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domingo, 6 de marzo de 2016

36. Excursión

Base Aérea La Joya, Arequipa, Perú.

El Comandante Arízola terminó de darle sus órdenes al más nuevo de sus pilotos. Hizo la venia y caminó hacia la puerta del salón táctico para continuar con su rutina. Iría bien. Era sólo una “excursión”, como la conocíamos, para quitarle el dramatismo de designarla “incursión”; una misión de reconocimiento que indefectiblemente todos en su momento habíamos sentido como nuestra primera misión de combate. Había llegado su hora. Necesitaba que todos sus hombres experimentaran en carne propia esa sensación de peligro, que vulneraran las fronteras del enemigo, que burlaran sus defensas y violaran sus secretos, que le perdieran el respeto y el miedo. Si para hacerlo los Mirage no tuvieran que volar a dos veces la velocidad del sonido, obligaría a sus aviadores a asomarse de sus cabinas y escupir sobre los usurpadores chilenos. Era la actitud necesaria si algún día debían apretar el gatillo y aniquilar al enemigo frente a frente.
“Valentín”, de valiente. Su padre le había hecho justicia. Se lo tenía merecido. Entrar en los “Halcones” no era un trabajo para flojos ni cobardicas. Antes había más cazas, y más pilotos para cada uno. ¿Hubiera podido él ingresar en el Ala Aérea 3 que hoy comandaba, 30 años después? Tonterías, seguro que sí. Ya se estaba poniendo viejo a pesar de su frondoso bigote negro. Contemplaba a estos críos con demasiada condescendencia. Casi con cariño. El joven teniente continuaba erguido en silencio, observando detenidamente el mapa tras la lámina de acrílico, marcado con las piernas de su misión. Estos jodidos críos tenían la edad de sus hijos. Uno de ellos, el más cabrón, estaba en una patrullera fluvial en la Amazonía; otro, el más necio y terco, en comunicaciones, voluntario en el VRAEM, condenado crío; y el más avispado, rascándose los huevos en los Arsenales de la Marina, en El Callao. ¿Los mirarían sus comandantes como los miraba él? Qué mierda. Ellos y estos. Todos eran sus condenados críos.
Había pasta de Líder de Escuadrón en ese Valentín. Sería un buen piloto de combate. “Capitán Valentín De la Serna” fantaseaba. En posición de descanso, procuraba lucir confiado, preparado, profesional. Le reconocía el esfuerzo, porque todos los pilotos de combate tenían su vanidad. Era un gaje del oficio. A pesar del aire acondicionado, se restregaba las manos a sus espaldas para secar el sudor de las palmas. Por algo los guantes eran el mejor amigo del aviador. Malditas manos. Siempre se negaban a dejarse convencer que uno tenía todo bajo control.
-          Desde que comando el Ala 3, hemos hecho las “excursiones” 64 veces satisfactoriamente. Cada uno de nosotros – el veterano comandante buscó inspirarle confianza.
-          ¡Si-se-ñor! – respondió marcial el piloto, girando sobre sus talones y poniéndose firme para saludarlo.
El comandante le devolvió el saludo antes de retirarse. Obvió un detalle a conciencia: otras tres veces, no.
Una hora más tarde, la claridad apenas despuntaba y en soledad Arízola observó despegar el Mirage del teniente De la Serna. Caminó despacio hacia la torre para monitorear el progreso de la misión. Iría bien.


Un rato más tarde, entraba con su taza de mate cocido con leche a la torre de control. Su oficial de operaciones, el Capitán Alejandro Aybar, supervisaba los datos del controlador de vuelo ploteándolos con un fibrón rojo sobre el mapa de situación.
-          Vuela rápido, vuela bajo –  informaba el Aybar a su superior – lo perdemos constantemente entre las montañas.
-          Registre los puntos ciegos del radar para contrastarlo con la trayectoria que nos devuelva De la Serna – le ordenó – en algún momento el enemigo vendrá en sentido contrario, y quiero saber con exactitud dónde podría esconderse.
El Mirage de De la Serna haría un último contacto con la base para confirmar su orden de proceder. Arízola interrogó con la mirada a su oficial, quien verificó una vez más con el operador de radar que ningún interceptor chileno estuviera en el aire. El llamado de “Siervo” no tardó en llegar. El comandante tomó la radio y confirmó.
-          Despejado, Siervo, proceda – no se permitiría dudar como para que ameritara elevar una plegaria. Iría bien.
El avión del teniente De la Serna trepó arrastrándose por la ladera noroeste del volcán Tacora y salió disparado a 1600 km/h hacia el cielo en dirección a Putre. Necesitaban esas fotografías. Sólo unos minutos. Iría bien.
-          ¡Misil! – gritó el piloto en la radio – ¡Misil antiaéreo desde las 2 en punto! ¡Rompo a la izquierda!
-          ¡Siervo! ¡Descienda! ¡Apague los quemadores! – el veterano comandante todavía tenía la radio en sus manos y reaccionaba con reflejos de piloto. Tenía que ser infrarrojo. Un lanzador portátil en manos de una patrulla. ¿Cómo demonios se atrevían a dispararle así? – ¿Dónde está? – le reclamaba a su oficial, que se había zambullido sobre el mapa con la misma duda.
-          Ya tendría que haber pasado Hospicio – intentaba responder el Capitán Aybar, mientras proyectaba rectas con su regla y transportador – va a pegarse al Churicagua hacia Colpita... el misil tiene que venir de la 135… ¿un vehículo de patrulla?
-          Sus vehículos antiaéreos no patrullan – respondía el comandante sin mirarlo, con el ceño fruncido tratando de dilucidar la situación – tampoco es un lanzador portátil, a nadie se le ocurriría pegarle a un Mirage en altura con eso… es un lanzador móvil con montaje fijo… un montaje fijo… alguien lo montó ahí – los ojos de ambos aviadores finalmente se encontraron.
-          ¿Nasams? – preguntó inquieto el Capitán Aybar. Si se trataba del sistema antiaéreo más moderno de Chile, y posiblemente del continente, las posibilidades del piloto de sobrevivir un ataque de frente por sorpresa eran de escasas a nulas.
-          ¿Le parece colocar un arma de primer perímetro en el medio del desierto, Capitán? – le increpó con decepción, resultaba indigno de un oficial dejar que su claridad sucumbiera ante sus miedos en un momento de crisis  – Tráigalo de vuelta – le ordenó con severidad – ¡Usted! póngame con el jefe de los dragones – le indicaba a otro. Demasiados críos en esta unidad.
-          ¡Siervo! ¡Aborte! ¡Aborte! – el Capitán repetía su orden en la radio, sin respuesta – probablemente está muy bajo, señor – quería creer – y no nos reciba.
-          Dónde está… dónde está… – intentaba dilucidar Arízola reclinado sobre el mapa – si decide virar hacia el norte, puede regresar y tendríamos que verlo aproximarse a Visviri – su subordinado no parecía demasiado convencido – O puede haber tomado hacia el sur… tratar de completar su misión aproximándose a Putre desde el este… – ahora el Capitán lo miraba con resignación – si… no va a volver… maldito crío….


