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domingo, 6 de marzo de 2016

36. Excursión

Base Aérea La Joya, Arequipa, Perú.

El Comandante Arízola terminó de darle sus órdenes al más nuevo de sus pilotos. Hizo la venia y caminó hacia la puerta del salón táctico para continuar con su rutina. Iría bien. Era sólo una “excursión”, como la conocíamos, para quitarle el dramatismo de designarla “incursión”; una misión de reconocimiento que indefectiblemente todos en su momento habíamos sentido como nuestra primera misión de combate. Había llegado su hora. Necesitaba que todos sus hombres experimentaran en carne propia esa sensación de peligro, que vulneraran las fronteras del enemigo, que burlaran sus defensas y violaran sus secretos, que le perdieran el respeto y el miedo. Si para hacerlo los Mirage no tuvieran que volar a dos veces la velocidad del sonido, obligaría a sus aviadores a asomarse de sus cabinas y escupir sobre los usurpadores chilenos. Era la actitud necesaria si algún día debían apretar el gatillo y aniquilar al enemigo frente a frente.
“Valentín”, de valiente. Su padre le había hecho justicia. Se lo tenía merecido. Entrar en los “Halcones” no era un trabajo para flojos ni cobardicas. Antes había más cazas, y más pilotos para cada uno. ¿Hubiera podido él ingresar en el Ala Aérea 3 que hoy comandaba, 30 años después? Tonterías, seguro que sí. Ya se estaba poniendo viejo a pesar de su frondoso bigote negro. Contemplaba a estos críos con demasiada condescendencia. Casi con cariño. El joven teniente continuaba erguido en silencio, observando detenidamente el mapa tras la lámina de acrílico, marcado con las piernas de su misión. Estos jodidos críos tenían la edad de sus hijos. Uno de ellos, el más cabrón, estaba en una patrullera fluvial en la Amazonía; otro, el más necio y terco, en comunicaciones, voluntario en el VRAEM, condenado crío; y el más avispado, rascándose los huevos en los Arsenales de la Marina, en El Callao. ¿Los mirarían sus comandantes como los miraba él? Qué mierda. Ellos y estos. Todos eran sus condenados críos.
Había pasta de Líder de Escuadrón en ese Valentín. Sería un buen piloto de combate. “Capitán Valentín De la Serna” fantaseaba. En posición de descanso, procuraba lucir confiado, preparado, profesional. Le reconocía el esfuerzo, porque todos los pilotos de combate tenían su vanidad. Era un gaje del oficio. A pesar del aire acondicionado, se restregaba las manos a sus espaldas para secar el sudor de las palmas. Por algo los guantes eran el mejor amigo del aviador. Malditas manos. Siempre se negaban a dejarse convencer que uno tenía todo bajo control.
-          Desde que comando el Ala 3, hemos hecho las “excursiones” 64 veces satisfactoriamente. Cada uno de nosotros – el veterano comandante buscó inspirarle confianza.
-          ¡Si-se-ñor! – respondió marcial el piloto, girando sobre sus talones y poniéndose firme para saludarlo.
El comandante le devolvió el saludo antes de retirarse. Obvió un detalle a conciencia: otras tres veces, no.
Una hora más tarde, la claridad apenas despuntaba y en soledad Arízola observó despegar el Mirage del teniente De la Serna. Caminó despacio hacia la torre para monitorear el progreso de la misión. Iría bien.


