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lunes, 27 de octubre de 2014

23. Órdenes Secretas

Océano Atlántico, 100 millas al sudeste de las Islas Malvinas.



Aún después de 18 meses a su cargo, el Capitán Brown nunca terminaría de acostumbrarse a la penumbra y el sombrío silencio que reinaba en el puente de mando del submarino nuclear de ataque MHS Astute. Nunca había experimentado nada parecido en sus veinticinco años en el Silent Service. Quien hubiera diseñado este opresivo monasterio subacuático, no debía tener idea de lo que significaba estar durante semanas encerrado sin tomar aire ni ver la luz del sol. Si bien el coloso de 8000 toneladas se desplazaba haciendo menos ruido que un bebé de delfín, habían llevado demasiado lejos el costo humano para lograrlo.

Dudó si el minuto de silencio in memoriam que acababan de realizar había sido una buena idea y le resultaba ridículo en retrospectiva. La atmósfera era aún más lúgubre que de costumbre. Como Capitán, tendría que haber entonado “Heart of Oak” o alguna de esas tradicionales canciones de mar para que el resto de la tripulación lo siguiera, pero la idea le había llegado demasiado tarde y ninguno de sus oficiales había suplido su falta de iniciativa. A veces se permitía considerar si sería posible que esta nave estuviera maldita. A pesar de su rango, para desgracia de su segundo, el Almirantazgo lo había puesto allí para barrer con todas esas supersticiones. Pero el último año y medio habían resultado ser lo más deprimente de su carrera. De alguna manera, el constante silencio los retrotraía de la realidad que los rodeaba… o él ya estaba demasiado viejo para esto… o la Royal Navy había cambiado demasiado…


El Oficial de Comunicaciones había ingresado al puente como un fantasma, para susurrarle de un mensaje eyes-only recién llegado. El Capitán se incorporó extrañado y se dirigió al cuarto de comunicaciones para recibirlo personalmente. El ruido de su cuerpo sudado al despegarse de su sillón de cuero había llamado la atención de todos. No había encontrado forma de evitarlo. Una combinación de pequeños descuidos constructivos, se habían combinado para crear una nave demasiado calurosa y demasiado húmeda.

Con su partida, el Comandante Gould debía tomar el mando, pero patrullando estos mares helados del fin del mundo, no había realmente nada en el océano a 200 millas de ellos que ameritara su atención. Se escabulló discretamente detrás de su Capitán. Al llegar al cuarto de comunicaciones, los hombres del equipo estiraban un poco las piernas afuera. Probó el picaporte del cuarto pero, como lo indicaba el estricto protocolo de seguridad, se encontraba trabado. Se sintió incómodo dándose cuenta de cómo los marinos alrededor evitaban observarlo. Él no tendría que estar ahí y menos dentro del cuarto donde el Capitán recibía un mensaje confidencial.

Cuando la puerta finalmente se abrió. El Capitán frunció el seño con seriedad al ver a su segundo allí.
- Envíe esto – le dijo al Oficial de Comunicaciones, extendiéndole un papel. Percibiendo la tensión, los marinos retornaron a sus puestos prontamente sin pronunciar palabra y cerraron otra vez la puerta de su estrecho cubículo.
¿Bueno? ¿Qué pasa? – finalmente le preguntó Gould intrigado al Capitán. Por más formalismos que requiriera el protocolo, eran buenos amigos y habían trabajado juntos o cerca, en distintos buques y formaciones durante más de una década.
Llame al Oficial de Navegación – le respondió secamente Brown – Fijaremos curso hacia el Mar de Grau. Ni una palabra a la tripulación sobre esto. ¿Entendido?

La respuesta lo sorprendió completamente. Quería volver a preguntarle nuevamente lo mismo, pero ahora ya no se atrevía.
- Y Comandante… – lo interrumpió antes que se retirara; la expresión del Capitán era severa – Si vuelve a abandonar su puesto, volverá a Faslane como guardiamarina.
- Si, Señor – respondió incrédulo Gould – Lo lamento, Señor. No volverá a suceder.



El segundo al mando lideró el regreso, cumpliendo con el debido anuncio de “Capitán en el puente”, que en otra época requería que toda la cabina se pusiera de pie y saludara.

- ¡Timón! – pronunció con firmeza el Capitán, en lo que pareció un grito – Todo abajo, llévenos a 450 metros.
El Oficial de Maniobras de inmediato se puso a apretar botones rápidamente en una pantalla. Las luces de todo el buque cambiaron de verde a rojo, pero ya no sonaba la tradicional corneta.

- ¡NO LO ESCUCHO! – gritó el Capitán, causando un estruendo que dejó pasmada a toda la tripulación. Nada había hecho tanto ruido en la nave desde que encallara en Escocia a poco de ser botado.
Sí, Señor… – respondió el Oficial de Maniobras – Planos abajo 35, burbuja de 20 grados, estabilizar en 450 metros – pronunció en voz alta, golpeando en el hombro a los jóvenes operadores a su costado. “Planos 35 abajo, hasta 450 metros” repitió tímidamente el joven a su vez, “burbuja de 20 grados” coreó el otro, dubitativo de qué debía hacer.
¡Todo al frente a 25 nudos! – volvió a gritar el Capitán. “Al frente, revoluciones para 25 nudos” sintió el eco de su mensaje.

El Capitán Brown se desplomó sin culpa sobre su silla, disfrutando los ecos de las órdenes llenar de vida la cabina. No había logrado resolverlo hasta ahora. Lo que esta lata embrujada necesitaba, era el espíritu del Jolly Roger.