Un Técnico le acercaba el teléfono con la llamada que había solicitado – consígame con Jefe del Estado Mayor ¡en persona! – le indicó, dejándole en claro la urgencia. Del otro lado de la línea, el Mayor Raúl Bastín, jefe del Escuadrón Aéreo 211 “Dragones del Aire” interrumpía su desayuno para atenderlo en su celular desde el casino de oficiales. Como el Grupo Aéreo 2 no tenía previsto volar ese día, el jefe se había propuesto relajarse – algo que no le era fácil ni le pasaba seguido –  y  había muy pocas cosas en el mundo que podían desviarlo de su propósito, cualquiera que fuera.
-          ¿Dónde estás Raúl? – lo increpaba el comandante – ¡tenemos una situación aquí arriba! – no llegó a escuchar la respuesta de su interlocutor, tal vez para mejor, porque no fue propia de su rango.
-          Tengo a los interceptores en el aire – informaba el controlador de vuelo perturbado – son cuatro, mi comandante.
-          ¿Cuatro? – se sorprendió, usualmente era uno o dos, algo estaba pasando – Quiero la base en estado de alerta, convoque a todos los demás – le ordenó a su oficial de operaciones – Espérate un segundo – mantenía al jefe de helicópteros en la línea, que volvía a insultar por lo bajo – ¡Alejandro! – volvió a llamar al oficial, la preocupación se traslucía en su rostro – Que salgan Rosales y Victorica.
El Capitán Rosales y el Teniente Victorica eran los pilotos en ese momento de guardia para los dos interceptores siempre listos en La Joya. El jefe tendría que definir rápido una orden para ellos. Los interceptores no despegan para salir a pasear, y lo saben.
-          Creo que lo tengo – informaba el controlador de vuelo – salió de Putre y rompió a la izquierda hacia el sur… sigue muy bajo… vuelve a meterse entre las montañas… en dirección a Socoroma… ¿qué hace? ¡está yendo hacia los F-16!
-          Podría haber huido volando bajo hacia Tacna – comentaba el Capitán Aybar a su superior – Algo lo hizo volver… Tiene que haber otras baterías en la 135 – el veterano volvía a mirarlo con respeto, cuando no perdía la cabeza sabía hacer su trabajo.
El Mayor Bastín ya se estaba cansando que interrumpieran su desayuno y su descanso para dejarlo esperando en la línea del teléfono. El idiota siempre se sintió más que yo. Quiere demostrármelo. Yo también podría ser comandante si el Ala 3 se hubiese dividido en dos, separando aviones y helicópteros. Viejo idiota.
-          ¡No, maldita sea! ¡No voy a mandar un condenado Huey! – le gritaba Arízola al jefe de los dragones, que no podía dejar de imaginarse una misión de enlace en vez de un rescate aéreo en una zona hostil – ¡Prepare dos aeronaves armadas!
El Técnico le acercaba presuroso otro teléfono, tenía al Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea en línea. El Comandante Arízola cortó con el Mayor Bastín sin mediar palabra. Una mesa del casino de oficiales voló de una patada.
-          Teniente General – procuraba recuperar la compostura, él había sido parte del Ala 3, él comprendería – tenemos un Mirage de “excursión” bajo fuego en territorio chileno. Le solicito autorización para realizar una incursión con fines disuasorios…
Así eran las “excursiones”, unas sesenta podían salir bien, pero cada tanto, alguna salía mal… 

