobre lo que veía en las pantallas, iba estrechando alguna que otra mano, presentándose y felicitando sobriamente a quien le dirigiera la mirada. Si, no me vean así; yo tampoco sé a qué vengo.
-          Comandante – llegó finalmente hasta ella – si me permite unos minutos – la invitaba a salir de allí.
-          Si, claro – le respondió con marcada apatía – "Ado", tengo que ir al baño – se excusó con su adjunto, el Capitán Sifredi.
Ella caminaba por delante, decidida e imperturbable. Alonso le iba a la zaga, pretendiendo aún aparecer como quien marca los tantos. Al llegar a los sanitarios de damas, ella abrió la puerta y le indicó sin rodeos: “Entre”. Un tanto desconcertado, Gustavo obedeció. Esta mujer sabía encontrar un campo favorable para presentar batalla. La ingeniera empujó las puertas de las seis cabinas de retretes para asegurarse que no hubiera nadie allí. Luego volvió a la puerta de entrada, la trabó y se volvió hacia él expectante.
-          ¡La documentación que me envían es pura basura! – arrancó Gustavo sin rodeos, buscando recuperar el valor y la iniciativa.
-          Entienda esto Alonso – lucía ella más conciliadora de lo que esperaba – la documentación es la correcta; 100% correcta.


Él no daba el brazo a torcer, repitiendo la obviedad del número de satélites y aprovechando la oportunidad para incluir infinidad de nimiedades de maltrato que hubieran sonado caprichosas si no fuera porque habían sido mayormente hechas adrede.
-          Alonso ¡escúcheme! – lo interrumpía – No me está escuchando. La documentación es la correcta. Se lanzaron tres satélites; y le digo más, uno de ellos no va a funcionar, de manera que le quedan dos, sin enlace, así que en 45 días estamos lanzando de nuevo. Una misión improvisada, si se quiere. Que tampoco va a tener cuatro satélites, sino dos, que es todo lo que hay supuestamente. ¿Toda una exclusiva, no es cierto? No se vaya a olvidar de lucir sorprendido en el momento.
-          Pará, pará… si conectaron todos ¿de qué carajo estás hablando? – la sorpresa le había hecho olvidar el protocolo.
Agustina se apoyó sobre la mesada de los lavatorios y suspiró, frotándose los ojos y la marca escarlata de sus lentes junto a ellos. El armazón era un modelo francés superliviano que se había traído específicamente para estos momentos, pero también le pesaban como grilletes. Estaba cansada, muy cansada. No te van a decir nada. La misma historia que con ella. ¿Cuántos años la habían boludeado? Milicos de mierda. Estás en el equipo o no estás en el equipo. Estaba tan cansada…
-          Agustina – se atrevió a tomarla del brazo – ¿estás bien? Estás muy pálida ¿te sentís bien? Uylap… – llegó a tomarla antes que se desvaneciera, pero apenas podía mantenerse en pie. Hipoglucemia, lipotimia, vaya uno a saber, estaba recontra pasada de vueltas – ¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Ayuda! – gritó, y pronto ese alguien forcejeaba en el picaporte de la puerta. Recién entonces comenzó a preocuparle cómo iba a hacer para explicar esto…