A su lado, el Comandante Gould lo observaba preocupado. A pesar de estar dentro de los parámetros originales del fabricante, desde las reparaciones por el accidente, nadie había vuelto a llevar al HMS Astute a esa velocidad a esa profundidad.

lunes, 20 de octubre de 2014

22. Actividades Espaciales

Base de Lanzamiento Puerto Belgrano, Provincia de Buenos Aires, Argentina



Aunque el enorme cohete Tronador II se llevara la atención de todos, dentro del Centro de Control, Gustavo no podía quitar la mirada de la Comandante de la Misión, la Ingeniera Agustina Huergo, con su lacio pelo negro azabache, prolijamente corto y recogido, los discretos anteojos de lectura, el tailleur gris impecable, todavía abotonado. Parecía estar monitoreando todas las pantallas al mismo tiempo, espiando con ojos de águila por sobre el hombro de la veintena de controladores del equipo de tierra. Debía hacer tres horas que no se sentaba ni paraba de pedir reportes desde el pequeño micrófono de sus auriculares. Era una máquina. Precisa, ordenada, persistente, eficiente. Había que ser ingeniero para encontrarle su atractivo, pero tenía lo suyo.
Pudo notar varias veces que ella lo miraba fugazmente, ahí sentado en un rincón, buscando no incomodar o intrometerse. Luego de un par de saludos a la distancia, alevosamente no correspondidos por ella, había dejado de insistir. Después de todo, nadie lo había invitado al lanzamiento y claramente nadie le dio la bienvenida. Pero se trataba de un evento que atraía mucha atención de la gente y los medios, de manera que no pensaba perdérselo. Aunque más no fuera, haciendo valer por su cargo de Enlace Civil del Grupo Fénix, el ticket de entrada para el peor asiento de la mejor platea para ver el espectáculo.
En el Centro habían estallado ya cuatro veces los aplausos, al despegar y con la separación de cada módulo de propulsión. Llegado el quinto hito de la misión, la euforia triunfal se había diluido en plácida satisfacción. Cuando se quitaran la carga de encima, ya no sería más su problema. Funcionaran o no esos satélites de estructura segmentada, ellos habían demostrado que podían ponerlos en órbita.


El espectáculo era menos cinematográfico ahora que al lanzamiento, pero igual Alonso lo disfrutaba relajado. Los cuatro objetos se mostraban en la pantalla principal como puntos que se alejaban de la curva de ascenso del propulsor. Tres eran los microsatélites ¿qué sería el cuarto? A medida que la Estación Terrena Benavídez iba conectándolos, la línea que unía cada uno con una lista de datos ininteligible cambiaba su color de blanco a verde claro. “-1- online”, dos online, ok… y tres, perfecto. ¿Cuatro? ¿Cómo cuatro? Eran tres. Se había estudiado todo el maldito paper del proyecto. Estaba seguro que eran tres. Pero miraba a su alrededor y nadie parecía sorprendido. Evidentemente, le seguían tirando basura técnica desactualizada para mantenerlo ocupado, aburrido y al margen. Estaba enojado y eso lo hacía sentirse incómodo, pero en este caso podía serle útil. No tenía ni el estilo ni la práctica de imponerse ante los otros. Mucho menos en público… aunque tampoco en privado… como sea.
Se levantó tomando aire y comenzó a pasearse por entre las terminales. Ya no había mucho que ver. Lo mejor del show había pasado. Como realmente no hubiera podido siquiera disimular una conversación sobre lo que veía en las pantallas, iba estrechando alguna que otra mano, presentándose y felicitando sobriamente a quien le dirigiera la mirada. Si, no me vean así; yo tampoco sé a qué vengo.
-          Comandante – llegó finalmente hasta ella – si me permite unos minutos – la invitaba a salir de allí.
-          Si, claro – le respondió con marcada apatía – "Ado", tengo que ir al baño – se excusó con su adjunto, el Capitán Sifredi.
Ella caminaba por delante, decidida e imperturbable. Alonso le iba a la zaga, pretendiendo aún aparecer como quien marca los tantos. Al llegar a los sanitarios de damas, ella abrió la puerta y le indicó sin rodeos: “Entre”. Un tanto desconcertado, Gustavo obedeció. Esta mujer sabía encontrar un campo favorable para presentar batalla. La ingeniera empujó las puertas de las seis cabinas de retretes para asegurarse que no hubiera nadie allí. Luego volvió a la puerta de entrada, la trabó y se volvió hacia él expectante.
-          ¡La documentación que me envían es pura basura! – arrancó Gustavo sin rodeos, buscando recuperar el valor y la iniciativa.
-          Entienda esto Alonso – lucía ella más conciliadora de lo que esperaba – la documentación es la correcta; 100% correcta.


Él no daba el brazo a torcer, repitiendo la obviedad del número de satélites y aprovechando la oportunidad para incluir infinidad de nimiedades de maltrato que hubieran sonado caprichosas si no fuera porque habían sido mayormente hechas adrede.
-          Alonso ¡escúcheme! – lo interrumpía – No me está escuchando. La documentación es la correcta. Se lanzaron tres satélites; y le digo más, uno de ellos no va a funcionar, de manera que le quedan dos, sin enlace, así que en 45 días estamos lanzando de nuevo. Una misión improvisada, si se quiere. Que tampoco va a tener cuatro satélites, sino dos, que es todo lo que hay supuestamente. ¿Toda una exclusiva, no es cierto? No se vaya a olvidar de lucir sorprendido en el momento.
-          Pará, pará… si conectaron todos ¿de qué carajo estás hablando? – la sorpresa le había hecho olvidar el protocolo.
Agustina se apoyó sobre la mesada de los lavatorios y suspiró, frotándose los ojos y la marca escarlata de sus lentes junto a ellos. El armazón era un modelo francés superliviano que se había traído específicamente para estos momentos, pero también le pesaban como grilletes. Estaba cansada, muy cansada. No te van a decir nada. La misma historia que con ella. ¿Cuántos años la habían boludeado? Milicos de mierda. Estás en el equipo o no estás en el equipo. Estaba tan cansada…
-          Agustina – se atrevió a tomarla del brazo – ¿estás bien? Estás muy pálida ¿te sentís bien? Uylap… – llegó a tomarla antes que se desvaneciera, pero apenas podía mantenerse en pie. Hipoglucemia, lipotimia, vaya uno a saber, estaba recontra pasada de vueltas – ¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Ayuda! – gritó, y pronto ese alguien forcejeaba en el picaporte de la puerta. Recién entonces comenzó a preocuparle cómo iba a hacer para explicar esto…


domingo, 12 de octubre de 2014

21. Derecho del Mar

Palacio de La Moneda, Santiago, Chile.