viernes, 4 de diciembre de 2015

35. Testigo

Antofagasta, Región de Antofagasta, Chile


A pesar que su carrera de corresponsal lo llevaba de un punto a otro del planeta, Bruno Blumenau no disfrutaba en lo más mínimo las cabinas presurizadas de los grandes jumbos. En otra época, hubiera alquilado una camioneta y manejado los 1300 kilómetros en un día, pero ahora, la corporación se encargaba de preservar su tiempo libre y el bienestar de sus lumbares.
Su editor le había asignado un aburguesado coordinador de contenidos para asegurarse que se mantuviera fuera de problemas, de manera que el periodista belga había debido montar un itinerario de notas de color para justificar su viaje al norte del país. La pesca artesanal en Arica -y de paso la controversial frontera marítima-, la Zona Franca de Iquique -junto al contrabando y el violento resurgir de las drogas- y finalmente, Las Ruinas de Huanchaca, La Portada, la Mano del Desierto y el equinoccio de otoño en Antofagasta para descontracturar. Seis notas, dos semanas fuera de Santiago, su inocente sabueso conforme y todos contentos.
Tenía la boca seca, después de haber ordenado café negro, cuando la única mísera colación en ese vuelo de dos horas era un paquete de maní salado. La gran pantalla al frente mostraba a los pasajeros que habían dejado atrás Copiapó. Se aproximaban al radiofaro de Taltal y la última pierna de su derrotero.
El capitán no había apagado la señal de abrocharse el cinturón en todo el vuelo, por pereza o descuido probablemente. No habían sufrido ninguna turbulencia por ahora. Las luces indicadoras sobre su cabeza le recordaban a Bruno de las épocas en las que se podía fumar en los vuelos comerciales; de aquella vez que voló con los Spetsnaz en un Cheburashka desde Kubinka a Grozny. El humo del tabaco cubano que enviciaba a los comandos rusos se había quedado tan impregnado en su memoria que creía poder descubrirlos, aún en los densos bosques Georgianos, emboscados tras su indistinguible camuflaje. Estiraría un poco las piernas y le haría la vida más fácil a su próstata, y de paso, aprovecharía a visitar la cocina en la cola del 737 de LAN antes que comenzara el descenso.
Descorrió como si nada la cortina del pasillo que separaba la sección trasera del pasaje. No le había llamado la atención, pues durante las noches en los largos vuelos intercontinentales, usualmente se mantienen así para aislar lo más posible el ruido y la luz de quienes como él, se empeñan en seguir despiertos leyendo a pesar de los denodados esfuerzos sedativos de la oscuridad general y la calefacción central. En retrospectiva podría haberlo sospechado, tratándose de un vuelo corto matutino, pero la escena lo sorprendió. ¿Un equipo de rugby? No, son demasiados. La sección trasera completa estaba poblada de muchachotes musculosos, varios fuera de sus asientos, conversando en reducidos grupos. De inmediato todos ellos cortaron sus murmullos y sus caras se voltearon hacia él. Un patrón. Pelos rapados, cuellos y mandíbulas gruesas. Atención. Problema. La azafata recorría raudamente el pasillo desde el fondo para interceptarlo. Modo supervivencia. Alzar el inocente vasito descartable para que todos lo vean. Cara de bobo. Por allá uno que les dice a otros que se sienten. Peligro. Encorvado. Hacerse el viejo. Sólo quería café. Mejor en francés. Je m`excuse mademoiselle…
Se sentó, agradeciendo graciosamente a la diligente muchacha, que por alguna lógica misteriosa, insistía en hablarle en inglés para hacerse entender. ¿Qué demonios fue eso? Un suave “bling!” lo arrebató de seguir rumiando obvias conjeturas. El Comisario de a Bordo anunciaba que comenzaban el descenso. Estaban por aterrizar en Antofagasta. Aprestó su celular contra la ventana, que recorrería el Aeropuerto Internacional Andrés Sabella Gálvez y la base aérea Cerro Moreno de punta a cabo. Lo cubrió con su pesado gamulán, para no despertar sospechas.
El veterano corresponsal belga de Reuters tenía una corazonada. La “perla del norte” era el centro neurálgico de todo el teatro de operaciones septentrional del país. Constituía un vital nodo logístico en el que confluían el aeropuerto internacional, un puerto de aguas profundas, el extremo oriental de la Ruta Intercontinental y la terminal de los ramales ferroviarios a Bolivia y Argentina. Consistentemente, en la ciudad se hallaba emplazado el cuartel general de la 1º División del Ejército de Chile, la sede de la unidad logística y los arsenales. La 6ta División de Iquique es la formación en la primera línea del frente; así que siempre estaba en alerta. Pero la potente 3ra Brigada Acorazada “La Concepción” de Antofagasta constituía la reserva estratégica del frente norte. Si la corazonada de Bruno era correcta, tendría que haber mucho movimiento en ese lugar, y la posibilidad de que LAN estuviera transportando militares discretamente por avión podría ser un indicio de la urgencia. Se forzó a dudar. Suspiró. Deseaba en el fondo estar equivocado. La aeronave tocó suelo junto a él. Suficiente. Si algo estaba en movimiento, él lo vería moverse.