domingo, 5 de octubre de 2014

20. Butalmapú

Vaca Muerta, Provincia del Neuquén, Argentina


La imagen del joven toqui Alex Lemun Lientur con su tradicional poncho, la vincha ritual sobre su rostro indignado, un hacha de piedra y una antorcha en sus manos, se repetiría una y otra vez en los televisores de los argentinos durante semanas. Las cadenas informativas internacionales pronto harían eco de la parte menos impresionante para explicar la génesis de la revolución mapuche en la Patagonia argentina. La cruda escena completa sin editar se viralizaría en las redes sociales, al punto de convertir al guerrero nativo en el renovado ícono de las luchas indigenistas latinoamericanas.
Sus últimas palabras en mapudungun “Quieren asesinar nuestra tierra, quieren asesinarnos” podían encontrarse subtituladas en todos los idiomas. El joven se alejaba luego hacia la boca del pozo y antes de poder arrojar la antorcha hacia él, una lengua de fuego emergía debajo de sus pies y lo envolvía. Las llamas, como un verdugo endemoniado, lo retorcían torturándolo hasta consumir el último hálito de vida de su cuerpo. Los más temerarios trataban en vano de acercarse. Las terribles fauces ígneas de TrenTren Vilu se proyectaban en todas las direcciones, serpenteando en el aire y reptando por sobre los arbustos, que se encendían a su paso y ardían formando la humareda densa y pestilente de un infierno liberando el sulfuro maldito de sus entrañas.
La pequeña videocámara temblaba en las manos de la muchacha, saltando de aquí para allá para registrar los alaridos guturales y las maldiciones de unos que tronaban sobre las plegarias y llantos de otros. Hubo un momento de parálisis y duda cuando las camionetas de YPF emergieron sobre la lomada a gran velocidad. El grupo se resistía a dejar atrás a su hermano que había sido devorado por la avaricia de la corporación. Sobrecogidos por la conmoción de la dantesca escena, no reaccionaron como habían planeado. Sus rostros eran de víctimas, no de culpables.
De las camionetas bajaron hombres del equipo de emergencias, terminando de ajustarse sus máscaras y trajes protectores. Otros del equipo de seguridad llevaban armas largas automáticas y caminaban directamente hacia ellos. Cuatro contra medio centenar; pero avanzaban con paso firme, dispuestos a cargárselos a todos si fuera necesario. El primer disparo provino del lado mapuche. La cabeza del líder del equipo de reacción estalló en pedazos por el impacto y su cuerpo tardó unos interminables segundos en desplomarse inerte. La videocámara llegó a voltearse y enfocar apenas por un segundo a la machi, rodilla en el suelo, abriendo fuego por segunda vez con su larga escopeta de caza de doble caño. Luego la imagen continuaba sacudiéndose mientras emprendía corriendo la huída. Lo único distinguible del resto de la filmación era el estruendo de las ráfagas automáticas desatando el caos.


Así comenzó la matanza real y mediática. El derramamiento de sangre continuaría durante semanas, involucrando todos los efectivos de las “Policías Desbordadas” de las provincias del Neuquén y Río Negro, para contener la “Brutal Ola de Protestas” que repercutiría en todas las ciudades del país. En cada pueblo y ciudad de la región se celebró al menos un ngillatún público por el intrépido “Lonco Mártir”. En muchos casos, la ceremonia también incluía el funeral de uno o más “Hermanos Revolucionarios Caídos en la Lucha”. La Gendarmería Nacional fue inmediatamente movilizada para dar apoyo a las autoridades locales, pero estos mismos “Políticos Cómplices de la Corrupción” se veían acosados al tiempo por periodistas y fiscales que buscaban ponerle nombres y rostros a los culpables de la catástrofe. Sorprendentemente, los “Documentos Comprometedores” no habían tardado nada en ser encontrados. Copias de legajos cuidadosamente compilados aparecían anónimamente en las redacciones y los juzgados. Alguien de adentro estaba entregándolos a todos en bandeja, y todos eran culpables de algo.
Carabineros de Chile dispondría el “Cierre de la Frontera por Razones de Seguridad” en todos los pasos fronterizos entre el Maule y Palena. El gobierno de Santiago culpaba públicamente a unos indefinidos “Agitadores Extranjeros” por promover el “Resurgimiento de los Disturbios Secesionistas” en las regiones de BíoBío, Araucanía y Los Lagos. La repudiada Ley Antiterrorista de la dictadura, ahora se veía reivindicada por una euforia del chauvinismo nacionalista “Muy Mal los Argentinos” y por una dudosa asociación era aplicada de manera sumaria a notorios líderes locales de la Coordinadora Arauco-Mallenco.