Un rato más tarde, entraba con su taza de mate cocido con leche a la torre de control. Su oficial de operaciones, el Capitán Alejandro Aybar, supervisaba los datos del controlador de vuelo ploteándolos con un fibrón rojo sobre el mapa de situación.
-          Vuela rápido, vuela bajo –  informaba el Aybar a su superior – lo perdemos constantemente entre las montañas.
-          Registre los puntos ciegos del radar para contrastarlo con la trayectoria que nos devuelva De la Serna – le ordenó – en algún momento el enemigo vendrá en sentido contrario, y quiero saber con exactitud dónde podría esconderse.
El Mirage de De la Serna haría un último contacto con la base para confirmar su orden de proceder. Arízola interrogó con la mirada a su oficial, quien verificó una vez más con el operador de radar que ningún interceptor chileno estuviera en el aire. El llamado de “Siervo” no tardó en llegar. El comandante tomó la radio y confirmó.
-          Despejado, Siervo, proceda – no se permitiría dudar como para que ameritara elevar una plegaria. Iría bien.
El avión del teniente De la Serna trepó arrastrándose por la ladera noroeste del volcán Tacora y salió disparado a 1600 km/h hacia el cielo en dirección a Putre. Necesitaban esas fotografías. Sólo unos minutos. Iría bien.
-          ¡Misil! – gritó el piloto en la radio – ¡Misil antiaéreo desde las 2 en punto! ¡Rompo a la izquierda!
-          ¡Siervo! ¡Descienda! ¡Apague los quemadores! – el veterano comandante todavía tenía la radio en sus manos y reaccionaba con reflejos de piloto. Tenía que ser infrarrojo. Un lanzador portátil en manos de una patrulla. ¿Cómo demonios se atrevían a dispararle así? – ¿Dónde está? – le reclamaba a su oficial, que se había zambullido sobre el mapa con la misma duda.
-          Ya tendría que haber pasado Hospicio – intentaba responder el Capitán Aybar, mientras proyectaba rectas con su regla y transportador – va a pegarse al Churicagua hacia Colpita... el misil tiene que venir de la 135… ¿un vehículo de patrulla?
-          Sus vehículos antiaéreos no patrullan – respondía el comandante sin mirarlo, con el ceño fruncido tratando de dilucidar la situación – tampoco es un lanzador portátil, a nadie se le ocurriría pegarle a un Mirage en altura con eso… es un lanzador móvil con montaje fijo… un montaje fijo… alguien lo montó ahí – los ojos de ambos aviadores finalmente se encontraron.
-          ¿Nasams? – preguntó inquieto el Capitán Aybar. Si se trataba del sistema antiaéreo más moderno de Chile, y posiblemente del continente, las posibilidades del piloto de sobrevivir un ataque de frente por sorpresa eran de escasas a nulas.
-          ¿Le parece colocar un arma de primer perímetro en el medio del desierto, Capitán? – le increpó con decepción, resultaba indigno de un oficial dejar que su claridad sucumbiera ante sus miedos en un momento de crisis  – Tráigalo de vuelta – le ordenó con severidad – ¡Usted! póngame con el jefe de los dragones – le indicaba a otro. Demasiados críos en esta unidad.
-          ¡Siervo! ¡Aborte! ¡Aborte! – el Capitán repetía su orden en la radio, sin respuesta – probablemente está muy bajo, señor – quería creer – y no nos reciba.
-          Dónde está… dónde está… – intentaba dilucidar Arízola reclinado sobre el mapa – si decide virar hacia el norte, puede regresar y tendríamos que verlo aproximarse a Visviri – su subordinado no parecía demasiado convencido – O puede haber tomado hacia el sur… tratar de completar su misión aproximándose a Putre desde el este… – ahora el Capitán lo miraba con resignación – si… no va a volver… maldito crío….