-          ¿Qué hace ese tipo ahí? – apareció de improviso el oficial de guardia del aeropuerto, interrogando con su vozarrón severo y usual antipatía a la sorprendida operadora de las cámaras de vigilancia en la terminal, que había saltado en su silla. El coronel de la Fuerza Aérea de Chile había sido recientemente asignado a la tarea de llevar a estándares de nivel “paranoia norteamericana” un personal e instalaciones más bien relajadas, con el ridículo requerimiento adicional de que “el público no debía notarlo”. De manera que había optado por desatar un infierno puertas adentro y transferir su frustración para con sus superiores hacia las miserables vidas de sus subordinados.
El “tipo” en cuestión estaba sentado en el área de arribos, junto al carrusel de equipajes, revisando un aparato electrónico. Además, esperaba el desembarco del contingente militar del vuelo en el que venía, mientras revisaba la toma que había realizado durante el aterrizaje, aunque eso no fuera evidente a los ojos de la cámara de vigilancia que lo enfocaba.
-          Registren todo el tráfico actual de la red pública – ordenó el coronel antes de estrellar el teléfono en el oído del responsable de Sistemas. Estando alejado de todo, el aeropuerto no tenía más acceso a Internet que la señal wi-fi de libre acceso del servidor propio. Esa red pública estaría amparada por las garantías constitucionales usuales, si el servidor no hubiera sido instalado en la base militar y esa base no estuviera en estado de alerta y movilización por un decreto ejecutivo secreto. Detalles fuera del interés del público general…
Bruno no pudo distinguir mucho de la parte sur del aeropuerto, donde su vuelo tocó tierra a mayor velocidad, pero el carreteo hasta la calle de tránsito al final de la pista le garantizó una imagen más estable. Su experiencia le permitía identificar los modelos de varios vehículos militares. El clásico C-130 Hércules no fue ningún desafío, la duda fue su distintivo de cola. La fuerza aérea chilena no utiliza el clásico rondel. Quería estar seguro de interpretar bien los colores, aunque estaba bien familiarizado con las aeronaves de su país vecino como para comenzar a preguntarse: ¿qué hacía allí un avión de transporte de las fuerzas armadas holandesas?
Luego de un rato, los pasajeros de su vuelo ya habían partido, el equipaje de Bruno era el único que aún giraba por el carrusel y claramente los militares que él esperaba observar con más detenimiento descenderían por una puerta lateral fuera de la vista del público. Presionó “enviar” y guardó su teléfono. La conexión era demasiado lenta como para subir un video, pero unas capturas de pantalla bastarían. Resignado, se incorporó para tomar su pesada maleta y continuar su camino.
-          Descanse ¿Como estuvo el viaje? – preguntó el oficial de guardia al teniente a cargo de los comandos recién arribados.
-          Sin novedad – informó el teniente – sólo un vejete francés medio perdido se asomó un segundo a donde estábamos, pero la Subteniente Gonzaga lo sacó volando… la perra es brava hasta vestida de azafata – intentó bromear, aunque pronto descubrió el temple de su superior. El coronel seguía impávido observando fijamente el monitor de la cámara de seguridad.
-          Ése es el viejo – comentaba el teniente, luego de asomarse a curiosear el monitor ante el silencio de su interlocutor.
En ese momento, Bruno levantaba del carrusel su enorme valija, como si estuviera llena de plumas, para dirigiéndose a paso firme hacia la salida. El oficial cruzó su mirada de disgusto con la de sorpresa del joven teniente. Levantó el teléfono para ladrarle sus instrucciones a los controladores de aduana para que lo demoraran y luego al equipo de seguridad apostado junto a la entrada. Sólo le restaba observar si alguien más allá afuera lo esperaba.



Previendo la ausencia de su colega y amigo, Vincent Manta le propuso al editor de Associated Press Latinoamérica su propio paseo por el barrio. En su caso hacia el sur, a los tribunales de Talcahuano, donde se estaba sumariamente procesando con prisión preventiva a los indígenas araucanos acusados de instigar la violencia separatista mapuche, y controlando con custodia domiciliaria y personal a sus líderes políticos de extrema izquierda. “La justicia republicana y las fuerzas de seguridad federal dando cuenta del terrorismo y la agitación comunista”. El editor norteamericano compró sus notas sin dudar.
Se encontraba entrevistando un conductor al que la noche anterior le habían incendiado su camión maderero. Cuando vibró su celular al recibir el mensaje de Bruno, decidió tomar un receso y dejar que el fotógrafo hiciera algunas tomas. Tres fotografías adjuntas al mensaje y una forma brutalmente sintética de expresar sólo-Dios-sabe-qué que se imaginaba que había registrado: “WTF??”. Maldito Bruno ¿Qué demonios quieres que haga con esto?
Meditó un segundo. Su fotógrafo le hacía señas que había terminado y lo esperaban. Sí, ya va. Cerró los ojos para concentrarse. Escribió unas líneas un poco más amigables para su contacto en la agregaduría militar de la embajada norteamericana en Santiago. Tal vez pudiera conseguir una excusa para que ese Hércules extranjero se encontrara allí. Maldito belga loco.

domingo, 19 de abril de 2015

34. Usuarios…

Montevideo, Uruguay.
  

Patricia era un genio. Si en una habitación colocabas mil personas, la estadística decía que novecientos noventa y nueve eran mentalmente más lentos que ella. Como resultado, el mundo se movía demasiado despacio a su alrededor. Su mente no solamente percibía lo que pasaba, sino que indagaba lo que había pasado, proyectaba lo que podía pasar y fantaseaba sobre infinidad de variaciones. Todo al mismo tiempo. Muchas veces, esas disquisiciones resultaban más interesantes que la tediosa realidad. Muchas veces, la realidad debía esperar a que sus elucubraciones hicieran un paréntesis. Realmente le molestaba que la interrumpieran cuando estaba pensando… y siempre estaba pensando. De manera que se había ido refugiando en su lugar de tranquilidad para evitar que sucediera tan a menudo.
Su afección por la programación informática le había llegado tarde en la vida. Tenía para entonces más intereses y hobbies de los que pudiera haber libros en las librerías de su barrio. Pero había resultado ser un singular descubrimiento. Al parecer, alguna gente estaba dispuesta a pagar mucho dinero para que ella jugara con sus programas. Así había nacido Debugging, su firma unipersonal de consultoría informática, especializada en encontrar el granito de arena en los más descomunales engranajes de funciones, argumentos, parámetros, rutinas y procedimientos. Patricia había tenido que tomar ciertos recaudos para asegurarse que los quehaceres de ese emprendimiento no la molestaran en los momentos en los que trabajar no ameritaba su interés. Por ello había constituido Debugging como una sociedad anónima en Seychelles, controlada por un fondo de inversión panameño, solventado por un fideicomiso establecido en las islas Caimán, cuyo único accionista era una cuenta codificada en Suiza. Tampoco apreciaba que la estuvieran persiguiendo con llamados telefónicos y correos electrónicos, así que se manejaba únicamente por chat, siempre con una plataforma y usuario distinto, transmitiendo a través de media docena de anonimizadores desperdigados por el mundo. Salvo para los más dedicados, era sólo una leyenda urbana de los foros virtuales de hackers, y como nunca se había buscado problemas, ninguna agencia de seguridad pública o privada había hecho un esfuerzo serio por rastrearla.