Los eventos se concatenaban en todos los frentes y “El Gobierno Argentino en Offside” caía en un pozo inesperado y sin certezas de su profundidad o planes de contingencia para la contención de daños, tanto en el ámbito interno como en la arena internacional.
Las exportaciones agrícolas del Alto Valle perderían sus privilegios de acceso a los mercados europeos por temor a la contaminación de las napas acuíferas. “Take Back Your Fracking Fruits” demandaba un diario sensacionalista londinense antes de cualquier confirmación, luego que en el análisis bromatológico preliminar de un cargamento de peras y manzanas arribado al puerto de Rótterdam se detectaran indicios de químicos tóxicos utilizados en el proceso de fracking.
En la reunión de la UNASUR de Tarija, las deterioradas relaciones de Bolivia con Argentina y Chile tocaban un piso histórico en el momento en que el Presidente boliviano expresaba públicamente su apoyo a las “Reivindicaciones Autonómicas de los Pueblos Originarios” de la Patagonia. Luego que el surgimiento de Vaca Muerta desplomara el precio de su principal producto de exportación, la debacle del proyecto era la mejor noticia del año para la economía del Altiplano, y debían asegurarse que nunca volviera a renacer. El Paraguay tomaría este caso de “Genocidio Ambiental” como evidencia para fortalecer su demanda en La Haya para que Argentina desistiera de la construcción de su nueva central nuclear en el margen del Río Bermejo. Ante la “Sorpresiva Ausencia de Brasil en la Cumbre”, el bloque rápidamente perdía cohesión y dejaba impudorosamente expuestas sus grietas.


Pero el gobierno de Brasilia tenía sus propios conflictos con el “Affaire Vaca Muerta”. El Directorio en pleno del Banco Nacional de Desarrollo había puesto su renuncia a disposición de la Presidenta. El súbito desplome del valor actual del proyecto de Vaca Muerta, el aumento astronómico de sus pasivos contingentes por el daño ambiental y la necesidad de revisión de todos los procedimientos implementados pulverizaban la tasa de retorno y capacidad de repago de los créditos. Si el daño se había expandido tanto como se calculaba, ni la entrega llave-en-mano de la empresa y sus reservas tendría un saldo positivo. Al parecer, “YPF: Regalada es Cara”.
De la misma forma que la corrupción argentina históricamente había hecho desaparecer miles de millones en préstamos blandos del FMI, el BID o el Banco Mundial, ahora desintegraba diez mil quinientos millones de dólares del pueblo brasilero. El BNDES recibía “El Peor Golpe Financiero en su Historia”, y ni siquiera por subsidiar un proyecto nacional, sino por “Una Aventura Diplomática Descabellada” que tenía la firma y sello de un gobierno que había llegado al poder esgrimiendo las banderas ecologistas. La oposición en el parlamento comenzaba a congregar voluntades para impulsar juicios políticos.


Por primera vez en más de tres lustros, el Congreso Argentino reunía quórum para validar la declaración del “Estado de Sitio en la Zona de Catástrofe”. En la misma sesión extraordinaria se impulsaría la aprobación de la “Intervención Federal Inmediata” de las provincias del Neuquén y Río Negro. Habían pasado sólo 30 días de la turbulenta muerte del toqui Lientur. Luego de casi un siglo y medio, otra vez a “La Conquista del Desierto”. Casi la totalidad de los efectivos de la 6ta Brigada de Montaña se desplegaría desarticuladamente en los accesos a las ciudades, a lo largo de las rutas y en las instalaciones petroleras, a fin de detener los atentados y restablecer el orden público.
Para cuando lo lograsen, ya no habría mucho que resguardar.

viernes, 12 de septiembre de 2014

17. Cabo Suelto

Edificio Libertador. Buenos Aires, Argentina.