Ambos periodistas extranjeros trataban de abrirse paso hasta la sala de prensa cumpliendo a desgano con los nuevos protocolos de seguridad. Hubieran tardado menos en ingresar a la Casa Blanca. Las credenciales de las dos agencias de noticias más importantes del planeta usualmente implican en el mundo occidental un perfil ya exhaustivamente verificado por su empleador.
-          ¡Reuters, Reuters! Bruno Blumenau – repetía por tercera vez en un mostrador de control el más veterano de ellos – y este es mi amigo Vincent, de Associated Press. Venimos del planeta Tierra, queremos hablar con sus líderes – bromeaba ante la madura señora de guardia, robándole una sonrisa. Aunque estuviera entrado en años para su vocación de corresponsal de guerra, el belga barbudo y corpulento con cara de bonachón todavía mantenía esa personalidad jovial y descontracturada que lo había hecho reconocible durante tres décadas en lugares para nada joviales y descontracturados.
-          Todavía lo tienes, old dog – le reconocía en murmullos su colega, luego que su encanto les garantizara como salvoconducto la escolta de la aguerrida funcionaria. A fuerza de su fulminante mirada y el bamboleo de sus voluptuosas caderas, lograba conducirlos por el costado de otro mostrador con cámaras de foto, un cacheo con perros husmeadores, un detector de metales y el aparato de rayos X.
-          ¿Que-de-monios está ocurriendo aquí? – le preguntaba asombrado a su joven colega, quien portaba un rostro tan azorado como el suyo. Vincent era más avezado en la tecnología y ya estaba grabando todo discretamente con su tablet bajo la axila –  ¿Quiénes son esos tipos? – le indicaba con los ojos un contingente de hombres orientales con trajes oscuros impecables.
-          Déjame a mi – se acercó a ellos el corresponsal de AP – ¿Anata-no Nihon-jin desu-ka? – arriesgó… sin éxito.
-          China – le respondió secamente el hombre oriental, que parecía no hablar una palabra de español, con el particular desprecio con el que el mundo mira a quien se equivoca, cuando descubre que se trata de un norteamericano.
-          Claro, China, por supuesto, lo lamento – se retiró el corresponsal, arrepentido de haberle hecho el honor a su arquetipo.
Bruno regresaba de colocar su grabador junto a la salida de audio justo para burlarse discretamente del bochorno de su amigo. Los presentes comenzaban a tomar asiento al tiempo que el personal de ceremonial emplazaba dos mástiles con las banderas de China Popular y los Países Bajos a los costados del estandarte nacional. Encabezando el panel, el canciller chileno mostraba un gesto adusto, dando a entender a los presentes que la conferencia de prensa no trataría sobre un tema protocolar. Los dos embajadores se sentaron a ambos lados mientras tomaba el micrófono para comenzar.


-          Esto  no es algo que uno ve todos los días – comentaba el belga mirando el panel – ¿dónde aprendiste japonés?
-          Te había contado que estaba estudiando artes marciales – le respondía Vincent, mientras sus dedos se movían como arañas envenenadas sobre su dispositivo – las clases de cocina y el idioma vienen en el combo – súbitamente dejó de teclear – ¿por qué está hablando de esto? Pensé que el tema del límite marítimo ya estaba terminado ¿Pesca artesanal ilegal?
Junto al panel, se proyectaban puntos sobre un mapa de la frontera marítima con el Perú. Los puntos partían de Illo, cruzaban el límite y cambiaban de color de blanco a rojo. La cantidad de puntos rojos era significativa; al parecer un 86% de ellos.
-          No está terminado hasta que no canta la señora gorda – el veterano garabateaba frases en su anotador – todo ese asunto del ISIS realmente te llegó ¿no es cierto? ¿Cuándo me vas a preparar algo japonés? – trató de relajar el asunto de los periodistas asesinados mientras trataba de entender qué era lo que estaba realmente diciendo el funcionario – hay que reconocerles el esfuerzo, pensar que ustedes invadieron Irak con mucho menos que eso
-          Conocía a algunos de esos tipos – volvía su amigo a teclear alocadamente – todavía no se preparar nada, el Buda que me enseña dice que antes de aprender a cocinar, debo aprender a manejar el cuchillo… eso fue como hace un año…bueno, ya entendimos, no respetan la frontera ¿y qué? Al menos nosotros le pusimos armas de destrucción masiva al asunto
-          Menos mal, sólo trataba de ser cortés, odio el sushi – dejó de escribir para ver al embajador neerlandés a los ojos – ¿están acusando a La Haya de filtrar información del fallo? Por favor, dime que esto está realmente pasando
-          Yo también lo odio, y el sake sabe a té de trapo sucio – el joven saltaba con la mirada incrédula del embajador hacia su colega – esperen, esperen ¿la policía holandesa tiene bajo custodia un miembro del Tribunal? ¿pueden hacer eso? ¿porqué la estaban investigando? En casa algunos van a estar muy contentos con esto…


-          Detalles, detalles… así que la sospechosa está presa incomunicada en China, la causa se está instruyendo bajo secreto de sumario en Holanda, y el dinero está congelado en una cuenta codificada en Bahamas – revisaba la garabateada hoja de su anotador luego de la intervención del diplomático chino – prepárate para lo mejor, no creo que podamos volver a escalar este fin de semana.
-          ¡Es una locura! – tecleaba en su tablet con una mano y con la otra marcaba en su celular – Ellos no respetan la ley, ustedes no respetan el laudo ¿cómo es que la misma juez estaba también resolviendo en la demanda con Bolivia? Maldita sea, mañana me tienen que estar llegando las nuevas sujeciones de rappel
-          Y mientras tanto, van a voltear la mesa y desconocer el tribunal, el laudo, la convención del mar – una puntada en su pecho materializaba la angustia de penas pasadas. Lo había visto repetirse varias veces. Parecía lógica civilizada, pero era un ciego curso de colisión racionalizado – no te hará mal trabajar de vez en cuando – atinó a decir, sin suficiente ánimo.
Por alguna razón le vinieron a la memoria sus días en Georgia. Hacía casi una década que había conocido a Vincent en Ingusetia. Ese mocoso engreído que seguía el conflicto en Chechenia y se había sumado a su ronda de tragos en ese bar de mala muerte perdido en pleno campo de batalla. 120 kilómetros lo había trasladado hasta un hospital en una camioneta ametrallada. Una hora, o dos, manejando con una mano y presionando su herida con la otra. De los tres heridos, sólo había sobrevivido él. Johann había muerto en la falda de Tanya, y ella expiró abrazada llorándolo. Los envidiaba. Debía cuidar a Vincent. Vuelve a trabajar.
Los diplomáticos se retiraron sin aceptar preguntas, pero salvo el normal murmullo posterior, no había habido ninguna reacción sanguínea de algún colega a tan sorpresivo anuncio. Evidentemente, no habían periodistas peruanos ni bolivianos acreditados. Caminó hacia la salida de audio para recuperar su grabador y al levantarlo notó una moneda de un penique pegada a él.


