Mostrando entradas con la etiqueta UMOPAR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta UMOPAR. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de noviembre de 2014

26. Apostasía

Ruta 27, Departamento de Oruro, Bolivia.
 

No habían andado mucho, pero el anochecer los ayudaría a pasar inadvertidos. El Capitán Mamani detuvo la camioneta en un camino lateral y se dispuso a emparchar como pudiera al cartógrafo chileno. Para que respirara mejor, improvisó un almohadón en la caja del vehículo con la gran bolsa de lona ensangrentada en la que había transportado al Teniente Munster y procuró mantenerlo abrigado con la manta que quedaba guardada en la camioneta para esas gélidas noches de guardia. Tomó su cantimplora, el alcohol del botiquín y empapó su pañuelo y unas gasas para limpiarle y vendarle las heridas. El dolor serviría para mantenerlo despierto. Si ese sangrado en el oído era algo más que un tímpano reventado, tal vez no volviera en si de una siesta.
-          Vamos, aguante, que para esto lo entrenaron – lo reprendía el boliviano.
-          No… no soy… comando – confesaba con dificultad el vapuleado chileno, mordiendo para soportar el dolor.
Teniendo en cuenta su contextura física y su especialidad era razonable, pero en la vorágine, no lo había considerado. No era un comando. Era demasiado flaco, demasiado fino, demasiado rubio. Más bien era sólo un muchacho. Hasta entonces lo había visto como un par. Qué ceguera causa la guerra. Era tan joven. Habría terminado la universidad hacía un par de años. Morales lo había roto. Ya no sería el mismo. Gimoteaba. Temblaba. No era como él. Era sólo un muchacho…
-          Vamos, aguanta – lo acarreaba hacia la cabina de la Ranger, mientras el joven sollozaba cada vez que su tobillo fracturado rozaba contra algo  – tienes que ayudarme… tenemos que sacarte de aquí.
Ya sentados en la cabina de la camioneta, se puso a revisar la otra bolsa que contenía todas las pertenencias secuestradas al cartógrafo. Había cantidad de aparatos electrónicos extraños. Chucherías de la guerra moderna. El capitán miraba al chileno con desconcierto.
-          Rojo… el rojo… – le señalaba con apenas fuerzas – enciéndalo.
El chirimbolo metálico, no mucho más grande que un teléfono celular viejo, tenía una entrada de enchufe grandota, una lucecita y un sólo botón cubierto con una tapa plástica con rosca de seguridad como la de los medicamentos importados. La presionó para desenroscarla y oprimió el botón. La lucecita parpadeó lentamente cinco veces y se apagó. Volvió a mirar incierto al chileno. Éste se estiró para tomarlo. Vibraba casi imperceptiblemente. Listo. A casa…
-          Aquí tiene todo lo que necesitan – le entregaba la bolsa con sus pertenencias, que también incluía sus propios mapas tácticos, fotografías y anotaciones. Se mantuvo por un momento en silencio. Suspiró. La tensión cedía el paso a la tristeza y la vergüenza. Tal vez alguien finalmente haga lo que hacía falta hacer. Si, también está ahí tu pistola. Tal vez seas tú quien haga lo que hace falta hacer – Había un anillo entre sus cosas – le daba el tiempo que necesitara para animarse a matar.
-          Mi padre… lo asesinaron… narcos – asía la empuñadura de su pistola sin atreverse a sacarla de la bolsa o disparar.
-          Este es mi anillo de casamiento – se lo quitaba para entregárselo – es lo más valioso que me queda… Tómelo. De cualquier modo, ya no está seguro conmigo. Si cumple con su deber, podrá devolvérmelo y yo le daré el suyo.

.
El Teniente Márquez aminoró el chirrido de la moto, deteniéndose a la orilla de la ruta. Otro motor zumbaba a lo lejos. Uno grande… un helicóptero. Traidor.