Un Técnico le acercaba el teléfono con la llamada que había solicitado – consígame con Jefe del Estado Mayor ¡en persona! – le indicó, dejándole en claro la urgencia. Del otro lado de la línea, el Mayor Raúl Bastín, jefe del Escuadrón Aéreo 211 “Dragones del Aire” interrumpía su desayuno para atenderlo en su celular desde el casino de oficiales. Como el Grupo Aéreo 2 no tenía previsto volar ese día, el jefe se había propuesto relajarse – algo que no le era fácil ni le pasaba seguido –  y  había muy pocas cosas en el mundo que podían desviarlo de su propósito, cualquiera que fuera.
-          ¿Dónde estás Raúl? – lo increpaba el comandante – ¡tenemos una situación aquí arriba! – no llegó a escuchar la respuesta de su interlocutor, tal vez para mejor, porque no fue propia de su rango.
-          Tengo a los interceptores en el aire – informaba el controlador de vuelo perturbado – son cuatro, mi comandante.
-          ¿Cuatro? – se sorprendió, usualmente era uno o dos, algo estaba pasando – Quiero la base en estado de alerta, convoque a todos los demás – le ordenó a su oficial de operaciones – Espérate un segundo – mantenía al jefe de helicópteros en la línea, que volvía a insultar por lo bajo – ¡Alejandro! – volvió a llamar al oficial, la preocupación se traslucía en su rostro – Que salgan Rosales y Victorica.
El Capitán Rosales y el Teniente Victorica eran los pilotos en ese momento de guardia para los dos interceptores siempre listos en La Joya. El jefe tendría que definir rápido una orden para ellos. Los interceptores no despegan para salir a pasear, y lo saben.
-          Creo que lo tengo – informaba el controlador de vuelo – salió de Putre y rompió a la izquierda hacia el sur… sigue muy bajo… vuelve a meterse entre las montañas… en dirección a Socoroma… ¿qué hace? ¡está yendo hacia los F-16!
-          Podría haber huido volando bajo hacia Tacna – comentaba el Capitán Aybar a su superior – Algo lo hizo volver… Tiene que haber otras baterías en la 135 – el veterano volvía a mirarlo con respeto, cuando no perdía la cabeza sabía hacer su trabajo.
El Mayor Bastín ya se estaba cansando que interrumpieran su desayuno y su descanso para dejarlo esperando en la línea del teléfono. El idiota siempre se sintió más que yo. Quiere demostrármelo. Yo también podría ser comandante si el Ala 3 se hubiese dividido en dos, separando aviones y helicópteros. Viejo idiota.
-          ¡No, maldita sea! ¡No voy a mandar un condenado Huey! – le gritaba Arízola al jefe de los dragones, que no podía dejar de imaginarse una misión de enlace en vez de un rescate aéreo en una zona hostil – ¡Prepare dos aeronaves armadas!
El Técnico le acercaba presuroso otro teléfono, tenía al Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea en línea. El Comandante Arízola cortó con el Mayor Bastín sin mediar palabra. Una mesa del casino de oficiales voló de una patada.
-          Teniente General – procuraba recuperar la compostura, él había sido parte del Ala 3, él comprendería – tenemos un Mirage de “excursión” bajo fuego en territorio chileno. Le solicito autorización para realizar una incursión con fines disuasorios…
Así eran las “excursiones”, unas sesenta podían salir bien, pero cada tanto, alguna salía mal… 