Su último cliente decía ser funcionario del gobierno peruano en misión oficial, pero el pago había llegado a Bahamas a través de un depósito en efectivo. Realmente no importaba. El software de operadores bursátiles de alta frecuencia que le habían enviado no era ningún secreto, sino que estaba disponible comercialmente, y el cliente no buscaba aprender a romperlo, sino ver cómo era que ya se había roto. El sorpresivo crash de la Bolsa de Lima había inundado todos los medios latinoamericanos, pero no había un solo periodista “especializado” que lo explicara con un mínimo atisbo de sentido. Sarta de charlatanes, tratando de aparentar para mantener su trabajo. Una mínima mirada al programa les hubiera ahorrado toneladas de arteros rodeos en los titulares, alegorías infantiles para el público en general y rebuscadas falacias en los análisis detallados. Se imaginó que cuando se los explicara no podrían creerlo, y si alguna vez lo hacían, en última instancia no se lo reconocerían. Nadie disfruta descubriendo que es estúpido. Se conectó.

-          Hi :o) – qué encontré hola encantada de conocerte “fixer” idiota no te quedes conversando solo en la otra habitación te espera “F-U” si no es “fu” como en Kung-fu la gente no tiene modales holaaa me has encontrado parece que tienes un problema para encontrar “FxR” qué esperabas que encuentre bo encontrar implica que algo está escondido claramente o perdido que no es el caso te pongo un avatar de panda para que no te ofendas :P cáptalo solo “FXr” y aprende XD aprender no le hace mal a nadie perdón hola gracias esto está mejor no estas solo no es cierto “fixR” te da pudor hablar como una persona normal tal vez siglas te parece no lo creo un tanto pretencioso ya está hecha y la pisaste pero no vos esa es la sutil diferencia no creo que haya mucho para arreglar te estás luciendo los de la suela sucia te están mirando esto no te va a gustar ni a ellos en fin
-          Trojan =:O – si un caballo de madera vacío estás sorprendido bo yo también pero nadie entiende mis emoticones ustedes le abrieron las puertas lo hace más personal no hay nada malo con tu software digo no somos máquinas ni siquiera tenía soldados griegos dentro la revolución suicida troyana se lo hicieron solos tengo que conocer Mykonos todos los imperios colapsan hacia dentro tus usuarios tendrían que haberle preguntado a Helena te la das de princesa tomando sol en una playa nudista a las orillas del Egeo ella los conocía usuarios estás digiriéndolo es como ese trago con remolacha y vermouth que te invitó Santiago hay ciertas similitudes queridoooo no tengo todo el día stack-overflow f lee i opina x se enoja e duda que estás haciendo r hay una h siempre hay una h muda denial of user attack hola h quieres venir conmigo a Mykonos


-          PEBKAC – entiéndelo no hay peor sordo no hay nada que resolver me estás arruinando las vacaciones busca entre la silla y el teclado una suscripción no es spam una red zombie de usuarios zombies data smog no leíste a Toffler bo producción duplicación multiplicación contradicción la Torre de Babel los Jardines Colgantes quiero conocer Egipto h es muda y brillante Delfos o histérica y estúpida tarda demasiado Cassandra wow puntos suspensivos no se pongan densos la Muralla China hoy tengo clase cuánto tarda borrar 2000 mails aburríssss selfie con h en el Coliseo decime gracias y listo
-          wtf >( – eso estuvo mal bo over 9000 otra vez lo arruinaste cambio y fuera balls-overflow métanse el segundo pago en el culo de nuevo Cassandra yo si se lo que hago basta de hablarme sabía que eras un estúpido la maldición es aburrido ser inteligente dónde están mis medias por algo no lo encontraste la vida no tiene sorpresas 1+1 esto fue por algo tengo que ir a Kyudo no lo ven arde Troya y nadie va a creerte /b/ power me dio como para seis meses tu dinero no desapareció se fue a otro lado yo no quería que pasara las casualidades no existen porqué lo hiciste tengo que cambiar el arco el logout es automático la sangre no veo las llaves Apolo basta no quiero Príamo yo no por algo pasó estás loca bastaaaa vas a aplastarte las orejas no quiero mocosa soy Helena no soy Cassandra eskizo soy Helena era un arma maliciosa está bien quiero conocer el Egeo está bien no llores


miércoles, 8 de abril de 2015

33. Veneno Blanco

Iquique, Región de Tarapacá, Chile.