-          ¿Le estás siendo infiel a Matilde? – lo quitó el joven norteamericano de sus tribulaciones – tu reina es más linda que ella. Ya envié el borrador del cable, 800 palabras ¡I’m on fire! ¿Almorzamos? – luego notó la seriedad de su compañero – ¿qué te pasa Bruno? Es mierda, hermano. No pasa nada. Lo van a publicar en la sección de chistes. No van a poder mantener ese cuento por mucho rato – pero su aliento no estaba dando resultado – ¿qué te pasa? ¿qué es eso? – le señaló el penique.
-          Aparentemente alguien les cree – afirmaba gravemente – y considera que yo también debería…

domingo, 5 de octubre de 2014

20. Butalmapú

Vaca Muerta, Provincia del Neuquén, Argentina


La imagen del joven toqui Alex Lemun Lientur con su tradicional poncho, la vincha ritual sobre su rostro indignado, un hacha de piedra y una antorcha en sus manos, se repetiría una y otra vez en los televisores de los argentinos durante semanas. Las cadenas informativas internacionales pronto harían eco de la parte menos impresionante para explicar la génesis de la revolución mapuche en la Patagonia argentina. La cruda escena completa sin editar se viralizaría en las redes sociales, al punto de convertir al guerrero nativo en el renovado ícono de las luchas indigenistas latinoamericanas.
Sus últimas palabras en mapudungun “Quieren asesinar nuestra tierra, quieren asesinarnos” podían encontrarse subtituladas en todos los idiomas. El joven se alejaba luego hacia la boca del pozo y antes de poder arrojar la antorcha hacia él, una lengua de fuego emergía debajo de sus pies y lo envolvía. Las llamas, como un verdugo endemoniado, lo retorcían torturándolo hasta consumir el último hálito de vida de su cuerpo. Los más temerarios trataban en vano de acercarse. Las terribles fauces ígneas de TrenTren Vilu se proyectaban en todas las direcciones, serpenteando en el aire y reptando por sobre los arbustos, que se encendían a su paso y ardían formando la humareda densa y pestilente de un infierno liberando el sulfuro maldito de sus entrañas.
La pequeña videocámara temblaba en las manos de la muchacha, saltando de aquí para allá para registrar los alaridos guturales y las maldiciones de unos que tronaban sobre las plegarias y llantos de otros. Hubo un momento de parálisis y duda cuando las camionetas de YPF emergieron sobre la lomada a gran velocidad. El grupo se resistía a dejar atrás a su hermano que había sido devorado por la avaricia de la corporación. Sobrecogidos por la conmoción de la dantesca escena, no reaccionaron como habían planeado. Sus rostros eran de víctimas, no de culpables.
De las camionetas bajaron hombres del equipo de emergencias, terminando de ajustarse sus máscaras y trajes protectores. Otros del equipo de seguridad llevaban armas largas automáticas y caminaban directamente hacia ellos. Cuatro contra medio centenar; pero avanzaban con paso firme, dispuestos a cargárselos a todos si fuera necesario. El primer disparo provino del lado mapuche. La cabeza del líder del equipo de reacción estalló en pedazos por el impacto y su cuerpo tardó unos interminables segundos en desplomarse inerte. La videocámara llegó a voltearse y enfocar apenas por un segundo a la machi, rodilla en el suelo, abriendo fuego por segunda vez con su larga escopeta de caza de doble caño. Luego la imagen continuaba sacudiéndose mientras emprendía corriendo la huída. Lo único distinguible del resto de la filmación era el estruendo de las ráfagas automáticas desatando el caos.


Así comenzó la matanza real y mediática. El derramamiento de sangre continuaría durante semanas, involucrando todos los efectivos de las “Policías Desbordadas” de las provincias del Neuquén y Río Negro, para contener la “Brutal Ola de Protestas” que repercutiría en todas las ciudades del país. En cada pueblo y ciudad de la región se celebró al menos un ngillatún público por el intrépido “Lonco Mártir”. En muchos casos, la ceremonia también incluía el funeral de uno o más “Hermanos Revolucionarios Caídos en la Lucha”. La Gendarmería Nacional fue inmediatamente movilizada para dar apoyo a las autoridades locales, pero estos mismos “Políticos Cómplices de la Corrupción” se veían acosados al tiempo por periodistas y fiscales que buscaban ponerle nombres y rostros a los culpables de la catástrofe. Sorprendentemente, los “Documentos Comprometedores” no habían tardado nada en ser encontrados. Copias de legajos cuidadosamente compilados aparecían anónimamente en las redacciones y los juzgados. Alguien de adentro estaba entregándolos a todos en bandeja, y todos eran culpables de algo.
Carabineros de Chile dispondría el “Cierre de la Frontera por Razones de Seguridad” en todos los pasos fronterizos entre el Maule y Palena. El gobierno de Santiago culpaba públicamente a unos indefinidos “Agitadores Extranjeros” por promover el “Resurgimiento de los Disturbios Secesionistas” en las regiones de BíoBío, Araucanía y Los Lagos. La repudiada Ley Antiterrorista de la dictadura, ahora se veía reivindicada por una euforia del chauvinismo nacionalista “Muy Mal los Argentinos” y por una dudosa asociación era aplicada de manera sumaria a notorios líderes locales de la Coordinadora Arauco-Mallenco.