El Ministro de Defensa argentino caminaba satisfecho por el lúgubre túnel que conecta la Casa Rosada con el Edificio Libertador, sede de su cartera ministerial. El presidente le había dado el visto bueno a la designación del enlace civil del Grupo Fénix, como un tema secundario en la larga lista de tareas pendientes que le había encomendado para la “reestructuración funcional” de las fuerzas armadas. El término reestructuración en realidad, era demasiado generoso teniendo en cuenta el calamitoso estado de las fuerzas. Más adecuadamente, lo que debía hacer con el anticuado material calificaba mejor de “restauración”, y respecto de su vapuleado potencial humano, de “rehabilitación”.
Gracias a una articulación con los más variados programas de distintos ministerios, se habían ido consiguiendo fondos para reactivar el sector de fabricaciones militares locales. Aún sin grandes adquisiciones que mostrar a la prensa, de a poco se habían ido subsidiado fábricas y talleres nacionales para realizar la puesta a punto y alistamiento de lo que todavía resultaba rescatable. Estas maniobras de bajo perfil, aunque imperceptibles desde afuera, habían resultado tremendamente transformadoras de puertas adentro. Un par de talleres textiles en Salta estaban haciendo uniformes, otros de la zona de Villa Constitución moldeaban piezas nuevas de todo tipo, de fábricas en el conurbano bonaerense salían las cubiertas y correas para los vehículos, y las baterías y filtros para los motores de los alrededores de Córdoba. Comidas, pintura, bombillas, pilas, calefacción, traslados... pequeñas cosas que hacen la diferencia.
Jorge sentía cierto orgullo por todo lo que estaba logrando. Ningún medio le iba a hacer una nota por ello, pero estaba seguro que los soldados estarían ocupados y contentos de ver el cambio en el día a día. De a poco iba a torcer la resistencia inicial del cuerpo de oficiales superiores a su nombramiento. Había tenido que desarmar varios negociados en las tres armas antes de conseguir cualquier incremento de las disponibilidades de combustible para maniobras. Pero había funcionado. Sin escándalos, con discretos pases a retiro prematuros de varios coroneles, había funcionado. El próximo paso eran las “Pruebas de Tiro”, un aumento de la disponibilidad de munición enmascarada en necesidades de las fuerzas policiales que financiaría el Ministerio del Interior. Con la fábrica de Villa María trabajando a doble turno, en menos de un año rellenarían el parque completo con pólvora nueva, incluso la munición pesada. Todo sin aumentar ni un décimo de punto el controversial presupuesto de Defensa. Un milagro. Solo unos años atrás, hubiese sido impensable.


Al final del túnel, dos infantes de guardia se cuadraron exageradamente para saludarlo de acuerdo al protocolo. Estaba convencido que el único propósito práctico de esos dos “centinelas de pasillo” era recordarle a los funcionarios que estaban adentrándose en un mundo aparte, con sus propias reglas y código de valores. Los ecos de los zapatos de suela resonando en los interminables pasillos de doble altura, el monótono centenar de alargadas puertas de madera identificadas con impecables chapas de bronce, las columnas y techos de estilo Beaux-Arts, todo enmarcaba un mundo serio, sólido, simétrico, noble, formal, conservador y estructurado. En especial la decoración del despacho del Ministro de Defensa, en contraste con cualquier otra oficina administrativa, poseía un halo de sobriedad marcial que lo ubicaba claramente fuera de la órbita civil.
El Jefe del Estado Mayor Conjunto se presentó en su despacho exactamente a la hora indicada, portando el mismo gesto hosco que vestía cada mañana. Atravesó la recepción en silencio y con paso decidido, haciendo caso omiso a las secretarias que se ponían de pie para darle los buenos días. Como correspondía, esperaba ser atendido exactamente a la hora que había sido convocado.
-          Buenos días, Señor Ministro – comenzaba la reunión, con la usual falta de afabilidad que las caracterizaba. Un “buen día, Jorge ¿qué tal el fin de semana?” de estilo en todas las demás reparticiones que recorría, hubiese representado un cambio notable en la relación entre ambos.
-          Buenos días, Comandante – le correspondió su fórmula, acompañándola con una sonrisa y un ademán de camaradería, mientras le entregaba algunas carpetas – El presidente ha autorizado las órdenes de las PdT.
El Ministro se desenvolvía casualmente, pero en el fondo, ya había repasado la escena varias veces en su mente. Aún no se sentía para nada seguro encabezando ese despacho y sentía que nadie estaba haciendo ni un mínimo esfuerzo para amenizar su adaptación, en especial este parco veterano con el que debía lidiar regularmente. Se le había ocurrido comenzar a llamarlo “Comandante” en vez de simplemente “General”. Había interpretado cierta mística en la palabra “Comandante” que sólo los militares debían comprender e iba por sobre cualquier denominación de rango. Algo como que generales, coroneles, mayores o capitanes puede haber muchos, pero en cada momento en cada lugar, “comandante” hay uno solo. En ese entonces, parecía una idea razonable…