Por tercera vez en la semana, los comandos del Grupo de Operaciones Policiales Especiales (GOPE) se disponían a allanar otra sucia y derruida guarida de narcotraficantes. Imprudentemente confiados por la cotidianeidad que estaban teniendo estas operaciones, y al mismo tiempo, angustiosamente concientes de que día por medio estaban apostando sus vidas, o al menos su integridad física, y que a uno de sus compañeros ya se le había acabado la suerte.
-          ¿Así que esto son los criminales internacionales más buscados por INTERPOL? – comentaba con sarcasmo el joven Cabo a su superior – los campalla estos no tienen pinta de haber viajado mucho…  El jefe del operativo optó por hacer caso omiso del comentario. Se estaba repitiendo cada vez más entre sus hombres. Los tenían cazando ratones. Alguien les había dado armas largas, pero eran sólo ratones.
Tenían órdenes de trabajar solos, al margen de la policía local. Les soltaban la rienda para caer por sorpresa donde sea... en algún momento se encontrarían esposando a uniformados corruptos. Para entonces, más vale que sus amigos de arriba fueran más poderosos que los amigos del arrestado, o él mismo se convertiría en la víctima del “caiga quien caiga”. De cualquier modo, tenía fe en que el General Director debía considerar necesaria toda esta limpieza y que no se trataba de sólo una mezquina pelea interna de la política. Esa confianza era una singular ventaja de un Carabinero respecto de cualquier policía latinoamericano. Tal vez un asunto de los que estarían discutiendo en las reuniones secretas del Consejo de Seguridad Nacional. Hacía tres meses les había tocado a ellos mismos la custodia de una de ellas. Se había enterado por sus camaradas oficiales de otras reuniones más. Algo se estaba cocinando.
-          Tengo movimiento en la puerta sur – informaba el observador del Equipo 2 – un masculino, encapuchado; trae una mochila y un paquete… – nuevamente el responsable de la operación sumía su atención en la transmisión – no… cruza la calle hacia el umbral del edificio de enfrente… tal vez no sea nada – finalizaba el reporte. Maldita tensión, maldita espera. El trabajo alejado del día a día en la calle le había hecho perder el hábito de la paciencia. Bebió de su cantimplora para despejarse.


Ameritaba una circunstancia ineludible para justificar el costo político, el despropósito táctico y el riesgo personal de usarlos para barrer con el Cártel de Iquique. Terminaban siendo un equipo harto grande y harto potente para la tarea. Veinticuatro comandos para levantar siete piojosos de la calle. Podía recuperar un 747 secuestrado en Pudahuel con semejante tropa. Un verdadero desperdicio. Cualquiera de estos cogoteros podía llevarse puesto a uno de sus hombres. Los AK-47 les daban esa mínima chance… Marcos tenía sólo 23 años… era su tercera misión. Cuando se acercó al umbral de la casa de su madre para anoticiarla de su deceso, hubiera deseado que una devastadora metralla atravesara la puerta hacia él como la había atravesado hacia Marcos, y lo dispensara del doloroso encuentro... Ya se había picado, carajo. Tenía sus órdenes. Iba a cumplirlas. Pásame la radio.
-          Dos ¿cuántos tenemos? – llamaba el Capitán del GOPE, hurgando por las ventanas mal tapiadas del añoso edificio abandonado, cruzando un baldío en la esquina opuesta al gran depósito que vigilaban.
-          Sin novedades, Capitán – respondía presto el observador del Equipo 2 – siete en total, dos en el vehículo de la puerta, tres en la oficina arriba, y dos más en algún lado.
Estos dos centinelas ambulantes podrían llegar a ser un problema. No podía calcular su posición. Le restaban precisión a su plan, y en su oficio, la imprecisión era un pecado mortal.
-          Equipo 4 – retomaba el transmisor – sobre el techo. Necesito ubicar esos dos vagabundos. 2, cúbranlos. 3, sobre los guardias de la puerta. Si algo se mueve quiero saberlo – su atención se apartó de la confirmación al entrar el Inspector de la Sección de Investigaciones Policiales acompañado de un extraño – ¿quién es este? – hizo patente su disgusto.
Iba de civil pero olía a servicios. Asuntos Internos tal vez. Había habido mucha sangre en las últimas semanas. Estaban extraditando a Colombia todo tipo de escoria bajo cargos de terrorismo y narcotráfico. Demasiados allanamientos, demasiados arrestos de fulanos que vivieron demasiado tranquilos por demasiado tiempo. Él no dudaría en cumplir con las Cédulas Rojas que llovían desde INTERPOL, pero sin duda alguien las estaba fabricando, y eso agitaría el nido de los escorpiones.


-          Este es el Mayor Gonzaga, del Ejército – replicaba el Inspector de la SIP, procurando menguar el temple intempestivo del oficial dirigiendo la operación – está aquí para asesorar en lo que sea necesario.
-          Entonces su presencia no va a ser necesaria hoy, Mayor – lo desdeñaba el comandante – tenemos suficiente experiencia atrapando narcos, en especial en estas últimas semanas…
-          No son narcos, comandante – retrucó el militar – son terroristas; agentes extranjeros o traidores a la patria. Tal vez no sea una distinción para la justicia civil, pero lo es para la justicia militar.
-          Esto no es una operación militar, Mayor – le aclaraba frente a frente – y no lo necesito aquí, así que puede retirarse.
-          Tal vez le convenga que lo sea, Capitán – le advertía – así que me quedaré ¿tienen café?
-          Atención. Tres a Base, tenemos movimiento – interrumpía el líder del Equipo 3.
-          ¿Quién demonios es este tipo? – le reprochaba el Capitán del GOPE al Inspector de la SIP antes de responder a la llamada; mierda de política ¿quién carajos le manda al Ejército a meter las narices? – Adelante tres, lo escucho.
-          Uno de los guardias cruzó hacia el umbral de enfrente, donde estaba el encapuchado. El tipo se descubrió y tiene serpientes tatuadas en la cabeza – quería ser cauteloso para no cagarla – ¿tal vez sea ese “Cuervo” que estamos buscando? – los oficiales a cargo del operativo cruzaron las miradas dubitativos.
-          ¡Que dispare! – intervino el Mayor del Ejército – ¡Dígale a sus tiradores que disparen! ¡Ya! – hacía tronar su voz marcial.
-          ¡Ya cállese, carajo! – resistía el Capitán – ¡Somos policías, que mierda! ¡No le voy a volar la cabeza a un tipo así como así! – el militar se retiraba desairado del lugar – ¡Tres! Necesito una confirmación visual – y ante la duda de su subordinado – ¡Ponga su maldito celular en la mira telescópica y mándeme una foto del sospechoso a mi WhatsApp!
Treinta segundos después, la foto del sospechoso aparecía en la pantalla del celular del Capitán. Justo a dos pasos de que el “cuervo” Almaraz ingresara en el depósito asediado. El Inspector de la SIP concordaba, tenían al número dos de la Brigada Bolivariana en sus manos. Esto podía ser grande. Muy grande.
-          ¡Capitán! – los interrumpía el Cabo a su lado – ¡el milico ese se está mandando solo a encarar al guardia que queda!
-          ¡Hijo de mil putas! – gruñía el Capitán empuñando el transmisor – ¡Atención todos! ¡Listos para entrar a mi orden! Tres, cubran al masculino que se acerca a la puerta sur, es de los nuestros – la precisión se le había ido al carajo…