Los eventos se concatenaban en todos los frentes y “El Gobierno Argentino en Offside” caía en un pozo inesperado y sin certezas de su profundidad o planes de contingencia para la contención de daños, tanto en el ámbito interno como en la arena internacional.
Las exportaciones agrícolas del Alto Valle perderían sus privilegios de acceso a los mercados europeos por temor a la contaminación de las napas acuíferas. “Take Back Your Fracking Fruits” demandaba un diario sensacionalista londinense antes de cualquier confirmación, luego que en el análisis bromatológico preliminar de un cargamento de peras y manzanas arribado al puerto de Rótterdam se detectaran indicios de químicos tóxicos utilizados en el proceso de fracking.
En la reunión de la UNASUR de Tarija, las deterioradas relaciones de Bolivia con Argentina y Chile tocaban un piso histórico en el momento en que el Presidente boliviano expresaba públicamente su apoyo a las “Reivindicaciones Autonómicas de los Pueblos Originarios” de la Patagonia. Luego que el surgimiento de Vaca Muerta desplomara el precio de su principal producto de exportación, la debacle del proyecto era la mejor noticia del año para la economía del Altiplano, y debían asegurarse que nunca volviera a renacer. El Paraguay tomaría este caso de “Genocidio Ambiental” como evidencia para fortalecer su demanda en La Haya para que Argentina desistiera de la construcción de su nueva central nuclear en el margen del Río Bermejo. Ante la “Sorpresiva Ausencia de Brasil en la Cumbre”, el bloque rápidamente perdía cohesión y dejaba impudorosamente expuestas sus grietas.


Pero el gobierno de Brasilia tenía sus propios conflictos con el “Affaire Vaca Muerta”. El Directorio en pleno del Banco Nacional de Desarrollo había puesto su renuncia a disposición de la Presidenta. El súbito desplome del valor actual del proyecto de Vaca Muerta, el aumento astronómico de sus pasivos contingentes por el daño ambiental y la necesidad de revisión de todos los procedimientos implementados pulverizaban la tasa de retorno y capacidad de repago de los créditos. Si el daño se había expandido tanto como se calculaba, ni la entrega llave-en-mano de la empresa y sus reservas tendría un saldo positivo. Al parecer, “YPF: Regalada es Cara”.
De la misma forma que la corrupción argentina históricamente había hecho desaparecer miles de millones en préstamos blandos del FMI, el BID o el Banco Mundial, ahora desintegraba diez mil quinientos millones de dólares del pueblo brasilero. El BNDES recibía “El Peor Golpe Financiero en su Historia”, y ni siquiera por subsidiar un proyecto nacional, sino por “Una Aventura Diplomática Descabellada” que tenía la firma y sello de un gobierno que había llegado al poder esgrimiendo las banderas ecologistas. La oposición en el parlamento comenzaba a congregar voluntades para impulsar juicios políticos.


Por primera vez en más de tres lustros, el Congreso Argentino reunía quórum para validar la declaración del “Estado de Sitio en la Zona de Catástrofe”. En la misma sesión extraordinaria se impulsaría la aprobación de la “Intervención Federal Inmediata” de las provincias del Neuquén y Río Negro. Habían pasado sólo 30 días de la turbulenta muerte del toqui Lientur. Luego de casi un siglo y medio, otra vez a “La Conquista del Desierto”. Casi la totalidad de los efectivos de la 6ta Brigada de Montaña se desplegaría desarticuladamente en los accesos a las ciudades, a lo largo de las rutas y en las instalaciones petroleras, a fin de detener los atentados y restablecer el orden público.
Para cuando lo lograsen, ya no habría mucho que resguardar.

sábado, 27 de septiembre de 2014

19. Gran Hermano

Fort Meade, Estado de Maryland, Estados Unidos


La Agencia de Seguridad Nacional (NSA) es el organismo más poderoso del sistema de inteligencia norteamericano. Su función es monitorear las comunicaciones, de manera de salvaguardar la información propia y monitorear la de aliados y enemigos. Con el fin de la Guerra Fría y la explosión de los medios de comunicación electrónicos, a principios de los años 90s la NSA llegó a tener el control directo o indirecto de siete veces el presupuesto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). En una época donde la información es poder, su omnipresencia era simplemente demasiado poderosa. Esto conllevó a que se hicieran grandes esfuerzos para controlar su funcionamiento interno y amputarle capacidades, fundamentalmente transfiriendo el ámbito de la información local a la órbita de la Homeland Security. Pero en los hechos, continúa y continuará siendo el pilar fundamental de todo el aparato de inteligencia del mundo occidental.

En el cuartel general de Fort Meade, en Maryland, a unos 40 kilómetros al noreste de Washington DC, en un complejo monstruoso de altísima seguridad conocido como “El Fuerte”, trabajan unos 25 mil empleados de la Agencia. Su estructura tiene más de una docena de directorios, denominados con una letra. El Directorio de Inteligencia de Señales (S) es el encargado de recolectar, analizar, producir y diseminar toda la inteligencia de señales (SIGINT). Esto implica el monitoreo de teléfonos celulares, de línea, satelitales y de radio, correo electrónico e Internet, registros bancarios y de tarjetas de crédito, imágenes satelitales y geolocalización electrónica, y el acceso -legal o clandestino- a todo registro público o privado, nacional o extranjero, de cualquier persona en el mundo.

La cantidad de información recopilada por la NSA es simplemente descomunal, de forma que es compartimentada para poder ser abarcada. Cada División y Unidad se especializa en un tipo de datos y en una forma de analizarlos. Dentro del Directorio S, se desempeña la División S3 de Adquisición de Datos, de la que es parte la Unidad S33 de Operaciones de Acceso Global. La S33 utiliza principalmente los medios satelitales, filtrándolos a través de un programa de procesamiento de metadatos denominado Boundless Informant. Utilizando estos metadatos se corren rutinas, programadas con una serie de “alertas”, destinadas a identificar patrones o eventos que puedan significar indicios de una situación significativa para el análisis de inteligencia. Las alertas asignan “banderas” a los casos particulares, que pueden ser amarillas, naranjas o rojas. El uso de este código de banderas es bastante generalizado en la Agencia, pero tiene significados muy distintos de acuerdo a la repartición que las asigna. Dependiendo la Unidad, puede significar desde un estallido nuclear, a una transferencia de dinero, el paso de un pasaporte por migraciones, o la activación de un teléfono celular. Estas banderas se presentan en informes que luego son descartados, archivados o distribuidos para el uso de otros clientes internos de la organización, principalmente, las “líneas de producto” de los Centros de Análisis y Producción de la División S2.



El miércoles a la tarde, un joven Analista había llamado a su supervisor para mostrarle algo que le había llamado la atención. Se reunieron en una sala cerrada, dominada por una larga mesa con una enorme pantalla en un extremo. El joven se dispuso en la computadora junto a la pantalla y proyectó su informe. Siguió la costumbre interna de presentarle únicamente los datos del caso y sus fuentes, siempre en tercera persona y sin agregar ninguna conclusión o interpretación al respecto. Era uno de los gajes del oficio en la NSA. El hecho de trabajar todo el tiempo con máquinas sobre datos, hacía que los mismos analistas a su vez terminaran comunicándose con datos como máquinas.