viernes, 4 de diciembre de 2015

35. Testigo

Antofagasta, Región de Antofagasta, Chile


A pesar que su carrera de corresponsal lo llevaba de un punto a otro del planeta, Bruno Blumenau no disfrutaba en lo más mínimo las cabinas presurizadas de los grandes jumbos. En otra época, hubiera alquilado una camioneta y manejado los 1300 kilómetros en un día, pero ahora, la corporación se encargaba de preservar su tiempo libre y el bienestar de sus lumbares.
Su editor le había asignado un aburguesado coordinador de contenidos para asegurarse que se mantuviera fuera de problemas, de manera que el periodista belga había debido montar un itinerario de notas de color para justificar su viaje al norte del país. La pesca artesanal en Arica -y de paso la controversial frontera marítima-, la Zona Franca de Iquique -junto al contrabando y el violento resurgir de las drogas- y finalmente, Las Ruinas de Huanchaca, La Portada, la Mano del Desierto y el equinoccio de otoño en Antofagasta para descontracturar. Seis notas, dos semanas fuera de Santiago, su inocente sabueso conforme y todos contentos.
Tenía la boca seca, después de haber ordenado café negro, cuando la única mísera colación en ese vuelo de dos horas era un paquete de maní salado. La gran pantalla al frente mostraba a los pasajeros que habían dejado atrás Copiapó. Se aproximaban al radiofaro de Taltal y la última pierna de su derrotero.
El capitán no había apagado la señal de abrocharse el cinturón en todo el vuelo, por pereza o descuido probablemente. No habían sufrido ninguna turbulencia por ahora. Las luces indicadoras sobre su cabeza le recordaban a Bruno de las épocas en las que se podía fumar en los vuelos comerciales; de aquella vez que voló con los Spetsnaz en un Cheburashka desde Kubinka a Grozny. El humo del tabaco cubano que enviciaba a los comandos rusos se había quedado tan impregnado en su memoria que creía poder descubrirlos, aún en los densos bosques Georgianos, emboscados tras su indistinguible camuflaje. Estiraría un poco las piernas y le haría la vida más fácil a su próstata, y de paso, aprovecharía a visitar la cocina en la cola del 737 de LAN antes que comenzara el descenso.
Descorrió como si nada la cortina del pasillo que separaba la sección trasera del pasaje. No le había llamado la atención, pues durante las noches en los largos vuelos intercontinentales, usualmente se mantienen así para aislar lo más posible el ruido y la luz de quienes como él, se empeñan en seguir despiertos leyendo a pesar de los denodados esfuerzos sedativos de la oscuridad general y la calefacción central. En retrospectiva podría haberlo sospechado, tratándose de un vuelo corto matutino, pero la escena lo sorprendió. ¿Un equipo de rugby? No, son demasiados. La sección trasera completa estaba poblada de muchachotes musculosos, varios fuera de sus asientos, conversando en reducidos grupos. De inmediato todos ellos cortaron sus murmullos y sus caras se voltearon hacia él. Un patrón. Pelos rapados, cuellos y mandíbulas gruesas. Atención. Problema. La azafata recorría raudamente el pasillo desde el fondo para interceptarlo. Modo supervivencia. Alzar el inocente vasito descartable para que todos lo vean. Cara de bobo. Por allá uno que les dice a otros que se sienten. Peligro. Encorvado. Hacerse el viejo. Sólo quería café. Mejor en francés. Je m`excuse mademoiselle…
Se sentó, agradeciendo graciosamente a la diligente muchacha, que por alguna lógica misteriosa, insistía en hablarle en inglés para hacerse entender. ¿Qué demonios fue eso? Un suave “bling!” lo arrebató de seguir rumiando obvias conjeturas. El Comisario de a Bordo anunciaba que comenzaban el descenso. Estaban por aterrizar en Antofagasta. Aprestó su celular contra la ventana, que recorrería el Aeropuerto Internacional Andrés Sabella Gálvez y la base aérea Cerro Moreno de punta a cabo. Lo cubrió con su pesado gamulán, para no despertar sospechas.
El veterano corresponsal belga de Reuters tenía una corazonada. La “perla del norte” era el centro neurálgico de todo el teatro de operaciones septentrional del país. Constituía un vital nodo logístico en el que confluían el aeropuerto internacional, un puerto de aguas profundas, el extremo oriental de la Ruta Intercontinental y la terminal de los ramales ferroviarios a Bolivia y Argentina. Consistentemente, en la ciudad se hallaba emplazado el cuartel general de la 1º División del Ejército de Chile, la sede de la unidad logística y los arsenales. La 6ta División de Iquique es la formación en la primera línea del frente; así que siempre estaba en alerta. Pero la potente 3ra Brigada Acorazada “La Concepción” de Antofagasta constituía la reserva estratégica del frente norte. Si la corazonada de Bruno era correcta, tendría que haber mucho movimiento en ese lugar, y la posibilidad de que LAN estuviera transportando militares discretamente por avión podría ser un indicio de la urgencia. Se forzó a dudar. Suspiró. Deseaba en el fondo estar equivocado. La aeronave tocó suelo junto a él. Suficiente. Si algo estaba en movimiento, él lo vería moverse.