Mamani manejaba por la desolación del altiplano con la mente en blanco. La oscuridad y la soledad lo habían invadido todo. Hurgó en su bolsillo y se colocó el anillo del padre del chileno en el dedo meñique, pues era demasiado estrecho para el anular. Los Munster no tenían manos de obrero como él, como su padre y el padre de su padre. Atención. Una luz en la ruta… detenida, con balizas…  una moto, pintura de camuflaje… UMOPAR… Maldito seas Mauricio…
-          Soy el Capitán Mamani, de la UMOPAR – advertía a viva voz al descender de la camioneta. Si eran sólo piratas del asfalto, les daba la oportunidad de escabullirse antes de meterse en algo de lo que sin duda luego se irían a arrepentir.
-          Vi el helicóptero, Antonio – le llegaba una voz desde las sombras, mezclada de ira y desilusión – no era de los nuestros.
Márquez sabía montar una emboscada, por supuesto, él le había enseñado. Hablaba hacia las rocas para que el eco lo confundiera. Tal vez ni lo estuviera mirando, sino tan solo escuchándolo, pero seguro tendría una línea de fuego hacia donde estaba, y otra a lo largo del camino por si decidía acelerar y huir. No era mala, pero la había improvisado, sino no se hubiera venido en esa moto de porquería. Estaba solo. El Capitán apoyó la puerta lentamente, caminó hacia delante mostrando las manos y se reclinó sobre el capó. Un ruido metálico delató que dejaba apoyada su pistola a un lado, antes de voltearse de brazos cruzados.
-          ¿Te acuerdas Mauricio porqué me vine del Chapare? – mencionaba con nostalgia – ¿Te acuerdas porqué viniste conmigo?
Había comenzado su carrera en Los Yungas donde todo era inútil, pero el Chapare lo había sumergido en un abismo donde todo era corrupto y bestial. Oruro había sido su luz al final del túnel. Por fin iba a poder trabajar. Márquez había seguido el mismo espejismo.
-          Van a hacer nuestro trabajo, Mauricio – le aseguraba resignado – van a hacer lo que se debe de hacer.
Se acercan unos faros. Mantengamos la compostura. Mamani avanzó con un brazo en alto, dejando su arma sobre el capó. El destartalado utilitario se detuvo a unos metros y el capitán se asomó por la ventanilla. Segundos después, una ráfaga le atravesaba el pecho y los comandos chilenos emergían del vehículo haciendo fuego de supresión sobre la Ranger detenida.
“No dispares… déjalos… no dispares… mi niña…” fueron los últimos pensamientos del oficial abatido.
Conchesumadre. El Teniente Márquez lidiaba con su fusil trabado, producto de la arena, el desuso y el descuido de un perezoso recluta. Hijunagran. Tenía su pistola reglamentaria con sólo un cargador contra unos tres, o cuatro o más oponentes. Rotos de mierda me los cargo. Se concentró. Me los cargo a todos. Estuvo a punto de hacerlo. La Providencia lo dejó distinguir el eco de más motores rugiendo al acercarse. Qué carajos. Motocicletas… los cuatriciclos. Mierda. Los putos cuatricilos. ¡Lo sabía, lo sabía! Acurrucado tras una roca, los maldijo una y otra vez en silencio. Cinco, seis… Armas largas. Taracajo. Podía escucharlos hablar. Hijos de puta. Eran chilenos. Malditos chilenos. Gnnnnnñññmmmm. Tuvo que darle un puñetazo a la arena para no explotar. Cobardes de mierda. La impotencia le causaba un sufrimiento lacerante. Malditos asesinos… Antonio… hijosdelaremil – otro pueñetazo – Antonio no… no no no no… – y otro y otro y otro – Antonio… En cuclillas, llorando, los escuchó alejarse siguiendo su camino.


sábado, 15 de noviembre de 2014

25. Montecristo

Cuartel UMOPAR, Departamento de Oruro, Bolivia.