- Hace ocho días, Sentinel produjo una bandera amarilla sobre dispositivos GPS militares de Argentina activándose fuera de sus fronteras, en territorio de Chile. Las activaciones no pudieron ser desestimadas porque no hay razón conocida para que estuvieran ahí – comenzó su presentación el Analista con el tono monocorde característico utilizado en estos casos – Las activaciones se produjeron fuera de la zona de frontera, en numerosos puntos dispersos del centro y sur del país. Se realizaron en lugares bien determinados, que corresponden mayormente a nudos de transporte y servicios públicos: puentes, embarcaderos, centrales y subestaciones de energía. – el Supervisor observaba inexpresivo la pantalla en silencio, la NSA no contrataba Analistas para leer datos simplemente, de manera que el joven continuó con su relato.

 - Los códigos de estos dispositivos corresponden a la Fuerza Aérea Argentina, pero cruzando estos datos con datos de Pilgrim, las posiciones de tres GPS coincidieron con las de tres teléfonos celulares identificados como pertenecientes a personal de su Secretaría de Inteligencia. Echelon confirma que estos tres teléfonos están siendo utilizados por los usuarios identificados. Los derroteros de esos tres teléfonos y los demás teléfonos celulares individualizados junto a los GPS fueron rastreados hasta un punto en común: las oficinas consulares de la República Argentina en Santiago de Chile. Todos ellos ingresaron al país en las últimas tres semanas y pasaron por el Consulado antes de comenzar sus recorridos.

Mientras la pantalla mostraba los celulares moviéndose por el mapa de Chile y aparecían los puntos de activación de los GPS, el Analista hizo silencio, para dejar que sedimentara la información. Luego retomó la exposición.


- Hace 72 horas, Sentinel produjo un nuevo informe amarillo, esta vez, sobre un GPS militar chileno activándose en territorio de Bolivia. El programa hubiera clasificado estos hechos como naranja si las infiltraciones hubiesen sido recíprocas entre Argentina y Chile. El dispositivo corresponde al Ejército de Chile, puntualmente a la Brigada de Operaciones Especiales. La posición de este GPS coincidió exactamente con la de otro GPS fantasma, lo que permitió identificarlo en ese momento en particular.
El joven sabía que habría atraído la atención de su supervisor mencionando al “GPS fantasma”. Por las reglamentaciones dispuestas para limitar el accionar de la NSA, una serie de dispositivos, si bien son detectables por el sistema, no pueden ser buscados ni monitoreados. El hecho que ambos dispositivos fueran activados simultáneamente en el mismo punto, daba un claro indicio que estaban siendo calibrados para un uso conjunto.
- ¿Qué sabemos de ese fantasma? – preguntó el supervisor por primera vez. El joven sonrió imperceptiblemente. La capacidad de obtener información al filo de la legalidad es una de las formas más efectivas de demostrar talento ante un Supervisor. Si bien las leyes no le permitían seguir al fantasma en ese momento, tenía a su disposición el historial del mismo.
 - Bueno, lo principal que sabemos es que es nuestro. El código corresponde a una partida de dispositivos entregados a CIA por el Directorio F. De esos dispositivos, asignaron una parte a UKUSA. En particular, éste fue al Reino Unido, en una partida de dispositivos no-monitoreables destinado a sus operaciones encubiertas.


En la mayoría de las ocasiones, las regulaciones estaban para proteger al mundo exterior de la NSA, pero otras servían para proteger a la NSA del mundo exterior. Muchas veces, realmente no convenía ni enterarse qué hacían los británicos con la tecnología que les proporcionaban.

- ¿Eso es todo? Bien. Voy a presentar todo esto en la reunión de mañana para que lo transfieran a alguna de las líneas de producción de S2 – le confirmó satisfecho el Supervisor – Necesito un paquete con todo esto. Llama a tu hogar y diles que no te esperen hoy.
 - Eso... no va a ser necesario – dijo el Analista con un dejo de resignación.
 - Bien – replicó su superior sin inmutarse.


Una semana después, a la reunión de la tarde de la Unidad G-6, el supervisor del Grupo Sudamérica llevaba consigo más una corazonada que un dato concreto. No esperaba que el Jefe le prestara más atención que la de costumbre, pero sin duda le generaría alguna curiosidad la información, porque no era de lo habitual para su equipo fijarse en esas cosas.



lunes, 22 de septiembre de 2014

18. El Niño

Buque científico AGS-61 “Cabo de Hornos”, al sur del Mar de Grau


El agitado vaivén del mar y la apretada rutina de abordo mantenían su mente ocupada durante el día, pero a mitad de la noche, Alicia otra vez daba vueltas en su camastro con cierto recelo, procurando no perturbar el tan merecido sueño de los otros tres científicos en el diminuto camarote. No había podido volver a dormirse desde que nuevamente despertara sollozando de ese sueño recurrente en el que el bebé desaparecía de sus brazos mientras lo amamantaba.
La Dra. Alicia Correa había pagado un costo personal muy alto para responder al llamado de la  Armada de Chile a participar de esta misión de investigación científica oceánica. Siendo mujer, civil y conocida por su pensamiento ecologista teñido de progresismo, la convocatoria había tenido mayor repercusión mediática de la que ella hubiera querido en esa etapa de su vida. Había superado su miedo a un nuevo tratamiento de fertilidad y remontado la frustración que aletargaba su vida de pareja, únicamente para postergarlo todo y embarcarse en este importante escalón para su carrera.
Siempre es mayor la presión de la oportunidad, cuando es la última. Temía que hubiese sido la última para su carrera, su matrimonio y su bebé. Todavía no se sentía tan desesperada como para volver a rezar, pero cada noche se acostaba con la cadenita de la Medalla Milagrosa en sus manos, con su corazón debatiéndose internamente si por una vez en la vida se permitiría sentirse frágil y necesitada.