-          ¿Qué hace ese tipo ahí? – apareció de improviso el oficial de guardia del aeropuerto, interrogando con su vozarrón severo y usual antipatía a la sorprendida operadora de las cámaras de vigilancia en la terminal, que había saltado en su silla. El coronel de la Fuerza Aérea de Chile había sido recientemente asignado a la tarea de llevar a estándares de nivel “paranoia norteamericana” un personal e instalaciones más bien relajadas, con el ridículo requerimiento adicional de que “el público no debía notarlo”. De manera que había optado por desatar un infierno puertas adentro y transferir su frustración para con sus superiores hacia las miserables vidas de sus subordinados.
El “tipo” en cuestión estaba sentado en el área de arribos, junto al carrusel de equipajes, revisando un aparato electrónico. Además, esperaba el desembarco del contingente militar del vuelo en el que venía, mientras revisaba la toma que había realizado durante el aterrizaje, aunque eso no fuera evidente a los ojos de la cámara de vigilancia que lo enfocaba.
-          Registren todo el tráfico actual de la red pública – ordenó el coronel antes de estrellar el teléfono en el oído del responsable de Sistemas. Estando alejado de todo, el aeropuerto no tenía más acceso a Internet que la señal wi-fi de libre acceso del servidor propio. Esa red pública estaría amparada por las garantías constitucionales usuales, si el servidor no hubiera sido instalado en la base militar y esa base no estuviera en estado de alerta y movilización por un decreto ejecutivo secreto. Detalles fuera del interés del público general…
Bruno no pudo distinguir mucho de la parte sur del aeropuerto, donde su vuelo tocó tierra a mayor velocidad, pero el carreteo hasta la calle de tránsito al final de la pista le garantizó una imagen más estable. Su experiencia le permitía identificar los modelos de varios vehículos militares. El clásico C-130 Hércules no fue ningún desafío, la duda fue su distintivo de cola. La fuerza aérea chilena no utiliza el clásico rondel. Quería estar seguro de interpretar bien los colores, aunque estaba bien familiarizado con las aeronaves de su país vecino como para comenzar a preguntarse: ¿qué hacía allí un avión de transporte de las fuerzas armadas holandesas?
Luego de un rato, los pasajeros de su vuelo ya habían partido, el equipaje de Bruno era el único que aún giraba por el carrusel y claramente los militares que él esperaba observar con más detenimiento descenderían por una puerta lateral fuera de la vista del público. Presionó “enviar” y guardó su teléfono. La conexión era demasiado lenta como para subir un video, pero unas capturas de pantalla bastarían. Resignado, se incorporó para tomar su pesada maleta y continuar su camino.
-          Descanse ¿Como estuvo el viaje? – preguntó el oficial de guardia al teniente a cargo de los comandos recién arribados.
-          Sin novedad – informó el teniente – sólo un vejete francés medio perdido se asomó un segundo a donde estábamos, pero la Subteniente Gonzaga lo sacó volando… la perra es brava hasta vestida de azafata – intentó bromear, aunque pronto descubrió el temple de su superior. El coronel seguía impávido observando fijamente el monitor de la cámara de seguridad.
-          Ése es el viejo – comentaba el teniente, luego de asomarse a curiosear el monitor ante el silencio de su interlocutor.
En ese momento, Bruno levantaba del carrusel su enorme valija, como si estuviera llena de plumas, para dirigiéndose a paso firme hacia la salida. El oficial cruzó su mirada de disgusto con la de sorpresa del joven teniente. Levantó el teléfono para ladrarle sus instrucciones a los controladores de aduana para que lo demoraran y luego al equipo de seguridad apostado junto a la entrada. Sólo le restaba observar si alguien más allá afuera lo esperaba.