-          ¡Habla, rotu, cabrún! ¡Habla! – volvía a darle un par de cintazos en las piernas, que se le aflojaban y sentía el tirón de los brazos colgados del techo con sogas estirarle la espalda dificultándole la respiración.
El Sargento Ernesto Morales estaba empapado en su pegajoso sudor, pero no dejaría de golpearlo hasta sacarle algo. Dos muchachos de su escuadrón habían muerto persiguiendo a estos espías chilenos, otros dos habían sido evacuados al hospital y quién sabe qué sería de ellos. Eladio y su amigo el flaquito, y el “pulga”, ese mocoso escurridizo, y Osmar… Hiju’eputa… si muere Usmar vuy a arrancarte lus ujus.
-          ¿Pur qué, malditu perru, pur qué? ¡Habla! – le gritaba en la cara, retorciéndole las orejas con sus manos morrudas. Los gritos del cartógrafo ahogaron el ruido de la puerta de hierro abriéndose.
-          ¡Morales! ¡Atención! – lo hizo saltar el grito del Capitán Antonio Mamani.
El obeso sargento se cuadró solemne, pero su aspecto era funesto. Empapado en sudor, sin camisa que disimulara su rollizo vientre y sus pechos caídos, y regados los pantalones y las manos de sangre; con el cinturón ajustado a la muñeca con la que saludaba y sin un borceguí, que había usado para golpear al prisionero.
-          ¿Qué se sabe? – lo increpó serio el superior, para darle en qué ocuparse mientras miraba con detenimiento al cautivo. Respira con dificultad… apoya sólo en una pierna, bola en el tobillo, posiblemente fracturado… ambos ojos completamente hinchados… algunas heridas cortantes… superficiales, ningún apuñalamiento… ayayay mierda, le sale sangre del oído izquierdo… este en unas horas más acá se nos muere.
-          ¡Cállese! Ya cállese Morales… – le ordenó con hastío para que el desarticulado sargento cortara su irritante perorata.
En una mesa de lata a un costado estaban desplegadas todas las pertenencias secuestradas al chileno. Cartografía anotada a mano con mediciones topográficas, notas de temperaturas y vientos, hitos geográficos, puntos de observación y campos visuales, coberturas de radio, manantiales, cultivos, ranchos, cuevas, vados, senderos… Un trabajo impresionante sobre toda el área donde operaba la Brigada Bolivariana. Iban a hacerlo. Únicamente faltaba la información viva sobre identidades y rutinas. Los malditos iban a hacerlo. El sargento observaba al comandante parado frente a la mesa hurgando las cosas en silencio. Su rostro transmutándose en distintas emociones que él no hubiera podido describir. Qué estaría tramandu el wachueste…
-          ¿Se da cuenta qué acaba de hacer sargento? – lo increpó en tono de furia con gran esfuerzo reprimida – ¡Es un soldado pedazo de imbécil! – golpeó la mesa con tal fuerza que la mitad de las cosas en ellas volaron al piso – Como usted, o como yo – lo fulminaba con su vozarrón grave y mirada inquisidora, aún con el puño incrustado en un bollo en la lata.
El sargento hubiera querido intervenir, pero titubeo tratando de hilar una frase. No se lo esperaba. El perro chileno había matado a sus hombres ¡Pus había que matarlu! Estaba por largarlo cuando el capitán comenzó a acercársele lentamente desenfundando su cuchillo de monte ¡Ay caray!
-          Tiene rango de soldado, uniforme de soldado, armas de soldado ¿Sabe qué significa si muere aquí cautivo este soldado, sargento? – el oficial se arrimaba a hablarle a centímetros de su cara – ¿Sabe en qué lo convierte a este enemigo si muere torturado aquí? ¿Sabe en qué lo convierte a usted, sargento? ¿Sabe en qué me convierte a mí? – Morales podía sentir la punción de la hoja en su entrepierna – me va a traer aquí mismito dos bolsas grandes de lona, una pala y una carretilla – le indicaba con insensibilidad macabra – luego me estaciona una patrullera con caja tapada, acá en la salida de atrás ¿m’entendió? De este asunto me encargo yo, y acá nadie ha visto nada ¿m’entendió? Su escuadrón y el de Tejada se toparon con narcos ¿’ta clarito? Ni prisioneros ni nada… Ahora vaya ¡Muévase!