El día siguiente le resultó aún más largo que de costumbre. Luego de treinta días en el mar, la travesía estaba llegando a su fin. Como todas las tardes, debía ausentarse de la cabina principal junto a la sala de operación de sensores acústicos para que los sonaristas militares informaran al comandante del buque sus hallazgos del día. Cada vez que Daniel, el amable joven grumete, se acercaba a ella por la tarde con un tazón de sopa en la mano, sabía que debía salir a tomar fresco a cubierta.
Aunque todos le disimularan sus actividades, no hubiese sido necesario un genio como el de ella para figurarse que la misión no era enteramente de carácter científico. El misterioso oficial que coordinaba el grupo de sonaristas tenía una estrella y tres bandas al igual que el comandante del “Cabo de Hornos”, pero la boina de submarinista lo delataba. Seguro no se suponía que debiera estar allí, al menos oficialmente, pues no llevaba la placa con su apellido en el uniforme y todos se dirigían a él siempre como “Señor” sin mayor detalle. El susodicho “señor” había tenido que enclaustrarse todo el mes en su camarote para evitar cruzarse con ella, pero eso no le generaba ningún remordimiento. Después de todo, si era submarinista debía estar preparado para ello, y no era su culpa si sus superiores querían alimentar su neurótica paranoia. La data batimétrica y el mapeo del fondo en la zona de litigio marítima al parecer debían guardar una “vital importancia” para estos perpetuos buscapleitos. No vaya a ser que nuestros arteros enemigos nos acechen desde el fondo de la Fosa de Atacama. Payasos. Cuánto dinero se malgastaba en esas tonterías. ¿Cuándo aprenderían?
“Vencer o Morir” leía resignada el cartel tallado coronando el puente de mando. Extraño lema para un buque científico...
Las olas mecían el buque suavemente, y ella tomaba su reconfortante sopa de espárragos en la proa mirando el sol alejarse hacia el horizonte. Estaba enamorada del océano. Algo en el danzar de las aguas la hipnotizaba. La brisa marina era la añorada caricia en el rostro que la confortaba al final de cada duro día de trabajo. Mira que te mira... Había algo insondable, maravilloso, irresistible, y al mismo tiempo aterrador en el mar. Sentía que pertenecía a él. Mira que te está mirando... Que ella le pertenecía. Un escalofrío la quitó del trance justo a tiempo para que la taza no cayera de sus manos. El frío en los ojos le había hecho derramar una lágrima.


El Capitán de Fragata se dignó finalmente a acudir con porte solemne a pesar de su tardanza, a la cita que él mismo había convocado, cuando el acogedor calor que le había brindado la sopa ya se estaba extinguiendo y el frío húmedo del atardecer comenzaba a colarse en su lugar. En todo el mes, el estirado comandante del buque no se había rebajado a dirigirle la palabra. Estaba convencida que su mera presencia abordo le resultaba indigna y una afrenta profesional, pero alguien le habría hecho tragarse su orgullo. La Dra. Correa era la oceanógrafa y meteoróloga chilena más especializada en el efecto “El Niño” y sus conclusiones serían tomadas muy en serio cuando regresara a tierra, incluso a niveles que en ese momento ella jamás hubiera podido sospechar.
-          Doctora... – le dirigía sin escrúpulos su primera palabra el Capitán, perdiendo intencionalmente su mirada hacia proa.
-          Capitán... – respondía ella a su nivel de desprecio, volviendo a encontrar el sol que ya se ocultaba.
-          ¿Tiene sus conclusiones? – iba directamente al grano.
-          Terminaré de escribir el reporte antes que volvamos a puerto – trataba ella de lucir inconmovida por su desdén – pero la información es concluyente: la velocidad de los vientos alisios y las corrientes marinas es débil, las temperaturas del agua están sobre las medias estacionales, y la presión y humedad relativas se corresponden con el panorama... entiendo que las pruebas de química y del laboratorio húmedo son consistentes... – el marino no daba nada por sentado, y esperaba escucharla decirlo claramente – así que muy probablemente tengamos “El Niño” asolando nuestras costas nuevamente el año entrante.
-          Perfecto – concluyó el Capitán, con una expresión que le llamó poderosamente la atención.


viernes, 12 de septiembre de 2014

17. Cabo Suelto

Edificio Libertador. Buenos Aires, Argentina.


El Ministro de Defensa argentino caminaba satisfecho por el lúgubre túnel que conecta la Casa Rosada con el Edificio Libertador, sede de su cartera ministerial. El presidente le había dado el visto bueno a la designación del enlace civil del Grupo Fénix, como un tema secundario en la larga lista de tareas pendientes que le había encomendado para la “reestructuración funcional” de las fuerzas armadas. El término reestructuración en realidad, era demasiado generoso teniendo en cuenta el calamitoso estado de las fuerzas. Más adecuadamente, lo que debía hacer con el anticuado material calificaba mejor de “restauración”, y respecto de su vapuleado potencial humano, de “rehabilitación”.
Gracias a una articulación con los más variados programas de distintos ministerios, se habían ido consiguiendo fondos para reactivar el sector de fabricaciones militares locales. Aún sin grandes adquisiciones que mostrar a la prensa, de a poco se habían ido subsidiado fábricas y talleres nacionales para realizar la puesta a punto y alistamiento de lo que todavía resultaba rescatable. Estas maniobras de bajo perfil, aunque imperceptibles desde afuera, habían resultado tremendamente transformadoras de puertas adentro. Un par de talleres textiles en Salta estaban haciendo uniformes, otros de la zona de Villa Constitución moldeaban piezas nuevas de todo tipo, de fábricas en el conurbano bonaerense salían las cubiertas y correas para los vehículos, y las baterías y filtros para los motores de los alrededores de Córdoba. Comidas, pintura, bombillas, pilas, calefacción, traslados... pequeñas cosas que hacen la diferencia.
Jorge sentía cierto orgullo por todo lo que estaba logrando. Ningún medio le iba a hacer una nota por ello, pero estaba seguro que los soldados estarían ocupados y contentos de ver el cambio en el día a día. De a poco iba a torcer la resistencia inicial del cuerpo de oficiales superiores a su nombramiento. Había tenido que desarmar varios negociados en las tres armas antes de conseguir cualquier incremento de las disponibilidades de combustible para maniobras. Pero había funcionado. Sin escándalos, con discretos pases a retiro prematuros de varios coroneles, había funcionado. El próximo paso eran las “Pruebas de Tiro”, un aumento de la disponibilidad de munición enmascarada en necesidades de las fuerzas policiales que financiaría el Ministerio del Interior. Con la fábrica de Villa María trabajando a doble turno, en menos de un año rellenarían el parque completo con pólvora nueva, incluso la munición pesada. Todo sin aumentar ni un décimo de punto el controversial presupuesto de Defensa. Un milagro. Solo unos años atrás, hubiese sido impensable.