Previendo la ausencia de su colega y amigo, Vincent Manta le propuso al editor de Associated Press Latinoamérica su propio paseo por el barrio. En su caso hacia el sur, a los tribunales de Talcahuano, donde se estaba sumariamente procesando con prisión preventiva a los indígenas araucanos acusados de instigar la violencia separatista mapuche, y controlando con custodia domiciliaria y personal a sus líderes políticos de extrema izquierda. “La justicia republicana y las fuerzas de seguridad federal dando cuenta del terrorismo y la agitación comunista”. El editor norteamericano compró sus notas sin dudar.
Se encontraba entrevistando un conductor al que la noche anterior le habían incendiado su camión maderero. Cuando vibró su celular al recibir el mensaje de Bruno, decidió tomar un receso y dejar que el fotógrafo hiciera algunas tomas. Tres fotografías adjuntas al mensaje y una forma brutalmente sintética de expresar sólo-Dios-sabe-qué que se imaginaba que había registrado: “WTF??”. Maldito Bruno ¿Qué demonios quieres que haga con esto?
Meditó un segundo. Su fotógrafo le hacía señas que había terminado y lo esperaban. Sí, ya va. Cerró los ojos para concentrarse. Escribió unas líneas un poco más amigables para su contacto en la agregaduría militar de la embajada norteamericana en Santiago. Tal vez pudiera conseguir una excusa para que ese Hércules extranjero se encontrara allí. Maldito belga loco.

lunes, 20 de octubre de 2014

22. Actividades Espaciales

Base de Lanzamiento Puerto Belgrano, Provincia de Buenos Aires, Argentina



Aunque el enorme cohete Tronador II se llevara la atención de todos, dentro del Centro de Control, Gustavo no podía quitar la mirada de la Comandante de la Misión, la Ingeniera Agustina Huergo, con su lacio pelo negro azabache, prolijamente corto y recogido, los discretos anteojos de lectura, el tailleur gris impecable, todavía abotonado. Parecía estar monitoreando todas las pantallas al mismo tiempo, espiando con ojos de águila por sobre el hombro de la veintena de controladores del equipo de tierra. Debía hacer tres horas que no se sentaba ni paraba de pedir reportes desde el pequeño micrófono de sus auriculares. Era una máquina. Precisa, ordenada, persistente, eficiente. Había que ser ingeniero para encontrarle su atractivo, pero tenía lo suyo.
Pudo notar varias veces que ella lo miraba fugazmente, ahí sentado en un rincón, buscando no incomodar o intrometerse. Luego de un par de saludos a la distancia, alevosamente no correspondidos por ella, había dejado de insistir. Después de todo, nadie lo había invitado al lanzamiento y claramente nadie le dio la bienvenida. Pero se trataba de un evento que atraía mucha atención de la gente y los medios, de manera que no pensaba perdérselo. Aunque más no fuera, haciendo valer por su cargo de Enlace Civil del Grupo Fénix, el ticket de entrada para el peor asiento de la mejor platea para ver el espectáculo.
En el Centro habían estallado ya cuatro veces los aplausos, al despegar y con la separación de cada módulo de propulsión. Llegado el quinto hito de la misión, la euforia triunfal se había diluido en plácida satisfacción. Cuando se quitaran la carga de encima, ya no sería más su problema. Funcionaran o no esos satélites de estructura segmentada, ellos habían demostrado que podían ponerlos en órbita.