El Teniente Mauricio Márquez volvía abatido al cuartel, luego de visitar el hospital y la morgue. No era la primera vez que veía sangre, pero había sido mucha sangre, y toda de su lado. Maldita sea. Mamani iba a endilgarle la mitad del paquete. Habría muchas visitas que hacer, mucho papeleo que llenar, muchas cartas que escribir. Carajo... Que fuera su pelotón era circunstancial. Vivían en guerra. No había lugar para estas mariconadas. Un militar no tendría que tener familia. Nacer de huevo y entrenar lejos del nido. Ir donde lo necesitan, morir de un tiro limpio y llevarse varios consigo. Volver como fantasma a formar con los demás. Escuchar las marchas que hablan de él sin mencionarlo. Montar guardia en silencio. Susurrar en la conciencia de los novatos. Siempre atento, siempre en servicio. Para una vocación como ésta, no hay posibilidad de retiro.
-          Con permiso, mi Capitán – abría la puerta del despacho, luego de dos golpecitos en el vidrio corrugado.
No había nadie allí… los muebles y las carpetas estaban revueltos… faltaba la escopeta y el chaleco del capitán, los mapas tácticos habían sido arrancados de la pared, faltaba también el botiquín. Mamani no podía con su genio; si algo estaba mal, tenía que saltar a arreglarlo. Capaz que este exaltado había salido a buscarlos.
-          ¡Guardia! – se había dirigido a los calabozos para echarle un vistazo al causante de todo este descalabro, esperando que fuera el ideólogo de la emboscada – vengo a ver al sospechoso capturado esta tarde.
Era extraño que, salvo por el sargento de guardia cuchicheando con los dos centinelas, todo estaba demasiado tranquilo. Con agudeza, ojeó que en el patio de cocheras, estaban todas las camionetas, menos la Ranger grande. El corpulento suboficial se le acercaba arrastrando los pies, desalineado y con magullones frescos en los nudillos.
-          Pus nu hay suspechusu, jefe… – afirmaba con brazos caídos y esquivándole la mirada. Hasta él podía darse cuenta de lo insostenible del secreto. El rostro de Márquez se transfiguró como cuando entraba en combate – ¡Nu hay suspechusu, jefe! ¡Nu, nu hay suspechusu, jefe! ¡Pusque nu hay! ¡Nu hay! – repetía apichonado cuando el teniente lo sacudía de las solapas.
-          ¿Dónde está el Capitán? – empezaba a atar cabos en su mente. Morales tartamudeaba, sin poder decidirse si la clave para develar un secreto, sin ser el secreto, era parte del secreto…
Segundos después, el teniente emergía del portón trasero del cuartel en dirección oeste, acelerando en una moto enduro con un rifle de asalto arrebatado al centinela.



domingo, 2 de noviembre de 2014

24. Apunamiento

Zona de Aterrizaje Táctico Lima, Departamento de Oruro, Bolivia.