Al final del túnel, dos infantes de guardia se cuadraron exageradamente para saludarlo de acuerdo al protocolo. Estaba convencido que el único propósito práctico de esos dos “centinelas de pasillo” era recordarle a los funcionarios que estaban adentrándose en un mundo aparte, con sus propias reglas y código de valores. Los ecos de los zapatos de suela resonando en los interminables pasillos de doble altura, el monótono centenar de alargadas puertas de madera identificadas con impecables chapas de bronce, las columnas y techos de estilo Beaux-Arts, todo enmarcaba un mundo serio, sólido, simétrico, noble, formal, conservador y estructurado. En especial la decoración del despacho del Ministro de Defensa, en contraste con cualquier otra oficina administrativa, poseía un halo de sobriedad marcial que lo ubicaba claramente fuera de la órbita civil.
El Jefe del Estado Mayor Conjunto se presentó en su despacho exactamente a la hora indicada, portando el mismo gesto hosco que vestía cada mañana. Atravesó la recepción en silencio y con paso decidido, haciendo caso omiso a las secretarias que se ponían de pie para darle los buenos días. Como correspondía, esperaba ser atendido exactamente a la hora que había sido convocado.
-          Buenos días, Señor Ministro – comenzaba la reunión, con la usual falta de afabilidad que las caracterizaba. Un “buen día, Jorge ¿qué tal el fin de semana?” de estilo en todas las demás reparticiones que recorría, hubiese representado un cambio notable en la relación entre ambos.
-          Buenos días, Comandante – le correspondió su fórmula, acompañándola con una sonrisa y un ademán de camaradería, mientras le entregaba algunas carpetas – El presidente ha autorizado las órdenes de las PdT.
El Ministro se desenvolvía casualmente, pero en el fondo, ya había repasado la escena varias veces en su mente. Aún no se sentía para nada seguro encabezando ese despacho y sentía que nadie estaba haciendo ni un mínimo esfuerzo para amenizar su adaptación, en especial este parco veterano con el que debía lidiar regularmente. Se le había ocurrido comenzar a llamarlo “Comandante” en vez de simplemente “General”. Había interpretado cierta mística en la palabra “Comandante” que sólo los militares debían comprender e iba por sobre cualquier denominación de rango. Algo como que generales, coroneles, mayores o capitanes puede haber muchos, pero en cada momento en cada lugar, “comandante” hay uno solo. En ese entonces, parecía una idea razonable…


Comenzó dándole las buenas noticias, y procurando hablar de “órdenes” y referirse al proyecto de las Pruebas de Tiro por sus siglas. Sabía que a los militares les encantaban las siglas, les permitía hablar de ideas y conceptos como si fueran cosas tangibles y objetivas, y el hecho de recibir “órdenes” – por más que estrictamente fueran papeles administrativos – disparaba todos los mecanismos adecuados en su particular psicología. En ese momento el General se sentiría reconocido, importante, útil, obligado, responsable… el Ministro tenía claro que le estaba endulzando la píldora para lo que seguía.
-          Además, tengo la designación del enlace civil para el Grupo Fénix – le comentó al pasar, extendiéndole el escuálido dossier sin mirarlo a los ojos, mientras continuaba revisando otros papeles. El veterano militar se arrimó para tomar el documento con manifiesta lentitud. Observaba al ministro atentamente como tratando de vislumbrar lo que ocurría. Con un vistazo fugaz había abierto la portada, verificado que el designado no era nadie de su confianza, y vuelto a cerrarla.
-          El Grupo Fénix maneja información estrictamente confidencial – objetó el General con seriedad, mientras se ponía de pie y sacaba a relucir su peor cara de verdugo implacable, que unida a su porte y su rango, le resultaría a cualquiera bastante intimidante – ¿Usted se hace responsable por este tipo? – el aire se había congelado súbitamente ante semejante desacato.
-          No sé a qué se refiere, General – le respondía el Ministro, dando por finalizada la forzada escena de cortejo. Pero sí sabía. Él sería ministro por un par de años y el presidente por un par de años más, pero el General llevaba ya cuatro décadas en la fuerza, y había sido encomendado por sus pares como el custodio de proyectos, personas y hechos que ellos consideraban fuera de la esfera de control de la política.
-          Eso es todo, General – lo dispensó secamente el Ministro. El militar se cuadró solemnemente, con cara de piedra y la vista clavada en el ventanal a espaldas del político. Luego giró sobre sus talones para dirigirse a la puerta sin pronunciar palabra.


Atravesó otra vez raudamente la recepción, hasta encontrarse en el pasillo con su Ayudante de Campo, justamente un Mayor que había rescatado del Batallón 601 de Inteligencia. Cuando entraron al elevador, le espetó el dossier de la designación sobre el pecho.
-          Quiero todo sobre éste tipo, su pasado, su familia, sus contactos, propiedades y viajes – le murmuraba conteniendo su enojo – Quiero un seguimiento 24/7, con teléfonos y micrófonos. Quiero que tenga una mujer y un amigo en quién confiar cuando llegue a su puesto… dos si es necesario. Consiga alguien de confianza y que arme un grupo de tareas con reporte directo. Es una operación de seguridad, no de inteligencia, no estamos buscando la mugre de este tipo, acá hay material sensible real en juego, así que todos tienen que revestir autorización A1.
Cuando el elevador llegó a su piso, el General oprimió el botón del piso donde trabajaba la Jefatura de Inteligencia del Ejército.
-          ¡Está lleno! – tronó la voz del General, haciendo saltar a los que esperaban el ascensor del que él descendía, luego se volvió hacia su Ayudante – Esto tiene máxima prioridad. Repórtese en 24 horas.
El ascensor cerró sus puertas y el Mayor recién pudo ojear un instante la carpeta que le había entregado. La referencia del expediente: “Designación Enlace Civil Grupo Fénix” lo puso en circunstancias inmediatamente. Esto podía ser complicado…