El espectáculo era menos cinematográfico ahora que al lanzamiento, pero igual Alonso lo disfrutaba relajado. Los cuatro objetos se mostraban en la pantalla principal como puntos que se alejaban de la curva de ascenso del propulsor. Tres eran los microsatélites ¿qué sería el cuarto? A medida que la Estación Terrena Benavídez iba conectándolos, la línea que unía cada uno con una lista de datos ininteligible cambiaba su color de blanco a verde claro. “-1- online”, dos online, ok… y tres, perfecto. ¿Cuatro? ¿Cómo cuatro? Eran tres. Se había estudiado todo el maldito paper del proyecto. Estaba seguro que eran tres. Pero miraba a su alrededor y nadie parecía sorprendido. Evidentemente, le seguían tirando basura técnica desactualizada para mantenerlo ocupado, aburrido y al margen. Estaba enojado y eso lo hacía sentirse incómodo, pero en este caso podía serle útil. No tenía ni el estilo ni la práctica de imponerse ante los otros. Mucho menos en público… aunque tampoco en privado… como sea.
Se levantó tomando aire y comenzó a pasearse por entre las terminales. Ya no había mucho que ver. Lo mejor del show había pasado. Como realmente no hubiera podido siquiera disimular una conversación sobre lo que veía en las pantallas, iba estrechando alguna que otra mano, presentándose y felicitando sobriamente a quien le dirigiera la mirada. Si, no me vean así; yo tampoco sé a qué vengo.
-          Comandante – llegó finalmente hasta ella – si me permite unos minutos – la invitaba a salir de allí.
-          Si, claro – le respondió con marcada apatía – "Ado", tengo que ir al baño – se excusó con su adjunto, el Capitán Sifredi.
Ella caminaba por delante, decidida e imperturbable. Alonso le iba a la zaga, pretendiendo aún aparecer como quien marca los tantos. Al llegar a los sanitarios de damas, ella abrió la puerta y le indicó sin rodeos: “Entre”. Un tanto desconcertado, Gustavo obedeció. Esta mujer sabía encontrar un campo favorable para presentar batalla. La ingeniera empujó las puertas de las seis cabinas de retretes para asegurarse que no hubiera nadie allí. Luego volvió a la puerta de entrada, la trabó y se volvió hacia él expectante.
-          ¡La documentación que me envían es pura basura! – arrancó Gustavo sin rodeos, buscando recuperar el valor y la iniciativa.
-          Entienda esto Alonso – lucía ella más conciliadora de lo que esperaba – la documentación es la correcta; 100% correcta.


Él no daba el brazo a torcer, repitiendo la obviedad del número de satélites y aprovechando la oportunidad para incluir infinidad de nimiedades de maltrato que hubieran sonado caprichosas si no fuera porque habían sido mayormente hechas adrede.
-          Alonso ¡escúcheme! – lo interrumpía – No me está escuchando. La documentación es la correcta. Se lanzaron tres satélites; y le digo más, uno de ellos no va a funcionar, de manera que le quedan dos, sin enlace, así que en 45 días estamos lanzando de nuevo. Una misión improvisada, si se quiere. Que tampoco va a tener cuatro satélites, sino dos, que es todo lo que hay supuestamente. ¿Toda una exclusiva, no es cierto? No se vaya a olvidar de lucir sorprendido en el momento.
-          Pará, pará… si conectaron todos ¿de qué carajo estás hablando? – la sorpresa le había hecho olvidar el protocolo.
Agustina se apoyó sobre la mesada de los lavatorios y suspiró, frotándose los ojos y la marca escarlata de sus lentes junto a ellos. El armazón era un modelo francés superliviano que se había traído específicamente para estos momentos, pero también le pesaban como grilletes. Estaba cansada, muy cansada. No te van a decir nada. La misma historia que con ella. ¿Cuántos años la habían boludeado? Milicos de mierda. Estás en el equipo o no estás en el equipo. Estaba tan cansada…
-          Agustina – se atrevió a tomarla del brazo – ¿estás bien? Estás muy pálida ¿te sentís bien? Uylap… – llegó a tomarla antes que se desvaneciera, pero apenas podía mantenerse en pie. Hipoglucemia, lipotimia, vaya uno a saber, estaba recontra pasada de vueltas – ¡Ayuda! ¡Alguien! ¡Ayuda! – gritó, y pronto ese alguien forcejeaba en el picaporte de la puerta. Recién entonces comenzó a preocuparle cómo iba a hacer para explicar esto…


martes, 8 de julio de 2014

10. Jet Lag

Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina.

 

Caminar por la rambla de Puerto Madero el sábado antes del mediodía fue su reencuentro con el aire y el sol, luego de mucho tiempo en las sombras de su departamento. Hinchaba sus pulmones con el soplido fresco que traía el río, recordándose una vez más que en algún momento debería dejar de fumar como un escuerzo. Los pies le pesaban mientras se dirigía al almuerzo con su padre. No sólo porque sus horarios hacía meses estaban trastocados como si hubiera volado desde Tokio, sino porque nuevamente conversarían sobre cómo se encontraba y “qué pensaba hacer de su vida”.
Se detuvo a unos metros del lugar de su encuentro, viendo al viejo sentado en una mesa hojeando el periódico. Estaba bronceado y enérgico como de costumbre, y sonreía con aires de seductor a la joven mesera que le servía un Negroni. No podía explicarse cómo un anciano recientemente viudo podría arreglárselas mejor que un adulto recientemente divorciado. Suspiró; mientras le extendía un saludo a la distancia forzando una mueca que pretendía hacer las veces de sonrisa.
 