Y media: hidratarse… Buche… Tragos cortos... Caliente... Horrible... Un mes con aliento a desinfectante de inodoro... Quitarse el casco pegajoso... Aaagh, voy a quedarme pelado... Mojar el trapo... Ya tengo hasta la mente paspada... Estoy harto de este maldito desierto... Hay que ser un cholo malnacido para querer vivir aquí... 51 días, 14 horas, 7 minutos y contando... Un condenado récord al equipo comando más miserable del Ejército de Chile... Tendría que haber aceptado la extracción a los 45.... Ya es ridículo... La princesa tiene relevado cada mísero montículo de este altiplano del infierno... No me puteen... ¿Qué mierda voy a decirles?... “¡Si, weón, nos volvemos! ¡Hay mucho sol aquí y ya estamos la madre aburridos!”… Hijoputas…
Mil quinientas: Protección... Tengo que coser este bolsillo... Tendríamos que haber diluido el bronceador desde el principio... Otra capa de pasta y sudor y polvo y sal… Como arde esta mierda... Si no estuviera negro como esos Kollas, estaría rojo como un tomate…  Con esta cara, cuando lleguemos a la frontera, Carabineros no nos va a dejar entrar... También en los labios... “¡Si, culiao! ¡Y manden también manteca de cacao!” jaja… tal pataaenel… que me sacuden el polvo y la sal… See, todo despejado, princesa... No me pidas un pulgar, weón, que tengo la manos todas llagadas... Ya probé sacarme los guantes hace un par de días… y no va a volver a suceder…
Tan aburridos que ya ni se tocan estos culiaos... "Las niñeras de la princesa"… Hace lo suyo la princesa, hay que reconocérselo, con todos sus aparatitos... Mírenlo, 40 grados y paseándose como si estuviera en las playas de La Serena… ¿Cuándo vas a reventar, culiao? Ya tuviste tres ataques, amigo, estás tentando a tu suerte… El resto uno a lo sumo… Puta noche fue horrible… Ni las estrellas ardían por falta de oxígeno… Mira que ya no tenemos… Mascar coca no es lo mismo… No quiero saber cómo la habrán conseguido… A la vuelta negamos todo… Si antes no se nos caen verdes los dientes… Hace lo suyo la princesa, hay que reconocérselo…
"Si somos buenos, nadie nos notará"… Pues mierda que somos buenos… Terminaremos como fósiles en este maldito desierto… Estos aweonados se pueden tardar un millón de años en encontrarnos… Extraño el agua de la buena… La del manantial tiene tanta piedra que ya me están creciendo los dientes… Ya no tendríamos que usar el cuatri para rellenar el tanque, es muy visible… Esos leopardos de la UMOPAR vieron las huellas… Quieren encontrarnos, y los muchachos quieren que nos encuentren… Van a terminar haciendo algo estúpido para salirse del tedio… No están alerta… No quieren estar alerta… Pendejos hijoputas quieren que nos encuentren… Quieren llevarse a casa unas cabezas… Si, despejado, qué mierda… Si, siéntate de una vez princesa, que me cansas… Habían hecho cosas estúpidas... No puedo culparlos... Estos tipos son peligrosos con tanto tiempo al pedo... Pasarse la noche afuera en “prácticas de intemperie”… Se habrán montado una llama… no son tan sucios, seguro que a la dueña… Mal asunto, todo es un mal asunto… No hay mujeres sin niños por aquí… Lo que pasa en el desierto, queda en el desierto…
  

¿Q.. qué? ¡Camión! ¡Un camión! ¡Dos! ¡Mierda! ¿Dónde está la princesa? No te quedes dormido, imbécil ¡Imbécil! ¡Mierda! ¡Mierda! ¿Dónde estás princesa? Reporte... Contacto… ¡Responde! Ahí estás ¡Responde mierda! Me cago en vos princesa ¡ponte los malditos auriculares! Identificar contacto… Aaagh, puto sol no veo una mierda... Se acercan... Leopardos ¡Mierda! Princesa y la puta que te remil parió ¡Mírame! Iniciativa… Un oficial en la avanzada, más tres, seis, nueve… otro en el camión, más cuatro, y tres, y cuatro ¡Mierda! Terreno… Ruta... Allí, allí, allí... Vas a correr, princesa… Aaagh, maldita sal, no veo una mierda… Seguro, semiautomático… Ahí estás… Tranquilo… Respira…
El oficial… Dos… Tres… Cuatro. Ya me vieron. Quedan… ¡Concéntrate maldita sea! Cargador 4… ¿Ahora si me escuchas maldita perra? ¡Si, toma tus cosas y lárgate de aquí! Automático ¡Corre maldito!... Cinco… Seis… ¡Maldita sea! Eso estuvo cerca. No sabía que esta roca estallaba… Puta, tengo sangre en la cara... Tengo que salir de aquí... El 203... Humo... Listo ¡Va!... Bien, 2, 3, granada, el trapo del casco, 6, 7, 8, arde, arde, seguro ¡cling! suave, suave… Cargador 3… No veo nada, maldita sangre… ¡Replegar!
Uff, uff… Aire, aire… A semiautomático, esto puede ser largo… Siete… Te salvaste… Van a pensarlo dos veces… ¿Dónde está la maldita princesa? Tranquilo, tranquilo… respira… Cómo sangra esta mierda… Tómalo, tómalo ¡BOOM! ¡Replegar! Pendejos…
¡Aaagh! Cuerpo a tierra... Me dieron... No, no me dieron. Cómo duele esta mierda. Automático… ¡Toma hijoputa!... ¿Ocho? ¡Qué se yo! Maldito me partió el omóplato... Arrástrate... Vamos ¡Vamos marica! Es sólo un golpe, si no, estarías muerto... Cargador 2... Posición de tiro. Semiautomático… Puta madre son sólo pendejos. No los hagas seguirme hijo de una gran puta… Nueve… Sos rápido… Diez… ¡Bueno, bueno, ya, ya! Mierda que son varios.... La cantimplora… Se van a cagar de miedo al verla. Automático... ¡Cúbranse putos! ¡Replegar!