El Mayor Gonzaga desenfundó su Glock 18 y atinó tres disparos a quemarropa sobre el pecho del guardia. Cuando el estruendo llegó a las terrazas, los francotiradores del Equipo 2 tomaron sus marcas y los tres sospechosos en la oficina cayeron heridos casi simultáneamente. La mitad de los sospechosos había caído en los primeros 10 segundos del enfrentamiento.

Los dos oficiales entraron a la zaga del equipo táctico, el Capitán del GOPE hacia abajo, tras los pasos del “cuervo” Almaraz, y el Inspector de la SIP hacia la evidencia en la oficina del primer piso.
-          ¡No lo haga! – le gritó el Mayor Gonzaga al Inspector, que se proponía sentir el sabor en la boca de la blanca sustancia, usando esa misteriosa habilidad policial de catación de narcóticos que no llama tanto la atención como debiera – Es veneno.
El investigador inicialmente sonrió ante el sarcasmo con inocencia, pero las facciones pétreas del militar lo hicieron dudar.
-          Mortal, con dos o tres dosis – continuaba explicándose, ante la suspicacia del veterano policía – No son narcotraficantes Inspector , son terroristas…
Un comando informó al Inspector que abajo habían encontrado a su sospechoso más buscado. Cuestión de códigos. Un arresto con un gran potencial mediático le correspondía por ser el oficial de mayor rango.
-          Espere, Inspector , escúcheme – se interponía el militar en su salida – No puede bajar ahí. Va a matarlo. Si puede, va a matarlos a todos – le arrebataba la radio y la ponía frente a su rostro –  Dígale a sus hombres que disparen. Sólo acábelo.


El “cuervo” estaba rodeado, atrapado en una habitación del subsuelo. Un laboratorio. Los precursores y aditivos desparramados entre bidones, mesas y jarros agujereados por las balas. Estaba herido. Nuevamente el paréntesis del trágico final, donde se debe convencer al idiota de no inmolarse. Ahí estaba la sangre y estaba la droga, los infaltables condimentos de la desgracia. La escena se repetía en la mente del Capitán. Casi ya no concebía una sin la otra. Droga y sangre, sangre y droga… y Marcos… maldita droga.
La explosión sacudió los cimientos del depósito, que se derrumbó casi completamente.


martes, 17 de febrero de 2015

32. Lima 1315

Lima, Perú.


Luis disfrutaba de holgazanear un rato más en la cama, deleitándose viendo a Sherezade pasearse semidesnuda de aquí para allá mientras se secaba el pelo, se encremaba, tomaba sus vitaminas, elongaba, elegía qué ponerse, y todas esas cosas que cada mañana hacía una mujer tan incomprensiblemente vital desde el minuto que se levantaba. Él estaba dispuesto a encarar ese viernes de forma relajada. La noche anterior habían salido, tomado, comido, tomado, bailado, tomado y vuelto al penthouse a revolcarse hasta que el sol comenzaba a despuntar. Poder arrancar a mediodía no le pasaba seguido, así que mejor hacerlo valer. Los socios de Dyrah habían organizado un día al aire libre para reforzar el espíritu de equipo o algo así. Una de esas excentricidades posmodernas para compensar la denigrante explotación a la que eran sometidos los “jóvenes profesionales” en las empresas de vanguardia, por hacerse de experiencia y currículum. A diferencia de la diligente Sherezade, él ya no estaba impelido a cumplir con esos estúpidos rituales. Luego de la implementación del proyecto de los operadores bursátiles de alta frecuencia, se había convertido en Junior Partner y el halo del “éxito” lo distinguía de los demás simples mortales.
-          ¡Luis! – lo llamó desde el living – ¡Ven pronto, tienes que ver las noticias!
-          ¡Estoy desayunando! ¡Dime en qué canal! – le respondió molesto, cabeceando sin demasiado entusiasmo para ver si encontraba a su alrededor el control remoto del televisor de la cocina.
Lima no es un lugar donde valga la pena tener toneladas de dinero. Seis meses de obra le tardó conseguir el departamento a su medida, derribando las paredes de tres unidades para conseguir algo decente como en otras ciudades del mundo. En consecuencia, el amplísimo departamento los estaba acostumbrando a comunicarse a los gritos. Problemas de ricos. Afortunadamente, en cada ambiente había un televisor. Nada lo iba a interrumpir mientras experimentaba vertiendo un chorrito de ese refinado licor francés de frambuesas negras en su tazón de cereales con frutas secas. Después de todo, la botella le había costado tres millones de dólares.
-          Me voy para la oficina – anunció apresurada asomándose a la cocina – tengo 873 mensajes nuevos y 19 llamadas perdidas – le advirtió con seriedad mostrando su celular – Luis, tienes que prender el noticiero, puede ser importante.
Él la dispensó con un gesto desdeñoso, mientras se recostaba en la silla y ponía las piernas sobre la mesada, haciendo un dramatizado gemido de placer al degustar la primera cucharada de su excéntrico preparado. Ella partió desairada. Histérica. Aprende a configurar el anti-spam y no me molestes. No sabes lo que es bueno. Luis manoteó su celular, lo puso en el bolsillo del pantalón de su pijama de seda y salió con su tazón al balcón terraza, apoyándose en la baranda para verla partir. Extraño… todos esos móviles de la policía.
La pequeña figura de Sherezade apareció diecinueve pisos más abajo atravesando a paso ligero el jardín y la cabina de seguridad hacia la calle. Inmediatamente, unos hombres se abalanzaron sobre ella. El desayuno de Luis cayó al piso cuando la vio siendo arrastrada dentro de un auto, que emprendía la marcha velozmente. La habían secuestrado. ¿No lo han visto? Serían narcos o algo. ¿Cómo no lo vieron? Debía llamar de inmediato a “Pipo”, el jefe de seguridad del estudio. Él conocía a todos los comisarios y sabría qué hacer.