El sermón esta vez no se había hecho esperar hasta el postre.
-          Tenés que hacer algo con tu vida, Gustavo – insistió su padre, mientras él calculaba mentalmente cuánto dinero tendría si le hubieran dado una moneda por cada vez que le repetía lo mismo – Dame bola con esto; es una oportunidad en lo tuyo… Jorge está de acuerdo… No podés seguir…
El golpe en la mesa y la mirada fulminante de Gustavo lo previno de añadir un insulto a la herida. Prendió un cigarrillo para justificar el glacial silencio que sobrevino. Los comensales del salón volvían a sus platos luego de confirmar que nada interesante había pasado. Expiró el humo por la nariz, entregándose con resignación. Su mirada perdida a lo lejos, más allá de los docks. Indisimulablemente, su empresa desarrolladora de seguridad informática era una tapadera del sinsentido en el que había caído después de perder a su familia.
Sabía qué era el Grupo Fénix de la Fuerza Aérea porque acompañaba a su padre a todas las convenciones de la industria de defensa local. De tanto repartir tarjetas personales entre los expositores, a la sombra de uno de los rostros más reconocibles en el medio, algo de todo el contexto le había quedado. Como buen ingeniero, tenía una natural curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. Le había llamado la atención el extraño software de simulación de operaciones aéreas que la Fuerza Aérea había lucido con orgullo en todas las maniobras conjuntas con los países de la región. Pero todo eso eran simples distracciones para el viejo. Él era un “facilitador”. Más allá de las quimeras que ofrecieran, lo importante era siempre generar contactos para su consultora.
 
 
Lo que no sabía era qué demonios significaba ser el “enlace civil” del proyecto. Era una posición inventada recientemente. Desde siempre, las fuerzas armadas controlaban sus propios proyectos, a base de la propia fuerza disruptiva de las internas del poder castrense. Esto ya no fue posible desde que en una medida sin precedentes, habían designado al Jefe de Inteligencia del Ejército como Jefe del Estado Mayor. Al parecer, ahora habría un tercero neutral para mediar en los conflictos de prioridades y presupuestos.
Tal vez fuera a convertirse en una posición valiosa en algún momento, ahora que luego de muchos años “la repotenciación” militar estaba dentro de las pautas gubernamentales. Era gracioso como cada actividad tenía su jerga para encubrir sus negociados. Con el asunto del shale gas, el país tenía nuevos recursos para dilapidar, y los militares debían ser el último resabio del Estado donde todavía no se habían dilapidado. Sin duda los enlaces civiles debían ser un eslabón útil en esa nueva “cadena de felicidad”. Debía estar atento, seguro no por nada el viejo zorro le ofrecía meterse ahí.
De cualquier modo, debería ser un puesto suficientemente inofensivo como para que el ex-cuñado de su padre no pusiera en riesgo su reciente nombramiento como Ministro de Defensa. Qué lejos llegaste Jorgito – sonreía para sus adentros –  pensar que en su momento todos te vimos arrastrarle el ala a la tía Inés... ahora te fuiste para arriba, la cambiaste por dos de 30 y el viejo se lleva mejor con vos que con su hermana… Basta, Gustavo – meneó la cabeza y apagó el cigarrillo en los restos del puré – Las cosas son lo que son. La familia no está ni más ni menos trastocada que el mundo que la rodea.
-          Okey – accedió, sin ánimos de agregarle más pompa a su derrota.
Su padre pedía la cuenta con desdén, para evitarse seguir tolerando el bochorno.
Aún pasados sus 40, sentía que volvía a tener 21.