Agua, agua, aire, aire… uff, uff… No puedo más, no puedo más… uff, uff… Tranquilo, mierda, respira… uff, uff… Base Lima uff, aquí Sultán… Posición de tiro… Despejado. Semiautomático… Faro táctico… Reporte… No, no tengo ni la más puta idea de dónde está la princesa… Levanten el campamento, nos movemos… Malditos leopardos, nos encontraron… Hijos de puta ¡Miralos cómo vienen caminando!... Once… o diez, qué se yo… Se están separando… Tengo que continuar… Sin correr… ¡Replegar!
Traten de ubicar a princesa en la radio… Sultán fuera… Aaagh, la espalda me está matando… Hijos de puta, me salvó el chaleco… Era verdad que estas mierdas funcionaban.... Ruta… Terreno… Acá, ahí, allí… Posición de tiro… ¡Tomá! Si, vas a tener que seguirme gateando… Se mueven bien estos gatos. Menos mal que disparan pésimo… Cargador 1. Mierda… Estoy a sotavento… Ahí les va un poco de peste… Granada, seguro… Nadie, nadie ¡Va!... Auch, la espalda… Otra vez… Granada, seguro… Nadie, nad ¡Mierda! Aaagh, el cuello… No me voló la cabeza, no me voló la cabeza, puedo tocarla, puedo tocarla, está entera… Maldito gas me estás matando ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!... uff, uff… Arrástrate, vamos… Replegar… uff, uff… Un segundo… Base Lima, Sultán, necesito apoyo… Base Lima, Sultán…
Siete balas. Mierda... Posición de tiro… Despejado. Necesito un trago… Cantimplora… En la cara también, siii… Son buenos estos pendejos… No se muestran… Son sabuesos… Me quieren cansar… No estoy tan viejo, pendejos… ¿Dónde estás princesa?... Sangre en la mano, a ver… Ayayay carajo, no era un golpe… Agua. Cantimplora… Sólo me queda una… Seis centímetros, eso no se va a cerrar solo… ¿Despejado?... Despejado, botiquín… Venda… Más. No dejes tirado el papel… Ahí va, cinta… Más ajustado… Perímetro… Despejado, antibiótico… ¡Ja! Siempre me impresionaron estos pinchitos… Listo... Despejado… Listo ¡Replegar!
Menuda persecución… Yo camino, tu caminas, ellos caminan… ¿De dónde mierda sacan el aire?... Sólo un par de horas más y llega la noche… Ahí los pierdo… Un par de horas más… Maldita sea… ¿Dónde mierda estás princesa?



domingo, 8 de junio de 2014

1. Narco Pueblo Fantasma

Iruni, Departamento de Oruro, Bolivia.


El Capitán Antonio Mamani era de los pocos voluntarios que se había incorporado a la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), con una firme esperanza en que se cumpliera con la purga y reconversión de la organización promulgada por el Ejecutivo. Mamani comandaba el cuartel de uno de los destacamentos de la Unidad Móvil Policial para Áreas Rurales (UMOPAR) de las FELCN. Popularmente conocidos como “los leopardos”, los comandos de la UMOPAR han sido desde sus orígenes las fuerzas policiales de élite mejor preparadas y equipadas del país. Durante años, esta formación había sido el brazo paramilitar de la agencia norteamericana DEA (Drug Enforcement Administration), un subproducto bastardo de la fatídica “War on Drugs”, operada durante casi medio siglo ya en varios países del continente.
 