Comenzó dándole las buenas noticias, y procurando hablar de “órdenes” y referirse al proyecto de las Pruebas de Tiro por sus siglas. Sabía que a los militares les encantaban las siglas, les permitía hablar de ideas y conceptos como si fueran cosas tangibles y objetivas, y el hecho de recibir “órdenes” – por más que estrictamente fueran papeles administrativos – disparaba todos los mecanismos adecuados en su particular psicología. En ese momento el General se sentiría reconocido, importante, útil, obligado, responsable… el Ministro tenía claro que le estaba endulzando la píldora para lo que seguía.
-          Además, tengo la designación del enlace civil para el Grupo Fénix – le comentó al pasar, extendiéndole el escuálido dossier sin mirarlo a los ojos, mientras continuaba revisando otros papeles. El veterano militar se arrimó para tomar el documento con manifiesta lentitud. Observaba al ministro atentamente como tratando de vislumbrar lo que ocurría. Con un vistazo fugaz había abierto la portada, verificado que el designado no era nadie de su confianza, y vuelto a cerrarla.
-          El Grupo Fénix maneja información estrictamente confidencial – objetó el General con seriedad, mientras se ponía de pie y sacaba a relucir su peor cara de verdugo implacable, que unida a su porte y su rango, le resultaría a cualquiera bastante intimidante – ¿Usted se hace responsable por este tipo? – el aire se había congelado súbitamente ante semejante desacato.
-          No sé a qué se refiere, General – le respondía el Ministro, dando por finalizada la forzada escena de cortejo. Pero sí sabía. Él sería ministro por un par de años y el presidente por un par de años más, pero el General llevaba ya cuatro décadas en la fuerza, y había sido encomendado por sus pares como el custodio de proyectos, personas y hechos que ellos consideraban fuera de la esfera de control de la política.
-          Eso es todo, General – lo dispensó secamente el Ministro. El militar se cuadró solemnemente, con cara de piedra y la vista clavada en el ventanal a espaldas del político. Luego giró sobre sus talones para dirigirse a la puerta sin pronunciar palabra.


Atravesó otra vez raudamente la recepción, hasta encontrarse en el pasillo con su Ayudante de Campo, justamente un Mayor que había rescatado del Batallón 601 de Inteligencia. Cuando entraron al elevador, le espetó el dossier de la designación sobre el pecho.
-          Quiero todo sobre éste tipo, su pasado, su familia, sus contactos, propiedades y viajes – le murmuraba conteniendo su enojo – Quiero un seguimiento 24/7, con teléfonos y micrófonos. Quiero que tenga una mujer y un amigo en quién confiar cuando llegue a su puesto… dos si es necesario. Consiga alguien de confianza y que arme un grupo de tareas con reporte directo. Es una operación de seguridad, no de inteligencia, no estamos buscando la mugre de este tipo, acá hay material sensible real en juego, así que todos tienen que revestir autorización A1.
Cuando el elevador llegó a su piso, el General oprimió el botón del piso donde trabajaba la Jefatura de Inteligencia del Ejército.
-          ¡Está lleno! – tronó la voz del General, haciendo saltar a los que esperaban el ascensor del que él descendía, luego se volvió hacia su Ayudante – Esto tiene máxima prioridad. Repórtese en 24 horas.
El ascensor cerró sus puertas y el Mayor recién pudo ojear un instante la carpeta que le había entregado. La referencia del expediente: “Designación Enlace Civil Grupo Fénix” lo puso en circunstancias inmediatamente. Esto podía ser complicado…


miércoles, 27 de agosto de 2014

15. Fuga de Gas

Vaca Muerta, Provincia del Neuquén, Argentina.


No eran buenas noticias. Los resultados de las nuevas pruebas eran consistentes con los de la semana anterior. Nahuel había tenido que insistirle a Valeria para que se tomara la tarde y poder estar a solas para pensar. Ella había protestado, como siempre, reticente a guardarse sus opiniones donde le cupieran. Su lado débil quería comprenderla; realmente no había un carajo que hacer en las ocres tardes de Añelo más que estar juntos, pero toda la vorágine de su nueva vida lo estaba volviendo más apático y distante.
El poder lo estaba transfigurando. Ya casi no filtraba lo que decía, y a pesar de ello cada vez menos alguien osaba contradecirlo. Podía sentir su voluntad convirtiéndose en una fuerza implacablemente transformadora. Cada vez era mayor la presteza con la que quitaba de su camino los escollos. Tomó la segunda pastilla de la tarde, que lo esperaba en un platito junto al vaso de agua. Era la sexta de la decena que consumía por día, para dormir, para despertarse, para la presión, las erecciones, los dolores, el colesterol. Estaba fofo e hinchado, y la hernia de disco había vuelto a torturarlo luego de años de pacífica convivencia. Claramente no tenía edad para tanta pirueta, pero no estaba dispuesto a resignarse y recostarse mientras lo montan en la cama como si fuera un viejo verde. Este sería solo un escollo más, tal vez más grande que los anteriores, pero sabría patearlo fuera de su camino.
Levantó el teléfono para devolverle el llamado al Gerente de Planta antes que éste finalmente se viera obligado a encontrarlo en su celular. El número lo tenía, de manera que simplemente llamar a su oficina a la hora que él salía a almorzar había sido una clara advertencia de algo grueso que se le venía. Los primeros quince minutos de la conversación habían sido campechanos e intrascendentes: vinos, rally, fútbol, prostitutas… tantas previsiones y rodeos le demostraron que su superior estaba dispuesto a ayudarlo hasta donde pudiera para cubrir cualquier incidente, o a traicionarlo y dejarlo secarse al sol ni bien calculara que el incidente era demasiado grande para tapar.