Se detuvo en seco ni bien volvió a entrar al living. 946 mensajes nuevos, 36 llamadas perdidas. Por primera vez notó la pantalla de la televisión cruzada por un titular de “Crash Bursátil” y la tira de cotizaciones de treinta puntos en rojo desfilando por el teletexto. Su corazón comenzó a zapatearle el pecho. Recorría su bandeja de entrada tratando de encontrar alguna pista, pero era imposible, la avalancha de alertas de cotización le impedía encontrar nada. De a 25 encabezados por vez, tuvo que latigar la pantalla casi 40 veces para vislumbrar al menos a la pasada los textos de Asunto. Al final, eran todos una seguidilla de Re: y Fw: de las alertas anteriores. Le estaba llevando demasiado tiempo. Tenía que poder filtrarlo. Un sudor frío lo iba invadiendo. Lo hizo saltar el chirrido del portero eléctrico. Caminaba hacia él inmerso en su celular. Mensaje del “Turco”, su jefe. Es éste. El portero eléctrico insistía. Ya va, carajo. “Lima 1315”. ¿WTF?
-          ¿Quién es? – atendía molesto. ¿Qué pasa en Lima? ¿Una acción a 1315? ¿Bonos de Lima? ¿Reunión en Lima? ¿A las 13:15? ¿Dónde? – ¿Hola? Hooolaaa – Lima… Lima… ¡Vamos, piensa! Vamos… “Vamos en el Lima” podía escuchar al “Turco” en su mente “Vamos en el Lima” “Fuimos en el Lima” claro, el Lear Jet, es Lima Zulu… algo, pero no es 1315. Maldito portero eléctrico – colgó – a las 13:15, en el Lear, a las 13:15… se están rajando a la mierda – quedaba petrificado – hijos de puta se están rajando a la mierda – reaccionaba – ¡12:37! ¡'tamadrecarajo! – corrió a buscar las llaves del Porsche. Aunque fuera en pijama, todavía podía llegar. El estruendo lo detuvo a un paso de la puerta principal.
-          ¡Policía! ¡Abra Barrios! Sabemos que está ahí. –  los golpes eran cada vez más violentos.
Luis corrió hacia la puerta de servicio, pero antes de llegar escuchó el mazazo tratando de derribarla. Instintivamente, se dirigió hacia el balcón. Tenía que salir de allí. Tenía que llegar al avión. La terraza de Susana, su vecina de abajo. Se tiró al suelo y llegó al final de la terraza gateando. Ya estaban en el living. Todo un grupo comando. Trepó a la baranda temblando. Comenzó despacio a descender. Recién entonces lo invadió el vértigo. Se paralizó. Transpiraba. El jardín se veía cada vez más diminuto, colgado a diecinueve pisos de altura; doble altura… Observaba una paloma acercándose por la cornisa como si se tratara de un tigre de Bengala acechándolo.


-          Así quería encontrarlo… – sonreía el militar, asomándose por sobre la baranda de la terraza. Su pesado borcego aplastaba inclemente la mano del frustrado prófugo, reteniéndolo. Uno de los comandos se acercó al coronel Aranda para entregarle el celular que habían encontrado tirado en el suelo. Desenfundó con un rápido reflejo al descubrir por los gemidos de dolor al sospechoso, suspendido en el vacío. Miraba incierto a su superior, quien revisaba el dispositivo inconmovible.
-          Lima 1315 – Aranda se asomaba para interrogarlo – Dígame qué significa.
-          Muérase maldito estúpido – replicaba envalentonado Luis. El persistente dolor había ahuyentado el miedo, transformándolo en indignación. Estos matones no podrían imputarle nada. Era más inteligente que ellos. Tenía dinero. Era poderoso. Voy a joderlos por esto. Dyrah tiene los mejores abogados…
Todo eso pensaba en el momento en que el coronel Aranda retiró el pesado borcego de su entumecida mano, que ya no pudo aferrarlo.