 
 
 
Hacía más de un lustro que un giro en la política nacional había dado por tierra con la tradicional mecánica de erradicar plantaciones -y en el proceso, también campesinos-. Como por una revelación mística, las comunidades dejaban de ser el problema y el enemigo. Bajo esa cosmovisión, el profesionalismo y la conciencia social volvían a reconciliarse en un lugar preciado para el policía de vocación. Pero como siempre, nada es simple en Bolivia. Aún hoy la organización continuaba siendo tan tristemente célebre por sus violaciones a los derechos humanos, como por su corrupción y complicidad con los cárteles. Al igual que el crisol de identidades y fracturas que formaban y deformaban el país, no existían encuadres sociológicos para definir lo que pasaba en la fuerza: negocios de la pobreza, códigos de la corrupción, discriminación paternalista, profesionalismo indigenista, militarismo democrático, sumisión revolucionaria y sodomía de la liberación.

- Debo quedarme aquí unos días más – trataba de consolar a su hijita, con una voz dulce reservada sólo para ella – luego volveré a casa y saldremos a pasear juntos – Mamani sentía que se le anudaba la garganta – páseme con su madre…

- Hasta que no vaya a regresar, ya no vuelva a llamar – le dijo severamente su mujer, y colgó.

El Capitán se quedó por un momento sentado en su escritorio, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el tubo del teléfono, escuchando repetirse el sonido de la línea muerta. Todo este tiempo de seguir los pasos del Subcomandante Estévez había hecho mella en su salud, su familia y su espíritu. Ya faltaba poco. Los había localizado, conocía sus caras, sus movimientos. Pero la autorización para realizar el asalto se demoraba y se demoraba. Sabía que alguien poderoso los estaba protegiendo, pero la evidencia que habían recolectado era simplemente abrumadora. Ya faltaba poco, pensaba.

- ¡Mi Capitán! – irrumpió agitado en la oficina su subalterno, el Teniente Márquez – una patrulla alerta de un convoy de camiones de la Brigada Bolivariana viajando por la 27 hacia el oeste.

Sin pronunciar palabra, el Comandante se incorporó, manoteó su chaleco de combate, su linterna, cartuchos, su escopeta de la pared, y partió hacia las camionetas. Esto no podía estar pasando. No permitiría que pasara.
 
 


En el informativo de la mañana siguiente, los canales nacionales hacían eco de la operación relámpago del UMOPAR en la remota localidad de Iruni, en el Departamento de Oruro. Con acierto mediático, los productores inmortalizarían el caso como el “Narcopueblo fantasma”. Las imágenes televisivas, tomadas al amanecer luego de una noche de operaciones de exploración en toda la región, mostraban a los uniformados patrullando un humilde pueblo de unas treinta casas, sorpresivamente abandonado por completo por sus pobladores. Dentro de algunas de estas modestas edificaciones de piedra, madera, chapas y barro, pueden verse restos de laboratorios improvisados. A pesar de lo rimbombante del operativo, sólo se incautan unos 4 kilos de pasta base encontrados desperdigados, una docena de tanques grandes y tazones impregnados con sustancias controladas, telas para el secado y bolsas con unos 600 gramos en total de sustancias controladas, así como el papel y la cinta típicamente utilizada para envolver los paquetes de droga. La escena vuelve a estudios, donde un Diputado cuestiona duramente a la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico y los millones que se gastan en mantener esa histórica estructura represiva del imperialismo.

Ni una palabra de las banderas, pancartas y volantes de propaganda política Bolivariana. Ni mención. Como si no existieran. Nada.

Mamani, todavía en su uniforme cubierto de polvo, invocó todas las exiguas fuerzas que aún le quedaban para presionar el control y apagar el aparato. Recostado en el sillón de su cuarto de vuelta en el cuartel, se mantuvo inmóvil en la oscuridad, mientras la lágrima de algo que se rompía en su interior se derramaba por su rostro inexpresivo.

Había puesto todo de si. Ya no le quedaba más para dar.