-          De acuerdo al informe que me llega, el medidor de una boca de pozo del “peine” 23 registra un aumento de presión en la cavidad intermedia del tubo – arrancó el gerente con tono distendido, casi denunciando el tedio de tener que cambiarle de tema para hablarle de ello.
-          See… lo estamos monitoreando – imitaba Nahuel su pantomima – todavía no significa nada concreto.
-          Bien… ok… – resopló, mientras pasaba audiblemente las hojas del informe, buscando ganar algo de tiempo para encontrar cómo formular la pregunta sin delatarse demasiado – ahora… hmmm… entiendo que podría ser una filtración en el caño interno del pozo… no le veo mucha más vuelta que esa…
-          Probablemente, pero hay que ver hasta dónde llega el problema y a qué se debe – le confirmó impasible para transmitirle confianza – tal vez tengamos una mayor corrosividad en esa perforación en particular, y sea un tema aislado…
-          ¿Y si no? – la pregunta salió demasiado directa para mantener el disimulo. El instante de silencio fue incómodo para ambos.
-          ¿Te referís a si sucede en otros lados? – trató Nahuel de retomar la conversación – puede que tampoco signifique nada… el caño interno va a perder hasta que la presión en la cavidad intermedia se equipare… – pero el silencio de su interlocutor lo obligaba a continuar – tenemos que medir si la corrosividad que fue suficiente para perforar el caño interno es también suficiente para perforar la manga, probablemente no…
-          ¿Por? – indagaba el gerente ya sin ninguna simpatía.
-          Porque la corrosividad dentro del caño interno se renueva constantemente… – “mhm” – de manera que para que pueda corroer el caño exterior tiene que haber un flujo y reflujo que mantenga la corrosividad en la cavidad intermedia, y eso implica varias filtraciones... lo que tenemos ahora puede ser sólo un tubo mal montado…
-          ¿Vos creés? – le preguntó con un escepticismo que ya le resultaba amenazante.
-          Te puedo decir lo que creo – cambiaba el tono el ingeniero, y la conversación ya no tenía nada de amena – pero te estoy diciendo lo que se: los tubos internos pueden o no perforarse por la corrosividad del yacimiento, las perforaciones pueden o no ser suficientes para transmitir la corrosividad a la cavidad intermedia, esa corrosividad puede o no perforar el tubo externo y si tuviéramos un escape, éste puede o no llegar a la superficie, y si llegara, probablemente nadie lo notaría porque allá afuera es un maldito desierto...  resopló, buscando bajar el tono  Pero hoy no sabemos nada de eso, y durante meses no vamos a saberlo  finalmente no pudo contenerse  y durante años no va a saberlo nadie más…
Está todo dicho. Querías escucharlo y lo habías escuchado. Te quedaste mudo. Ya no vamos a tener que conversar 15 minutos de estupideces antes de entrar en tema cada vez que hablemos. Imbécil. ¿Qué pensabas que podías hacer al respecto?
-          Arrancamos con los tubos nuevos en el “peine” 21 – le dijo el ingeniero para ayudarlo a tragarse el sapo, aunque fuera un dato puramente circunstancial – la filtración es en el “peine” 23.
-          Quiero que me tengas al tanto de esto, Nahuel – le contestó su jefe – lo digo en serio.
Ni bien cortó, Nahuel tomó una de las pastillas “extra” que tenía para estos casos. Hoy si que iba a hacerla gritar.